Ayer por la tarde estuve viendo la entrevista que le hacía Andrew Neil a Theresa May en la BBC 1. Digamos que la una desmerecía al otro. Un buen entrevistador para una mala primera ministro. O como se diga. Seguramente los problemas del Reino Unido provengan en gran parte de que su clase política ha alcanzado el grado de incompetencia necesario para crearlos donde no los había. Una sociedad dividida, un futuro más incierto de lo que de por sí lo es siempre y, sobre todo, mal rollo con unos vecinos con los que compartes hasta la cocina.
La conclusión que saqué es que preguntase lo que preguntase Neil, May le contestaba con el consabido mantra de que el Pisuerga pasa por Valladolid. O sea, que los británicos quieren recuperar su independencia, ser dueños de su destino y cosas así que sólo tienen significado para las cabezas en las que, por lo que sea, nadie colocó muebles. Como si alguien, aunque sea coreano del norte, pudiese dar un paso en cualquier dirección sin pedir la aquiescencia de todos los que le rodean y tienen los brazos entrelazados con los suyos. Lo de disfrutar de esas míticas características, ser dueño de si mismo y demás mandangas, es algo que en cualquier caso, de darse, solo podría ser a escala individual y gracias a poseer un elevado grado de locura. Te puedes ir a las Batuecas a vivir en una cueva y comer hierbas, y luego, cuando ya no puedas más, te tiras desde una roca y sanseacabó. Eso es es una vida independiente y dueña de su destino. Todo lo demás depende de lo que pende hasta la extenuación. Y no te digo, ya, cuando la escala sube hasta lo colectivo. Entonces, todo lo que no sea dependencia es pura pulsión suicida a la que tan propensos son, por otra parte, quienes albergan la sensación de estar yendo a menos.
A mi lo de Inglaterra me preocupa porque tengo a la progenie viviendo allí que, si no, les daban dos duros. Como me preocupaba lo de Cataluña cuando residía allí, pero todo fue largarme y empezar a verlo como un sainete del Nº 13 de la Calle del Percebe. Gentecilla que amenaza con pistolas de cartón. Lo de Inglaterra sé que es lo mismo, pero una cosa es verlo de lejos y otra soportar la histeria de los que confunden realidad con ficción. Así, pienso que tanto en uno como en otro sitio la cosa va quedar en nada, pero, por el camino van a ser muchos los que tendrán que disimular su cordura para evitar que los idiotas revienten. Un tostón por cierto.
En cualquier caso, les voy a decir una cosa: ¡qué bien se vive en Castilla la Vieja! Al ritmo de las cosechas. Aquí la paciencia y el barajar vienen de serie. Y no se esperan turistas por el momento. Solo peregrinos que pasan de largo.
jueves, 30 de marzo de 2017
martes, 28 de marzo de 2017
La mirada de Putin
Hay aspectos de la realidad que ni que fueses Cervantes podrías describir con palabras. El aroma del café, que dijo Witgenstein. Si lo intentases te quedaría un churro cursi como lo que pone en esas etiquetas de los vinos: sabor redondo y afrutado. ¡Tamaña gilipollez! Pero hay otras cuestiones un tanto evanescentes sobre las que sí se pueden decir cosas con cierto sentido pero a condición de que se posea un cierto grado de genio literario. La fisionomía de las personas, por ejemplo, algo tras lo cual siempre se ha intentado ver el alma. Tan así es que hay que remontarse a Heródoto para leer las primeras, que se sepan, incursiones en tan resbaladizo territorio. Después a todo lo largo de la historia de la literatura la fisiognomía ha tenido un papel preponderante. Incluso, a lo que había sido mera descripción de intuiciones, en llegando el siglo XIX se le quiso colocar la patina de lo científico y hubo un tal Lombroso que pretendió dejar niquelada la relación entre los rasgos faciales y los comportamientos facinerosos. De ahí al racismo, ni un paso, que bien lo hemos venido comprobando con lo que se puede considerar la máxima expresión cultural del siglo XX, el cine, sobre todo el de Hollywood. Allí, un cabezón cuadrado con una nariz aplastada no podía ser otra cosa que el guardaespaldas del ganster supremo.
Pues bien, todo este exordio ha venido a cuento de la obsesión que vengo arrastrando desde la primera vez que vi a Putin. No pude evitar, entonces, que me diese mala espina. Y en adelante cada vez peor, y los hechos que me lo confirman. Su mirada huidiza, o mejor torva, su inclinación de cabeza, su forma de andar... un algo, en definitiva, para lo que quisiera poseer dotes literarias para tratar de desentrañarlo y de paso hacer un gran servicio a la humanidad. Porque no soy yo solo el obsesionado, hay cada vez más gente temiéndose que estamos de nuevo ante uno de esos engendros de la historia que parecen enviados por los dioses para que los humanos no nos vayamos sin saldar alguna cuenta pendiente. Como si fuese un hombre del frack o cosa por el estilo.
Todo ello, claro, son impresiones, sí, pero cada vez más basadas en hechos deleznables: perodistas asesinados, opositores envenenados, manifestantes masacrados. Un personaje que cada vez deja menos dudas a cerca de su intrinseca maldad. Y, sin embargo, se diría que tiene un don innato para atraer simpatías e, incluso, promover fanatismos. Parece que se repite una vez más la peor de todas las pesadillas y el mundo se resiste a despertar.
