


Si doy una vuelta por Oviedo es inevitable que no me pueda quitar de la cabeza La Regenta. Como no me la pude quitar los tres años que viví allí. Una sociedad constreñida por prejuicios y gastando más de lo que tienen en aparentar. En Santander, de donde soy y he pasado una buena parte de mi vida, podría decir más o menos lo mismo, pero con un toque a lo Peñas Arriba, o sea, feudal, donde el mal solo puede venir de los que se fueron y regresaron. En el País Vasco, donde también me asomé, me quedo con la zafiedad infantil del Abad de Labraz que de mayor quería ser cerdo para comerse las manos. Madrid, donde pasé temporadas, es entre la Verbena de la Paloma y El Árbol de la Ciencia. El casticismo de don Hilarión y el existencialismo de Andrés Hurtado. Y last but not lest, Barcelona, si no veinte años, casi, me demoré por sus calles. Veinte años de "Vidas Privadas", es decir, de gentuza simple y llanamente. Para bien y para mal.
Como saben los que me tratan siempre he sostenido que todo eso del independentismo catalán nos es otra cosa que una artimaña de baja estofa para sacar los beneficios que los escasos méritos no proporcionan. Como un estado permanente de chantaje. Algo, en definitiva, sumamente desagradable, pero de muy escasos resultados. Por no decir nulos. Así, mientras en el resto de España se ha producido una transformación para bien que maravilla a propios y extraños, en Cataluña andan en las mismas que cuando la Semana Trágica, entre ocupas que todo lo destrozan y señoras que van al baile sin bragas. Por no hablar del desideratum de la industria porcina que todo lo apesta, incluida la política. Ahí les muestro a dos empresarios de la cosa que se han hecho con el poder y están discutiendo en el parlamento quién se queda con los purines. Porque no saben que hacer con tantos como producen. Es lo que tienen los negocios que no necesitan de los estudios para prosperar, que te matan a efectos secundarios.
Sí, todo eso de Cataluña no es más que el triunfo de la baja estofa. La consecuencia nefasta de una cierta prosperidad económica sin la necesaria exigencia moral que ayude a canalizarla hacia un destino de grandeza. No, la impresión que saqué de aquello, es que demasiada gente ha leído dos libros a los que no tenía derecho y ha dado en creerse seres superiores. O sea, lo peor de lo peor. Idiotas sin remisión. Y gentuza por demás. Y si no me creen, miren esas fotos de carteles que les muestro. ¿Es que acaso con esa zafiedad se puede conseguir algo en algún sitio? Así es que llevan siglos dando la tabarra y no consiguen convencer ni a la mitad de los mismos catalanes. Por no hablar de los catalanes ilustrados que, o se retiran a la soledad de una masía o se largan de la región.
Así son las cosas y lo mejor del caso es que ya hasta los socialistas se están dando cuenta, lo cual, vistas sus luces, es de mucho agradecer. Porque, ¡dios mío!, qué cruz llevamos en este país con tanto docto de sacristía. En fin, paciencia con los unos y los otros. Y barajar.


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