Recuerdo que en una de esas tertulias de verano contaba mi sobrino, que es marino, algo así como la incongruencia que supone hablar del hambre que hay en el mundo y no utilizar la carne de delfín para alimentarse. Según él, que sabe de lo que habla, les hay a millones por todo lo largo y ancho del mar. Y ahora, ya ven, un jardinero malagueño se convierte en héroe por un día por haber salvado uno.
En otro apartado del mismo periódico en el que dan semejante notición, nos recuerda Bahamontes que él se hizo ciclista porque estaba cansado de comer gatos. Yo también, pero por deporte, merendé alguno, convenientemente adobado y mantenido al sereno tres días, y lo volvería a hacer sin problemas siempre y cuando no fuese gata parida que dicen que su carne amarga.
El caso es que uno no sabe qué pensar de lo que puede haber detrás de toda esta insistencia por parte de los medios de comunicación tanto en alabar la excelencia moral de quienes igualan animales y humanos en derechos que no en obligaciones y, por otra parte, denostar a los que se obstinan en mantener las distancias bíblicas, es decir, que los animales están ahí, como las plantas o los minerales, para que nos sirvamos de ellos para lo que fuera menester que por lo general no es otra cosa que suministro de aminoácidos esenciales.
Personalmente no es que no reconozca lo que tiene de desagradable el maltrato gratuito a los animales. Más o menos lo mismo que me desagrada cualquier tipo de maltrato a cualquier cosa que sea. Pero no me cuesta reconocer que lo mismo que un adolescente libera su rabia contenida destrozando una parada de autobús o cosa por el estilo, un adulto encabronado puede muy bien restaurar su espíritu pegando una pedrada al perro que no cesa de ladrar.
Sí, me gustaría mucho saber qué es lo que se esconde detrás de todo esto. Porque si me dejo llevar por las propias intuiciones el asunto me da muy mala espina. Veo en ello algo como de decadencia de la especie. Cada vez más gente, por no querer comer animales, está a falta de aminoácidos esenciales. Y de ahí ese pensamiento débil que ve en la agresividad un retroceso. Un verdadero disparate.
Pero, en fin, viniesen malos tiempos y viéramos a todos esos santurrones corriendo detrás de lo que corre y vuela para echarlo a la cazuela. Porque es la falta de necesidad la que alimenta el deseo estúpido que es la moda. La moda de querer a los animales más que a los humanos. Más de fiar dicen. Sí, y además, si por lo que sea te fallan, los puedes liquidar y Santas Pascuas. Aunque de esto último nunca se habla... por falta de aminoácidos esenciales, bien sure.
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