No sé, en fin, porque no quiero ser, ni tampoco dejar de serlo, racista, pero, a la vista de Putin, cada vez estoy más convencido de que hay fisiognomías que avisan de que algo turbio se avecina. Convendría tener expertos en la materia para poder atajar el mal en sus comienzos, porque, luego, fuerzas del abandono va cobrando que, a la larga, hacen imposible el remedio. Lo dijo el clásico.
Pues bien, todo este exordio ha venido a cuento de la obsesión que vengo arrastrando desde la primera vez que vi a Putin. No pude evitar, entonces, que me diese mala espina. Y en adelante cada vez peor, y los hechos que me lo confirman. Su mirada huidiza, o mejor torva, su inclinación de cabeza, su forma de andar... un algo, en definitiva, para lo que quisiera poseer dotes literarias para tratar de desentrañarlo y de paso hacer un gran servicio a la humanidad. Porque no soy yo solo el obsesionado, hay cada vez más gente temiéndose que estamos de nuevo ante uno de esos engendros de la historia que parecen enviados por los dioses para que los humanos no nos vayamos sin saldar alguna cuenta pendiente. Como si fuese un hombre del frack o cosa por el estilo.
Todo ello, claro, son impresiones, sí, pero cada vez más basadas en hechos deleznables: perodistas asesinados, opositores envenenados, manifestantes masacrados. Un personaje que cada vez deja menos dudas a cerca de su intrinseca maldad. Y, sin embargo, se diría que tiene un don innato para atraer simpatías e, incluso, promover fanatismos. Parece que se repite una vez más la peor de todas las pesadillas y el mundo se resiste a despertar.
No sé, en fin, porque no quiero ser, ni tampoco dejar de serlo, racista, pero, a la vista de Putin, cada vez estoy más convencido de que hay fisiognomías que avisan de que algo turbio se avecina. Convendría tener expertos en la materia para poder atajar el mal en sus comienzos, porque, luego, fuerzas del abandono va cobrando que, a la larga, hacen imposible el remedio. Lo dijo el clásico.
lunes, 27 de marzo de 2017
Las cosas de espíritu
Entre la purria informativa destacaría yo esa insistencia malsana con la que nos quieren convencer de que la actual generación va a vivir peor que la de sus padres. Verdaderamente hay que tener una visión corta de la realidad para sostener tal teoría. Quizá esa gente pequeñita se esté refiriendo a que los jóvenes de hoy no van a poder tener segunda vivienda ni coches 4x4 ni turisteos por el fin del mundo, lo cual, si fuesen capaces de pensar un poquito se darían cuenta de que eso es precisamente la prueba del nueve de todo lo que ha mejorado la especie. Los jóvenes de hoy lo que van a tener son cosas como las Lecturas de Feynman a un solo click y, sobre todo, poder entenderlas, lo cual, como que no hay tesoro en el mundo que se le pueda comparar. Cosas así van a tener que sus padres ni soñaban su existencia. Sin embargo la purria insiste porque el pesimismo vende por aquello de que opinión es sinónimo de situación y, actualmente, hay demasiada gente emputecida por no haber querido, o podido, hacer el esfuerzo necesario para enterarse de por dónde van los tiros de lo placentero.
Personalmente soy optimista. Y no porque no sepa de todo el mal que hay en el mundo, pero esa no es la cuestión. La cuestión es observar las gráficas que marcan las tendencias y, esas, son inequívocas. Todas las cosas que merecen la pena van en continuo aumento. La educación, los alimentos, el entendimiento entre diferentes, la igualdad ante la ley, todo mejora por más que mirando la realidad por el ojo de cualquier cerradura puedas dar sobre todas las injusticias que quieras. Pero que las anécdotas no son categorías cada vez lo sabe más gente.
Así, para los que se empeñan en magnificar las anécdotas también tenemos unas cuantas de actualidad con las que se puede teorizar hacia el optimismo. El reciente varapalo sufrido por el Presidente Trump a propósito de la supresión de las prestaciones sanitarias en curso nos muestra a las claras una cosa que parece querer ignorarse por razones que desconozco, y es que, aquí, el que dicen que manda, a D. G., manda muy poquito. El poder, sí, que lo sepan los ambiciosos, está muy repartido y cada vez lo estará más. Y ni siquiera para la encarnación del mal, Putin, los ayatolas y demás gentuza, corren aires muy favorables. Necesitan matar tanto para sostenerse que ya les llega la sangre por más arriba del cuello. Pronto se asfixiarán, ya lo verán. Corre como la pólvora estos días por Rusia un vídeo en el que se ven las mansiones que acumula por los lugares más guays del mundo el vicepresidente Dmitri Medvédev. Ríete tú de los jeques árabes. Bueno, la gente lo aguanta todo menos la envidia. Los oligarcas rusos cada vez lo van a tener más difícil porque la tecnología hace los muros trasparentes. Incluso los del Kremlin. Y eso por no hablar del esperpento que tienen montado los ayatolás que cada día que pasa monte d´un cran los indices de alcoholismo en su muy abstemio país. Y ya saben de lo que es capaz la gente cuando le da al jarro, que no hay quien la pare porque desconoce el miedo.
En fin, por mucho que nos insistan con lo de Le Pen, Geert Wilders, "los catalanes" y demás forofos de "me vuelvo al pueblo", lo cierto es que se intuye una corriente de aires de libertad por todo el mundo que tiene a los tiranos con el culito prieto. Y, sí, no les quepa la menor duda, las próximas generaciones, de no sobrevenir una catástrofe natural, vivirán cada vez mejor porque al saber más serán más personas y sabrán disfrutar con las cosas del espíritu... como siempre hicieron los sabios por otra parte.
