"Hoy, de puro parecernos todo posible, presentimos que es posible también lo peor: el retroceso, la barbarie, la decadencia. Por sí mismo no sería esto un mal síntoma: significaría que volvemos a tomar contacto con la inseguridad esencial a todo vivir, con la inquietud, a un tiempo dolorosa y deliciosa, que va encerrada en cada minuto si sabemos vivirlo hasta su centro, hasta su pequeña víscera palpitante y cruenta. De ordinario, rehuimos palpar esa pulsación pavorosa que hace de cada instante sincero un menudo corazón transeúnte; nos esforzamos por cobrar seguridad e insensibilizarnos para el dramatismo radical de nuestro destino, vertiendo sobre él la costumbre, el uso, el tópico -todos los cloroformos-."
Cursi de cojones, por emplear el palabro que utiliza hoy Gregorio Morán para señalar hasta donde estamos los españoles de los nacionalistas catalanes. Pero ese es otro asunto. A lo que iba es a que Ortega se pasa de fumeque. Porque de otra forma uno no se puede explicar que sea tan alambicado para decir cosas tan sencillas y obvias. Por no hablar de necesarias a tener en cuenta porque de la interpretación que de ellas hagamos dependerá en gran medida nuestro estar en la tierra.
Pues bien, me envía Manel un vídeo del portal TED en el que una señora de muy buen ver se explaya a gusto sobre la maldad intrínseca al mundo digital. Nos tienen, otra vez aquellos "ellos" malvados que tanto juego le dieron a Agustín García Calvo, controlados hasta en el color de nuestras heces. Con nuestro uso de los diversos gadgets digitales vamos dejando un rastro en la nube que cualquier poderoso puede comprar con el fin de exprimir nuestros ahorros. Sí, de acuerdo, ese es el dramatismo radical de nuestro destino, y de nada sirve verter sobre él el cloroformo de la conspiranoia.
Digamos que la mentada conferencia la escucho yo cada vez que el aburrimiento me pone delante de la pantalla a ver un capítulo de una serie policiaca contemporánea. En ellas todo el trabajo le hace la compañía telefónica de turno. Los polis lo único que tienen que hacer es consultarla. A eso se reduce todo. Ya, ni las células grises de Poirot ni las portentosas pituitarias de los perros, ahora todo es el algoritmo que organiza la información de los ordenadores centrales de la compañía. En eso va quedando el mundo y lo suyo es vivirlo así hasta sus "pequeñas vísceras palpitantes y cruentas". ¡Oye, como siempre, si vives como mandan los cánones nada tienes que temer! Dios mío, con el chollo que es ir por ahí con el móvil y saber en todo momento qué carretera tienes que elegir, en qué restaurante comer o en qué fonda pernoctar.
En resumidas cuentas, cada vez que escucho un canto conspiranoico como el de marras lo primero que se me viene a la cabeza es la pregunta escueta y esencial de mis filósofos de cabecera Beavis y Butthead: y? Porque, así, a primera vista, parece que me estás proponiendo que me tire por un acantilado porque este mundo es una mierda. Y la verdad, yo no lo veo así. Sólo veo lo de siempre con otros ropajes, es decir, la inseguridad esencial a todo vivir, dolorosa, pero también deliciosa.
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