En cualquier caso, ¡cómo es la gente, madre mía! Y, sobre todo, por qué demonios tiene que ser así. Andan circulando por ahí tres vídeos que cuentan la larga entrevista que Federico Jiménez Losantos le hace a Antonio Escohotado a propósito de la monumental obra que ha escrito este último sobre "Los enemigos del comercio". Pues bien, hasta el final del tercer capítulo es todo un despliegue de erudición apabullante que sólo confirma lo que ya sabemos casi todos, que entre los cristianos y los marxistas, tales para cuales, nos han estado haciendo la puñeta bien hecha a todo lo largo de esta era que, a pesar de ellos, nos ha traído a esta especie de paraíso en la tierra en el que vivimos. Sí, sí, digo paraíso y no me retracto, que sólo hay que tener un mínimo de salud mental y una cierta perspectiva histórica para atestiguarlo. Pero, a lo que iba, que hacia el final del tercer vídeo surge la gran pregunta: ¿por qué teniendo la constancia que tenemos de los espantosos desastres sociales que han provocado esas ideologías cristianomarxistas allí en donde se hicieron con el poder, sin embargo, siguen teniendo ese tremendo atractivo entre grandes capas de la sociedad? En España cinco o seis millones acaban de votar semejante dislate. ¿Por qué? ¿Cuáles pueden ser los motivos íntimos de una persona para dispararse a si mismo con semejante arma de destrucción masiva? Escohotado también tiene respuesta para eso y yo no puedo estar más de acuerdo con él. Incluso creo que es una idea que les vengo reiterando en este blog con enequética constancia. Dos palabras lo resumen: simplificación y rencor.
Simplificación y rencor, lo uno muy probablemente por lo otro y viceversa. Y, sin embargo, algo no me encaja, porque cuando alguien simplifica tiene chupado encontrar la cuadratura del círculo, lo cual, se supone, debiera llevarle a una especie de nirvana espiritual que lo alejaría sin remisión del citado rencor. Desde luego que es un misterio. Gente que cree estar en posesión de la verdad y, sin embargo, parece que eso no le sirve para conseguir una cierta paz interior. Incluso, al revés, cuando más convencidos, más ganas parece que tienen de salir a la calle a matar infieles. Un enigma más difícil que el de la Esfinge de Tebas.
Así es que no se puede negar que, si bien, todo lo que está por fuera del ser humano avanza a una velocidad escalofriante, lo que está por dentro va a paso de tortuga. Dado lo cual no es de extrañar que se produzcan estos desasosiegos que las mentes simples creen saber como restañar. Creando más desasosiego, por supuesto. Por eso creo yo, que como lo que va por fuera no se puede frenar, lo suyo sería dedicarle más atención a lo que va por dentro por ver si fuera posible acompasar un poco más su paso con lo de afuera. Quizá es que se necesita una mutación genética para imprimir un giro significativo a nuestra comprensión de nosotros mismos, pero en el entretanto supongo que algo se podría hacer. Enseñar la mitología clásica en las escuelas, por ejemplo, que es una de las palancas que utilizaron los que más lejos llegaron en el conocimiento de sí mismos. No sé, en fin, porque supongo que algo se podrá hacer para disminuir el número de imbéciles empeñados en demostrar su superioridad moral por medio de los más estrafalarios procedimientos, desde reparar el caparazón a un caracol que pasaba por allí y le pisaste hasta dispararse en lo más íntimo con ideologías de barra de bar.

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