Personalmente soy optimista. Y no porque no sepa de todo el mal que hay en el mundo, pero esa no es la cuestión. La cuestión es observar las gráficas que marcan las tendencias y, esas, son inequívocas. Todas las cosas que merecen la pena van en continuo aumento. La educación, los alimentos, el entendimiento entre diferentes, la igualdad ante la ley, todo mejora por más que mirando la realidad por el ojo de cualquier cerradura puedas dar sobre todas las injusticias que quieras. Pero que las anécdotas no son categorías cada vez lo sabe más gente.
Así, para los que se empeñan en magnificar las anécdotas también tenemos unas cuantas de actualidad con las que se puede teorizar hacia el optimismo. El reciente varapalo sufrido por el Presidente Trump a propósito de la supresión de las prestaciones sanitarias en curso nos muestra a las claras una cosa que parece querer ignorarse por razones que desconozco, y es que, aquí, el que dicen que manda, a D. G., manda muy poquito. El poder, sí, que lo sepan los ambiciosos, está muy repartido y cada vez lo estará más. Y ni siquiera para la encarnación del mal, Putin, los ayatolas y demás gentuza, corren aires muy favorables. Necesitan matar tanto para sostenerse que ya les llega la sangre por más arriba del cuello. Pronto se asfixiarán, ya lo verán. Corre como la pólvora estos días por Rusia un vídeo en el que se ven las mansiones que acumula por los lugares más guays del mundo el vicepresidente Dmitri Medvédev. Ríete tú de los jeques árabes. Bueno, la gente lo aguanta todo menos la envidia. Los oligarcas rusos cada vez lo van a tener más difícil porque la tecnología hace los muros trasparentes. Incluso los del Kremlin. Y eso por no hablar del esperpento que tienen montado los ayatolás que cada día que pasa monte d´un cran los indices de alcoholismo en su muy abstemio país. Y ya saben de lo que es capaz la gente cuando le da al jarro, que no hay quien la pare porque desconoce el miedo.
En fin, por mucho que nos insistan con lo de Le Pen, Geert Wilders, "los catalanes" y demás forofos de "me vuelvo al pueblo", lo cierto es que se intuye una corriente de aires de libertad por todo el mundo que tiene a los tiranos con el culito prieto. Y, sí, no les quepa la menor duda, las próximas generaciones, de no sobrevenir una catástrofe natural, vivirán cada vez mejor porque al saber más serán más personas y sabrán disfrutar con las cosas del espíritu... como siempre hicieron los sabios por otra parte.
domingo, 26 de marzo de 2017
Cuando llegará
Hay una página en internet que se llama watchallchanels.com que es una pasada como vulgarmente se dice. Ahí puedes ver multitud de canales de televisión, sobre todo en inglés y algunos en francés, o sea, los dos idiomas, a parte del español, en los que puedo enterarme de algo. Así es que ya no necesito parabólica al ASTRA para nada. Estoy muy contento, la verdad, porque siempre he sido muy aficionado al invento televisivo, incluso cuando en los ambientes en los que me desevolvía estaba considerado como cosa de poca sustancia adecuada a las necesidades de manipulación del poder en curso. Si eras guay por aquel entonces, lo suyo no podía ser otra cosa que pasar las veladas en los bares de copas... y de ahí, en gran parte, estos lodos sobre los que no me voy a explayar aunque bien podría porque ¡madre mía!
Desde luego, lo que es una vida. Por lo menos la mía. Tendría once años o así cuando leí la redacción de un compañero de pupitre que había venido desde México a hacer el bachillerato en España. El mismo tipo que muchos años después se me presentó un día en casa a darme un sablazo. No sé quién habría informado al pobre. Pues bien contaba en su escrito que las antenas sobre los tejados relucían al sol. Aquello era chino para mí. Me lo estuvo explicando y yo avancé de golpe unos cuantos años en la comprensión de la contemporaniedad. Unos años después, en Valladolid, a donde me habían llevado los estudios, solía ver en la calle a grupos de personas pegadas a un escaparate. Miraban asombrados las primeras televisiones que por lo general solo emitían rayas, aunque de vez en cuando se escapaba una imagen. Después, en pocos meses, ya había un aparato en todas las cafeterías funcionando perfectamente. Y entonces fue cuando se pasó de la acción de la tertulia a la pasividad de la observación televisiva, lo cual, ni que decir tiene, fue criticadísimo por la carcundia progresista, ¡cómo no!, que hacía poco había aprendido la palabra alienación y le gustaba mucho emplearla. Sin embargo, los que mirábamos sin complejos nos enterábamos de multitud de cosas que ni sospechábamos que pudieran existir.
