sábado, 10 de febrero de 2018

Interconexión.

La famosa interconexión es total. Ya no tienes que esperar a que el viajero vuelva para ver las foto que hizo. Ahora las puedes ver como quien dice recién sacadas del horno. Me las envía Marga esta mañana desde Delhi y yo me regocijo viéndola tan risueña. Pero es que lo del móvil es ya por demás. Llevas de todo contigo como quien dice. Lo mismo un altímetro o una brújula que un afinador para la guitarra, un espejo, una linterna, un monedero, una enciclopedia y, last but not lest, todas las radios del mundo. 

Así es que muchos ratos muertos procuro resucitarlos un poco poniendo una radio inglesa. Y no por lo que me vaya a interesar lo que esté contando que, eso, ya sé que va a a ser más o menos más de lo mismo. No, lo único que me interesa es escuchar el idioma para no perder lo poco que me va quedando de él. Poco, desde luego, pero más que suficiente para enterarme de por dónde van los tiros. Y es que ríanse ustedes de la dichosa matraca catalana que hemos venido padeciendo aquí estos últimos tiempos. Tortas y pan pintado por comparación con la que les está cayendo a los británicos con la coña esa del brexit. Al ritmo que van, supongo que pronto empezarán los suicidios en masa. Porque nada que ver con la adolescente crisis catalana que resuelve de dos plumazos papá España. No, ésta es crisis de adulto que la tiene que resolver por sí mismo, una de dos, o lanzándose al abismo a ver qué pasa o envainándosela y volviendo al redil con el rabo entre las piernas.

Y así es, según me parece, que con todo el fair play a la británica que quieran, lo que tenemos sobre el tapete es una auténtica guerra civil del tipo carlistas y liberales que es como son todas las guerras civiles que en el mundo han sido y serán. Cerrarse o abrirse al mundo o, lo que es lo mismo, sentirse o no sentirse amenazado. Siempre es igual, una persona o una comunidad, se duerme un tiempo en los laureles, pierde fuelle y le entra la paranoia. Y a encerrarse en sí mismo como mejor defensa. La locura que todo lo distorsiona. 

En fin, a mí todo esto me interesa porque tengo a toda la descendencia viviendo allí. Y de momento no parece que les esté afectando, pero uno en estos casos siempre tiene la mosca detrás de la oreja. Por lo demás, ya digo, es lo del idioma: me apuntala la autoestima, lo que no es poco, comprobar que mal que bien lo entiendo casi todo. 

Lo que uno sabe, eso es uno. ¡Y qué le vamos a hacer! 

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