"Nada más. ¿Cabe hecho más simple, más notorio, más constante, en la vida actual? Vamos ahora a punzar el cuerpo trivial de esta observación, y nos sorprenderá ver como de él brota un surtidor inesperado, donde la blanca luz del día, de este día, del presente, se descompone en todo su rico cromatismo interior."
Pues bien, si no me falla la memoria, que bien pudiera, Ortega fue el que dijo que la claridad es la cortesía del escritor. Y no me cabe duda de que él es cortés, pero, también, de que lo cortés no quita lo cursi. ¿O no destila cursilería el párrafo anterior que esta sacado de su "Rebelión de las Masas"?
Sigo leyendo ese libro que ya me aporta poco de puro interiorizado que le tengo. De hecho es más que probable que este blog con el que les aburro esté atiborrado de ideas extraídas de sus páginas. Y es que, en su día, vibré con su lectura. Pensaba entonces que me estaba reconfigurando por dentro. Como dándome un sistema de pensamiento mucho más equilibrado del que tenía. Y seguramente era así porque en los años juveniles el cerebro es un torbellino donde todo esta confundido. Son años de acumular experiencias sin darse respiro para digerirlas. Y este libro resultó ser desde el mismo momento en que me senté a leerlo la medicina adecuada para esos males tan naturales. Los del hombre-masa que se siente incómodo consigo mismo si saber el porqué. Seguramente fue de esas páginas de donde extraje buena parte de mi convicción de que la única forma de escapar a esa nada que somos cuando somos masa es la continua exigencia consigo mismo. El vivir agónico para que nos entendamos.
En fin, le sobran los elogios a ese libro que nunca paré de recomendar a mis allegados. Pero no es a eso a lo que iba. Lo que quería resaltar hoy es la diferencia de apreciación que se tiene sobre las cosas cuando el grueso de la atención se traslada del fondo a las formas. Así, una vez interiorizado el fondo, he dado en caer sobre las formas. Supongo que es inevitable. Y las formas, con más frecuencia de lo soportable, dan en una cursilería que sonroja. Como de vergüenza ajena. Claro que no se me escapa que algo tendrá que ver con el estilo de la época en la que fue escrito. Como esas casas del Eixample barcelonés tan admiradas hoy por la turbamasa turística. Llenas de adornos inecesarios. Puro delito.
Resumiendo, que en todo en esta vida hay que saber diferenciar el grano de la paja. Pero tampoco conviene olvidar que por mucho y de mucha calidad que sea el grano, si la paja abunda el conjunto desmerece y se acaba condenando al olvido. Es el filtro del tiempo que premia sobre todo la armonía. He dicho.
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