El caso es que ayer, domingo desapacible, no me costó adaptarme a la moda en curso de quedarse en casa, aunque, bien es verdad, sin calcetines expandeorgasmos. Bueno, en realidad bajé a comer al María Cristina que lo tengo a dos minutos y es como si estuviera en casa. Después sesteé un buen rato y a continuación me puse a zanganear. Al final caí sobre un programa de la BBC 4 sobre la historia de la bicicleta. O sea, una de mis teclas favoritas. Me enteré de cosas curiosas, como, por ejemplo, que hubo un cuerpo de paracaidistas que se lanzaba con una bicicleta plegable a la espalda. Ya en el suelo, la armaban y salían pitando para la linea de fuego. Ganaban mucho tiempo y cogían al enemigo desprevenido. Al menos esa era la teoría. Pero con ella se hizo progresar una barbaridad la calidad de las bicicletas plegables. Hasta llegar a la brompton, una de las niñas de mis ojos, cuyo invento, desarrollo y fabricación nos explicaron detalladamente. Y luego, ya, si quieres que la perfección sea casi pecaminosa, le adaptas a la brompton un sillín brooks cuyo invento, desarrollo y fabricación también nos mostraron con todo lujo de detalles. Por lo visto fue idea de un vivo que vio en la bicicleta la salvación de su viejo negocio de arreos para los caballos. Ya ven que siempre hay y hubo quien en vez de llorar por lo que viene se adapta a ello y coge nuevo impulso. Total, que ayer no saqué la bicicleta, pero tuve mi lote.
A continuación, en el mismo canal, un programa sobre historia de la música presentado por Suzy Klein que ya con solo verla expresarse como que te erotizas. La evoución de la música en el siglo XIX, lo que va de Beethoven a Debussy. Lo que va de Waterloo a la Exposición Universal de París. De Europa como ombligo del mundo a la fascinación por los gamelanes balineses. Hay que entender un poco de armonía para darse cuenta de lo que supuso el Preludio a la Siesta de un Fauno. En fin, yo me conformo con el Claro de Luna que tampoco está mal.
Y ahora me voy al nuevo piso que me van a traer un armario. Menuda semaníta tengo por delante con los persianeros, pintores, carpinteros, albañiles, rematando todavía y los de la mudanza contratados para el viernes. Espero sobrevivir a la ordalía.
Desde luego, lo que es una vida. Por lo menos la mía. Tendría once años o así cuando leí la redacción de un compañero de pupitre que había venido desde México a hacer el bachillerato en España. El mismo tipo que muchos años después se me presentó un día en casa a darme un sablazo. No sé quién habría informado al pobre. Pues bien contaba en su escrito que las antenas sobre los tejados relucían al sol. Aquello era chino para mí. Me lo estuvo explicando y yo avancé de golpe unos cuantos años en la comprensión de la contemporaniedad. Unos años después, en Valladolid, a donde me habían llevado los estudios, solía ver en la calle a grupos de personas pegadas a un escaparate. Miraban asombrados las primeras televisiones que por lo general solo emitían rayas, aunque de vez en cuando se escapaba una imagen. Después, en pocos meses, ya había un aparato en todas las cafeterías funcionando perfectamente. Y entonces fue cuando se pasó de la acción de la tertulia a la pasividad de la observación televisiva, lo cual, ni que decir tiene, fue criticadísimo por la carcundia progresista, ¡cómo no!, que hacía poco había aprendido la palabra alienación y le gustaba mucho emplearla. Sin embargo, los que mirábamos sin complejos nos enterábamos de multitud de cosas que ni sospechábamos que pudieran existir.
El caso es que ayer, domingo desapacible, no me costó adaptarme a la moda en curso de quedarse en casa, aunque, bien es verdad, sin calcetines expandeorgasmos. Bueno, en realidad bajé a comer al María Cristina que lo tengo a dos minutos y es como si estuviera en casa. Después sesteé un buen rato y a continuación me puse a zanganear. Al final caí sobre un programa de la BBC 4 sobre la historia de la bicicleta. O sea, una de mis teclas favoritas. Me enteré de cosas curiosas, como, por ejemplo, que hubo un cuerpo de paracaidistas que se lanzaba con una bicicleta plegable a la espalda. Ya en el suelo, la armaban y salían pitando para la linea de fuego. Ganaban mucho tiempo y cogían al enemigo desprevenido. Al menos esa era la teoría. Pero con ella se hizo progresar una barbaridad la calidad de las bicicletas plegables. Hasta llegar a la brompton, una de las niñas de mis ojos, cuyo invento, desarrollo y fabricación nos explicaron detalladamente. Y luego, ya, si quieres que la perfección sea casi pecaminosa, le adaptas a la brompton un sillín brooks cuyo invento, desarrollo y fabricación también nos mostraron con todo lujo de detalles. Por lo visto fue idea de un vivo que vio en la bicicleta la salvación de su viejo negocio de arreos para los caballos. Ya ven que siempre hay y hubo quien en vez de llorar por lo que viene se adapta a ello y coge nuevo impulso. Total, que ayer no saqué la bicicleta, pero tuve mi lote.
A continuación, en el mismo canal, un programa sobre historia de la música presentado por Suzy Klein que ya con solo verla expresarse como que te erotizas. La evoución de la música en el siglo XIX, lo que va de Beethoven a Debussy. Lo que va de Waterloo a la Exposición Universal de París. De Europa como ombligo del mundo a la fascinación por los gamelanes balineses. Hay que entender un poco de armonía para darse cuenta de lo que supuso el Preludio a la Siesta de un Fauno. En fin, yo me conformo con el Claro de Luna que tampoco está mal.
Y ahora me voy al nuevo piso que me van a traer un armario. Menuda semaníta tengo por delante con los persianeros, pintores, carpinteros, albañiles, rematando todavía y los de la mudanza contratados para el viernes. Espero sobrevivir a la ordalía.
