Andaba por el tránsito entre la treintena y la cuarentena y acompañaba aquel día a mi padre en su cotidiano paseo por Rosales. No era hombre de muchas palabras y por eso quizá fuera que cuando te decía algo se te quedase indeleble en la memoria. Ahora, me dijo, estás en lo mejor de la vida; todavía conservas el vigor físico y ya tienes cierta cantidad de experiencia. O sea, pensé, vigor físico y experiencia, el cóctel maravilloso. Claro, que visto ahora con la perspectiva de los años...
El caso es que por aquel entonces llevaba una vida bastante trepidante. Líos de todo tipo que iban dejando su poso. Y en llegando el cenit del verano allí que me iba con la peña a San Sebastián con motivo de un célebre festival de jazz que allí tenía lugar. Nos instalábamos en el Hotel Arana y recorríamos la zona a la caza, ya fuese del cogote, ya fueran las cocochas de la merluza. Y por la noche al concierto. El disfrute si de algo se pudiera calificar sería de homérico.
Fue por entonces cuando decidí que quería saber cual es el misterio que se esconde detrás de la magia de la música. Algo tan elemental como una sucesión de sonidos que tiene el poder de hechizar a las masas. Desde luego que si algo se ponía de manifiesto en aquellas veladas eleusinas era el casi sobrenatural poder de quienes ostentaban el secreto de tales sucesiones. Porque, a la postre, lo que me acababa sintiendo era manipulado.
En resumidas cuentas, que hice la del bolero: si tu me dices ven lo dejo todo. Y me puse a estudiar música en detrimento de otras responsabilidades más canónicas. Y en ello sigo. Y ahora, al margen de mis limitaciones interpretatitivas sí que puedo decir que sé de qué va el asunto. E incluso, me atrevería a presumir de saber cuando escucho una pieza la cantidad de enjundia que tiene y, también, la calidad con la que está siendo interpretada. Así, sin miedo a parecer pedante, puedo anteponer mis preferencias por los Estudios Simples de Leo Brouwer a las muy sobadas y hasta empalagosas canciones de los Beatles. Cuestión todo de evolución filogenética. ¡Y qué le vamos a hacer!
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