domingo, 19 de febrero de 2017

La piedra y el huevo

Ando metido en líos inmobiliarios. Por enésima vez. Vendí un piso hace dos meses y compré otro hace uno. Ahora estoy en tratos con gente artesana para que lo adoben a mi gusto. Yo diría que ésta es mi piedra de Sisifo. La he subido cientos de veces a lo alto de la montaña y siempre pensando que era la definitiva. Pero la maldición seguía intacta en mi interior. Una vez arriba una fuerza irreprimible me impulsaba a empujarla hasta el borde del abismo para precipitarla en el vacío. Cada vez que he conseguido verla alejarse acelerada por la gravedad he sentido una satisfacción casi infinita. Como si se tratase del anuncio de un nuevo renacer de mis cenizas. Porque el huevo, el núcleo central de mi forma de afrontar la vida siempre ha permanecido intacto. 

Ese núcleo que es despertarse cada día antes del alba con la cabeza ya puesta en el tarea por hacer. Algo absolutamente insoslayable so pena de entrar en depresión. La lectura pospuesta, la idea a desarrollar sobre el papel, la partitura que se resiste. Tres, cuatro horas de sosegada intensidad. Después, el músculo. Agarrar la bicicleta y dedicarse a explorar el territorio circundante. 

Pues bien, me pregunto ciego de curiosidad si esta vez tendré fuerzas para volver a empujar la piedra hasta el precipicio. Porque la realidad es que ya empiezo a sentirme atenazado por los miedos de la vejez. Y, también, por su insoslayable escepticismo. El enigma a resolver en cualquier caso es el de si se mantendrá el huevo fértil si la piedra no se mueve. Porque todo se tiene que acabar algún día.  

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