Calcetines homéricos
Reza el titular: "no salir de casa en todo el fin de semana rebaja la ansiedad e ilumina la mente". Es, por lo visto, la nueva moda, lo cual, bien sure, nos debiera preocupar y mucho porque ¿qué va a pasar ahora con esos diez pueblos, restaurantes, bares y paraísos en general que no te puedes perder? Se ha invertido una barbaridad en esas infraestructuras de ocio como para que ahora venga la gente y resuelva todas sus ansiedades comprándose unos calcetines confortables que, dice el artículo, ayudan mucho a conseguir unos orgasmos homéricos. La verdad, esto no hay quien lo entienda.
Aunque, también es verdad que no conviene hacerse ilusiones, porque como dijo Noséquién, la moda es siempre un esperpento tal que nos vemos obligados a cambiarla cada seis meses. Dado lo cual no se extrañen ustedes si dentro de cuatro días van por ahí y no ven más que calcetines abandonados.
A esta moda, o despropósito, lo llaman nesting. Ya saben, como el logo de la chocolatera suiza Nestlé, un nidito con sus crias venga a reclamar gusanitos. No sé yo lo que esto va a dar de sí. Ni sé si creerme que "hacer bizcochos o trasplantar macetas le hará más feliz". Aunque, por otra parte, callejeando el otro día pasé por delante de una tienda que al tener la puerta abierta exhalaba un inconfundible aroma que me trajo recuerdos de pasadas épicas. Así es que entré a curiosear y vi que allí, por un módico precio, me podían proporcionar todo el material y métodos necesarios para colocar un par de macetas en el muy soleado mirador del piso al que el próximo viernes si d. q. me voy a trasladar a vivir con la intención de no moverme de él hasta que me lleven a Pan y Guindas que es como aquí le dicen a to pass away... está por ver si seré capaz.
Pues eso, que con un par de macetas, evidentemente, se puede hacer mucho más llevadero lo del nesting de marras. No digo yo para inhalar su producción, que no tiene uno ya los pulmones para muchos trotes, pero sí para una infusión de vez en cuando y un pastelito los días señalados. Para ayudarse a hacer unas risas que tan terapéuticas dicen que son.
No, bueno, ahora en serio, lo que realmente resulta curioso es que a la gente le haya costado tantos sufrimientos darse cuenta de lo coñazo que es agarrar el coche, o el avión, para ir a ver sitios maravillosos. Esas mermeladas de tráfico que se han venido tragando finde tras finde. Con lo indigestas que son. Pues nada, muy sencillo resolverlo, solo hay que volver a lo de los abuelos, pero sin necesidad de misa, directamente al vermut. Luego a comer a casa un arroz con habichuelas que se hace en un santiamén y a sestear con los famosos calcetines puestos. Y aquí me las den todas y a los superferolíticos diez lo que sea que no te puedes perder que les den también.
sábado, 25 de marzo de 2017
Viejecitas
Creo que fue Óscar Wilde el que dijo que la humildad es para los hipócritas y la modestia para los incompetentes. Bien, pues yo quiero añadir que la superioridad moral, la forma más repugnante de hipocresía quizá, es para los que ni ciego de grifa les compraría un coche de segunda mano ni les llamaría para salir por ahí a dar un paseo. Me repugna profundamente esa gentecilla con olor a cadáver.
Todo empieza con esas viejecitas que necesitan imperiosamente que su mano izquierda sepa lo que ha dado la derecha. Aquí, justo al lado del portal, está todo el día tirado un chaval de dos metros de altura venga a beber cerveza y fumar porros y en compañía de un rottweiler que por fortuna también parece drogado. Y las viejecitas, y no tan viejas, le llenan de monedas a diario una caja de puros. Personalmente, pienso que la mejor manera de iniciar esa regeneración moral por la que tanto claman tertulianos y políticos en la oposición sería mandando a todas esas viejecitas a un campo de reeducación ciudadana. Porque son verdadera podedumbre.
Pero ya digo, tertulianos y políticos en la oposición -este Rivera que al final nos salió un mierda- venga a esconder su incompetencia tras la máscara de la honestidad. No tienen otra pasión en la vida que desvelar a los corruptos, es decir, a cualquiera que les hace sombra. Siempre les encuentran algo turbio porque hasta Dios lo tiene. Y a partir de ahí ya no sueltan el hueso hasta que lo destruyen con la inestimable ayuda de la chusma que, otra cosa no, pero a entusiasmo por pisotear a todo lo que la supera no le gana nadie.
Ayer, viendo 28" de Elisabeth Quin se me llevaban los demonios. Andaban a vueltas con la corrupción y todos estaban felices con lo mucho que de ella tenían los que tienen mando en plaza. Entonces, de pronto, uno que estaba allí callado, quiso hacer una puntualización que en cierta forma cuestionaba tanto entusiasmo. Por lo visto había escrito un libro sobre la corrupción a lo largo de la historia en el que resaltaba hasta qué punto habían sido corruptos gran cantidad de los grandes hombres que habían configurado el mundo. No le dejaron acabar su exposición y lo que dijo apenas pudo ser oído porque los censores morales no pararon de meter ruido con el desgarro de sus vestiduras. No podían soportar lo que escuchaban y más cuando el intruso insinuó que de tanto reclamar pureza al final el único mérito para acceder a los cargos iba a ser la honestidad. ¡Horror y crujido de dientes!
