Primero fueron los metafísicos con su to be or not to be. La cuestión era tan peliaguda que necesitaban sostener una calavera en la palma de la mano y mirarla fijamente para ver si, así, por fin, encontraban una respuesta que mereciese la pena. Pero no la había. Después vino il sorpasso de los graciosos con su to have or not to have, eso sí, planteado al poder ser mientras se conducía un bugatti y se llevaba de copiloto una rubia peligrosa. Dio poco de sí, la verdad, excepto en lo que hace al trabajo de los jueces que se tuvieron que cansar de mandar gente al trullo. Hasta que por fin se dio con la fórmula correcta: to know or not to know. Imposible ir más allá.
Saber o no saber lo engloba todo, porque solo se es si se sabe y solo se tiene si se sabe. Es muy sencillo de entender: si no sabes no te enteras, que es no ser, ni valoras, que es no tener. El que sabe, como apuntó el filósofo, vive en un perpetuo estado de deslumbramiento. Todo lo que ve está cargado de significados. Es capaz de ver la radical complejidad del mundo entero en la punta de un alfiler. Por eso siempre viaja sin necesitar moverse. Es como si fuese la imagen que nos hemos dado de Dios.
Y en esas está el mundo actual, en el trance de ser consciente de que, justo al revés de lo que siempre pensó la mayoría, no hay tener como el saber. Es un parto de lo más doloroso porque de pronto se comprende que hay barreras infinitamente más difíciles de saltar que las materiales. Unas barreras invisibles que sólo traspasa quien tiene pleno dominio de las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y voluntad. O dicho de forma mas sencilla: quien se rompe los codos y quema las pestañas.
Así que prepárense para épocas turbulentas porque a las famosas clases populares va a ser necesario descenderlas a los infiernos de la humillación so pena de sucumbir a su ignorancia. Y ténganlo por seguro, van a intentar romper unas cuantas cosas antes de pasar por el aro. O sea que, háganse a un lado y manténganse expectantes.
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