sábado, 25 de febrero de 2017
Vivir es posible
Está llegando la primavera y lo único que me apetece es agarrar la bicicleta y tirarme a los caminos. Anteayer bajé por los caminos de sirga hasta Dueñas. Como cuando llegué era pronto para comer, me senté en un banco del paseo y me puse a leer lo de Casanova, que nunca se acaba y siempre sorprende, en este caso con lo de un tipo de la nobleza veneciana que al perder a su novio por cuestiones de moralidad pública se dedicó a sodomizar a sus dos hijos causándoles tales desgarros en salva sea la parte que hubo que recurrir a los servicios de un cirujano con lo que la cosa trascendió y ya se pueden imaginar la que se armó. Total, que yo leía y no pasaba por delante persona que no me saludase y dijese algo. Ya lo cuenta en sus memorias Don Jorgito, que pasó por Dueñas en el XIX vendiendo biblias, que la gente de ese pueblo era muy abierta. Total, que pasada la una me dirigí al kan a comer. Unas patatas con bacalao y un churrasco que me pusieron en el mundo. Y mientras tanto escuchaba el palique que daban los clientes a la tabernera. Había bastante consenso al parecer de que la mejor manera de tratar las hernias discales de las que nadie se libra es por el simple procedimiento de follar todo lo que dé de sí el organismo. Pensé que los efluvios de la primavera ya estaban afectando a aquella gente. Así que prescindí del postre, pedí un café y salí a la terraza a tomarlo. Un café increíblemte rico. Después, entre el solecillo, el runrún de una hormigonera que había por allí y demás, me estaba quedando frito, así que salí pitando para el Soto Alburez que tiene unas mesas en las que es una delicia estirarse y dormitar arrullado por fluir del agua por los intersticios de las esclusas. Ayer, sin embargo, como soplaba fuerte del norte, opté por ir en el tren hasta Frómista para volver después con el viento de cola. En Frómista, barrido por el viento gélido, ni siquiera un peregrino vi por la calle, lo que ya es decir. Pasé de largo por delante del Van Dos no sin cierta pesadumbre, porque allí siempre hay algo interesante que escuchar. Avanzaba como si llevase motor. Al pasar por Piña, paré a beber agua y unos viejos que se demoraban allí al socaire me hicieron unas cuantas preguntas a propósito de mi extraña, para ellos, cabalgada. Les dije que por matar el tiempo antes de que él me mate a mí. No creo que me entendiesen. Llegué en un plisplas al resort Generalísimo Franco de Amusco, que está en lo que fueron escuelas. Es curioso el éxito que ha tenido la reconversión de las antiguas escuelas en lugares de esparcimiento. Sin duda la calidad de las edificaciones algo tiene que ver en ello. Y los enclaves. El de Husillos, por ejemplo, es prodigioso. Pero, en fin, en el de Amusco, que llevan un padre y su hijo, hay una tortilla de patatas con chorizo, que las hace el hijo, por cierto, que merece la pena llegarse hasta allí solo por catarla. Además siempre hay allí algo de tertulia sobre las cosas del campo. Al respecto, parece ser que hay una cierta revolución con los herbicidas y todo eso. Porque es que el puto vallico trae a mal traer a esa gente. En dos años se acostumbra a cualquier herbicida y vuelve por sus fueros. Pero ahora parece que han dado con la pócima mágica. Total, que me zampé la tortilla, me enteré de las infraestructuras que esta llevando a cabo el Gobierno regional para mejorar la productividad del campo, y salí para continuar camino con el viento siempre favorable. Así que llegué fresco y pronto. Y me fui a comer al Maria Cristina. Un guiso de garbanzos con berza y un escalape que estaban a cada cual más ricos. Y mientras comía no podía dejar de escuchar a una pareja de jovenzuelos que habían llegado en bicicleta. Resultaron ser médicos y estuvieron hablando de esa mandanga que es lo de la apnea del sueño. Pero no les dio mucho de sí y pasaron a comentar las guerras entre Cesar y Pompeyo, lo cual que tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no levantarme e ir a pedirles permiso para sentarme con ellos. En fin, no todo está perdido como dicen algunos, pensé. Y me levanté y me vine para casa a sestear un rato.
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