Recuerdo con dolor y vergüenza los años juveniles, cuando a falta de todo no paraba de criticar la inmoralidad de los otros. Reconozco que era un consuelo miserable y por eso no me cuesta ahora comprender, e incluso perdonar, a esos tertulianos y políticos de los que hablo. Después, a lo largo de la vida, he tenido mil ocasiones de sacar ventaja de mi posición y no voy a hacer ahora relato de todas las veces que me aproveché. Pero también he estudiado, ¡carajo!, y algo positivo habré aportado al común. Y en eso consisten la mayor parte de las vidas vividas, en tánatos y eros, corrupción y creación. Son pulsiones que se complementan y difícilmente veremos mucho de la una cuando todo falta de la otra. Aunque como en todo en la vida siempre hay excepciones para regocijo de terapeutas.
Resumiendo, corrupción por corrupción, ¿con cuál se quedarían ustedes? ¿Con la del chorizo competente en su trabajo o con la del incompetente con responsabilidades? Con la del competente y honesto, me dirán. ¡Toma, claro, y quién no! Pero encuéntrame por ahí unos cuantos y luego hablamos.
viernes, 24 de marzo de 2017
Clivage
Anoche, a falta de mejor entretenimiento, estuve mirando "France 2" en donde entre unos y otros se dedicaban a exprimir a François Fillon, un tipo con pretensiones de llegar a Presidente de Francia. Fillon es en realidad el representante de la derecha, lo cual tampoco es que quiera decir mucho porque si hay algo que está omnipresente en todos los debates que vengo escuchando estos días en las televisiones francesas eso es la cuestión del clivage, es decir, encontrar una fractura en la sociedad de forma que se pueda distinguir entre los de una parte y otra. Porque el clásico clivage entre droite y gauche parece ser que cada vez hay más gente que como que no se lo cree. Así, hay furibundos partidarios de atribuir esa fractura al binomio mundialistas/pueblerinos. En fin, parece más bien una cuestión de sexo de los ángeles mientras los turcos se acercan cada vez más a las puertas de Constantinopla.
Lo que si me ha parecido comprobar es que cuando el pueblo entra la liza da igual que sea francés, español o mohicano. Entonces, como me gusta decir, solo les queda a los ilustrados el recurso a equivocarse para que los que les interpelan no revienten. El nivel del pueblo es absolutamente lamentable por su desinformación y nulo control de las emociones. Es imposible alejarle dos pasos más allá de lo que le fluye del ombligo. ¿Qué hay de lo mío? Y punto. Y como de lo suyo solo puede haber lo que dan de sí las cuentas, hoy menos que ayer, pero más que mañana, pues ya tenemos las pasiones desatadas: envidia, rencor, odio, etceterá, etceterá.
Así, la que eufemísticamente se llama gente sencilla, nunca puede aprender nada y mejorar un poco su crónica hipotensión espiritual. Por eso pienso que si en vez de al populus hubiesen enfrentado al candidato Fillón a una mesa de ilustrados quizá se hubiese sacado en limpio que el famoso clivage no es cosa de binarismos sino de un intrincado laberinto de intereses tan diversos que solo los iluminados pueden pensar que disponen de la lampara maravillosa que ayuda a desentrañarlo. Y ahí está lo grave de todo este asunto de la famosa democracia, en el empeño de los próceres por explicar a la buena gente con símiles simplistas lo que de por sí es de una complejidad inasible. Y, así, ya tenemos ahí a las masas rebeladas porque todo les cuadra de una manera que no satisface las pulsiones de su ombligo.
Dirigía la escena un tal Pujadas que es una especie de perverso polimorfo. Había traído para enfrentar a Fillón, entre otros, a una intelectual entre comillas de furibunda ideología socialista. Era el rencor con patas. Negaba la palabra a quien estaba acusando de los más horribles crímenes contra el pueblo. Y sí, a Fillon por lo visto le va el lujo pero por lo demás es educado y cultivado como el que más, así que se las pusieron como a Fernando VII y en un momento en el que con la esforzada ayuda de Pujadas pudo abrir la boca, dijo, usted, madam, por casualidad duda alguna vez de lo que piensa y dice. No necesitó más para que la corriente de la sala pasase de continua a alterna. Y el rencor utilizó sus patas para salir huyendo.
Despertase Cartesius y volviera a dormirse al comprobar lo poco que ha calado su Discurso del Método entre sus compatriotas que, por cierto, son el más numeroso colectivo de intelectuales entre comillas, o de izquierdas, que hay en el mundo. Si al menos, digo yo, con su gusto por el binarismo supiesen colocar sus muy definidas querencias y fobias en un plano cartesiano, x/y, a lo mejor se daban cuenta que el resultado no es una recta equidistante, a 45º de ambos ejes, sino una curva sinuosa que precisa del cálculo infintesimal para poder darla algún tipo de significado. En fin, pelillos a la mar.
Lo que si me ha parecido comprobar es que cuando el pueblo entra la liza da igual que sea francés, español o mohicano. Entonces, como me gusta decir, solo les queda a los ilustrados el recurso a equivocarse para que los que les interpelan no revienten. El nivel del pueblo es absolutamente lamentable por su desinformación y nulo control de las emociones. Es imposible alejarle dos pasos más allá de lo que le fluye del ombligo. ¿Qué hay de lo mío? Y punto. Y como de lo suyo solo puede haber lo que dan de sí las cuentas, hoy menos que ayer, pero más que mañana, pues ya tenemos las pasiones desatadas: envidia, rencor, odio, etceterá, etceterá.
