Como les iba diciendo, el que inventó la guitarra debía de ser tremendo. En cualquier caso a mi me salvó la vida. Porque es lo único de todo lo que me dediqué en la vida que sigue teniendo todo su misterio intacto. Ni hay, ni se vislumbra que en un futuro próximo haya, artilugio alguno con el que se pueda eludir su costoso aprendizaje. Insistes e insistes para avanzar un pasito y de inmediato vislumbras un inmenso territorio por delante para explorar.
Todo lo demás que aprendí con más o menos esfuerzo y con lo que me gané la vida, ahora resulta que lo puede hacer de forma mucho más fiable una puñetera máquina. Lo advierten a diario los gurús del futuro: no envíen a sus hijos a estudiar medicina, ni derecho, ni prácticamente nada que no sea aprender a programar. Es tremendo, hasta las conversaciones de sobremesa van a estar fiscalizadas por las apps que llevamos en el bolsillo. Vas a decir algo y una voz de ultratumba va a salir por debajo de la mesa para advertir que acabas de decir una gilipollez.
Esta historia parece no tener fin. Hoy han trincado a un gigante de la pedagogía moral que por lo visto se extralimitó en sus funciones de director del Banco de España. La máquina otra vez haciendo de las suyas. Sin piedad. En el rastro que deja cualquier vida siempre hay materia para la ignominia. Y un kilo de ignominia pesa más que mil toneladas de santidad. Así, al final, todos al trullo. Ya estoy esperando a que vengan a por mi que a los palacios subí y a las cabañas bajé y en todas parte dejé... etc.
Lo dicho, tiempo de volverse al zenobio. A estudiar los misterios de la guitarra, reconstruir puzles, hacer sodokus, resolver integrales... cosas así con las que despistas al tiempo y no dejas rastro en la máquina.
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