Así, la que eufemísticamente se llama gente sencilla, nunca puede aprender nada y mejorar un poco su crónica hipotensión espiritual. Por eso pienso que si en vez de al populus hubiesen enfrentado al candidato Fillón a una mesa de ilustrados quizá se hubiese sacado en limpio que el famoso clivage no es cosa de binarismos sino de un intrincado laberinto de intereses tan diversos que solo los iluminados pueden pensar que disponen de la lampara maravillosa que ayuda a desentrañarlo. Y ahí está lo grave de todo este asunto de la famosa democracia, en el empeño de los próceres por explicar a la buena gente con símiles simplistas lo que de por sí es de una complejidad inasible. Y, así, ya tenemos ahí a las masas rebeladas porque todo les cuadra de una manera que no satisface las pulsiones de su ombligo.
Dirigía la escena un tal Pujadas que es una especie de perverso polimorfo. Había traído para enfrentar a Fillón, entre otros, a una intelectual entre comillas de furibunda ideología socialista. Era el rencor con patas. Negaba la palabra a quien estaba acusando de los más horribles crímenes contra el pueblo. Y sí, a Fillon por lo visto le va el lujo pero por lo demás es educado y cultivado como el que más, así que se las pusieron como a Fernando VII y en un momento en el que con la esforzada ayuda de Pujadas pudo abrir la boca, dijo, usted, madam, por casualidad duda alguna vez de lo que piensa y dice. No necesitó más para que la corriente de la sala pasase de continua a alterna. Y el rencor utilizó sus patas para salir huyendo.
Despertase Cartesius y volviera a dormirse al comprobar lo poco que ha calado su Discurso del Método entre sus compatriotas que, por cierto, son el más numeroso colectivo de intelectuales entre comillas, o de izquierdas, que hay en el mundo. Si al menos, digo yo, con su gusto por el binarismo supiesen colocar sus muy definidas querencias y fobias en un plano cartesiano, x/y, a lo mejor se daban cuenta que el resultado no es una recta equidistante, a 45º de ambos ejes, sino una curva sinuosa que precisa del cálculo infintesimal para poder darla algún tipo de significado. En fin, pelillos a la mar.
jueves, 23 de marzo de 2017
Contenedores.
El verdadero meollo de la cuestión es la delgada linea que separa la locura de la maldad. Y eso por no hablar sobre la posibilidad de la existencia del libre albedrío, algo sobre lo que cada día que pasa se publican nuevos estudios resaltando su carácter de mera ilusión. Es muy complicado todo esto y la larga experiencia de la vida no hace sino echar más leña al fuego: porque ¿qué persona que hayamos conocido, empezando por uno mismo, puestos a analizarla no encontremos en ella todos los ingredientes para una historia de amor y masacre? Nadie se salva de cojear de unos cuantos pies. Y saber reconocerlo, aunque solo sea mínimamente, sienta las bases para la indispensable tolerancia que hace posible la convivencia.
O sea, que conviene acostumbrarse a ver a media mañana a un nini con cresta de mohicano y tatuajes y pierçings de pirata, paseando a su rottweiler sin rabo. Le podrías denunciar por lo del rabo, pero buenas ganas de desnudar a un fracasado escolar para vestir a un meapilas animalista. Mejor cambiarse de acera y a esperar que pase el temporal. Porque es que en la vida, sobre todo si andas un poco falto de harina, es decir, con mohina, no paras de ver comportamientos inadecuados de los unos y los otros que vete tú a saber porque actúan así, aunque puedas suponer que es porque, una de dos, o son unos mierdas o se sienten como tal e intentan aliviarse. Forma parte de la humana naturaleza y no hay más que observarse a uno mismo con cierta frialdad para entenderlo.
Sí, hay en el mundo demasiada gente que al nacer le tiraron a un contenedor de basura y que sea lo que dios quiera. Por lo general rencor. Y luego la sociedad tiene que gestionar eso. Y a veces no hay forma. Por mucho que renueves los contenedores, el rencor de los que se criaron en ellos les lleva a quemarlos una y otra vez. Kale barroca llaman a esa especie de terapia que se adentra en el código penal.
Son muy lamentables todas esas cosas, pero no hay que exagerar. Aunque a veces se van de las manos y al que le toca San Pedro se la bendice, su significación estadística es irrelevante. De hecho, me creo lo que sostiene el sesudo Steven Pinker, es decir, que la humanidad cada vez es menos violenta. O, por así decirlo, que cada vez a menos niños les tiran al contenedor al nacer. Incluso en el País Vasco parece que ya están dejando de lado esa bárbara costumbre.
En fin, cosas de la humana imperfección que nos viene de los rastros de la condición animal. De cuando para sobrevivir y, sobre todo, para reproducirse era necesario violentar todo el entorno. Porque, el paraíso no era otra cosa que eso, violencia para follar. Que lo sepan los nostálgicos.
O sea, que conviene acostumbrarse a ver a media mañana a un nini con cresta de mohicano y tatuajes y pierçings de pirata, paseando a su rottweiler sin rabo. Le podrías denunciar por lo del rabo, pero buenas ganas de desnudar a un fracasado escolar para vestir a un meapilas animalista. Mejor cambiarse de acera y a esperar que pase el temporal. Porque es que en la vida, sobre todo si andas un poco falto de harina, es decir, con mohina, no paras de ver comportamientos inadecuados de los unos y los otros que vete tú a saber porque actúan así, aunque puedas suponer que es porque, una de dos, o son unos mierdas o se sienten como tal e intentan aliviarse. Forma parte de la humana naturaleza y no hay más que observarse a uno mismo con cierta frialdad para entenderlo.
Sí, hay en el mundo demasiada gente que al nacer le tiraron a un contenedor de basura y que sea lo que dios quiera. Por lo general rencor. Y luego la sociedad tiene que gestionar eso. Y a veces no hay forma. Por mucho que renueves los contenedores, el rencor de los que se criaron en ellos les lleva a quemarlos una y otra vez. Kale barroca llaman a esa especie de terapia que se adentra en el código penal.
Son muy lamentables todas esas cosas, pero no hay que exagerar. Aunque a veces se van de las manos y al que le toca San Pedro se la bendice, su significación estadística es irrelevante. De hecho, me creo lo que sostiene el sesudo Steven Pinker, es decir, que la humanidad cada vez es menos violenta. O, por así decirlo, que cada vez a menos niños les tiran al contenedor al nacer. Incluso en el País Vasco parece que ya están dejando de lado esa bárbara costumbre.
En fin, cosas de la humana imperfección que nos viene de los rastros de la condición animal. De cuando para sobrevivir y, sobre todo, para reproducirse era necesario violentar todo el entorno. Porque, el paraíso no era otra cosa que eso, violencia para follar. Que lo sepan los nostálgicos.
miércoles, 22 de marzo de 2017
Bajando los humos
Hasta ayer como quien dice siempre que el mundo se encontraba en una difícil encrucijada decidía el camino a seguir por medio del uso de la fuerza. En el fondo no era otra cosa que el valor terapéutico de la sangría: eliminando unos cuantos millones de glóbulos rojos la sangre circula mejor, pero, claro, solo por una temporada porque al seguir faltando el oxígeno los glóbulos rojos se vuelven a reproducir a toda mecha. El oxígeno, es decir, la razón que hace que todas las piezas del organismo puedan interactuar entre ellas sin causarse descalabros las unas a las otras.
El suministro adecuado de oxígeno, o el uso correcto de la razón, llegó, como todo en este mundo, de la mano de las mentes privilegiadas. En esto caso de los estudiosos que descubrieron la ingente cantidad de energía que se desprende si se desintegra el núcleo de los atómos. Y así fue que al volver de nuevo a la encrucijada, o la sangre espesa, ya no cabía recurrir a la sangría o uso de la fuerza por ser ésta tan desmesurada que inevitablemente se lo llevaría todo por delante. Por tal fue que, mal que les pesase a la partes, en llegando a la encrucijada no les quedó más remedio que sentarse a discutir la mejor salida para todos.
Entenderse no es fácil si alguna de las partes, que siempre hay alguna, piensa que puede sacar ventaja por medio de la fuerza o, simplemente, por triquiñuelas de gentuza. Por eso es tan importante que esté vigilando siempre el ojo de Dios. Para dar un garrotazo al indeseable cuando se pasa de la raya. Pues bien, todo esto es lo que nos estuvieron contando anoche en la cadena ARTE a propósito de la creación de la Comunidad Europea. Unos enemigos de siempre obligados a entenderse por las buenas o las malas so pena de que los EEUU de América se hiciese cargo de todo.
Los diferentes documentales y entrevistas que pasaron debieran ser de obligatoria visión en todas las escuelas y campos de fútbol de la Unión. De donde venimos y lo que hemos tenido que pasar para llegar hasta donde estamos. Y, también, como se han comportado los diferentes actores por el camino recorrido. Hay que tener en cuenta la difícil aceptación del propio encogimiento. Entidades que fueron poderosas por si mismas y venidas tan a menos que no saben si prefieren morir con las botas puestas o ceder para sobrevivir. Negociaciones entre actores con unos problemas de autoestima morrocotudos. Imagínense, entonces, las habilidades que fueron necesarias para convencer a unos y otros que no había otra salida que bajar los humos.
Bajar los humos, ¡qué gran problema! Pero siempre acaba por llegar la que pintan calva. Fue en el 56, con ocasión de la nacionalización del canal de Suez por parte de los egipcios. Era el último vestigio colonial que mantenían Francia e Inglaterra. Un lugar estratégico donde los hubiese y, zas, patada en el culo. Intolerable. En menos de una semana ya estaban las poderosas flotas de los dos países rumbo a Suez a poner las cosas en el sitio de donde habían sido sacadas. Y en menos de veinticuatro horas de haber partido las flotas, llamada de los americanos a los ingleses para decirles que se diesen la media vuelta. No querían tener problemas con los rusos que, en definitiva, eran los que habían instado a los egipcios a dar el paso. Éste es asunto nuestro, respondieron los ingleses. Vale, dijeron los americanos, y al día siguiente pusieron a la venta las libras esterlinas que tenía el Banco de America, un montón, por cierto. En otras veinticuatro horas la libra perdió un 40% de su valor y los británicos se cagaron por la pata abajo y dijeron a los franceses que ellos se volvían a casa. ¡Traición!, gritaron los gabachos, pero a las cuarenta y ocho horas ya estaban también de vuelta con el rabo entre las piernas. Es lo que tiene verse obligado a tomarse la propia medida, que siempre acabas por verte mucho más pequeñito de lo que pensabas que eras.
A partir de ese momento las negociaciones para la integración, que fundamentalmente habían estado entorpecidas por Francia, se vieron agilizadas. E Iglaterra viendo el éxito económico de la operación no tardo en pedir la adhesión. Y, bueno, no quiere eso decir que en adelante todo fuese un camino de rosas, porque tanto franceses como ingleses nunca dejaron de dar la tabarra a la primera de cambio que pensaban que podían sacar algo de más con triquiñuelas. Es lo que tiene la mala educación propia de los venidos a menos, que hay que soportársela so pena de salir todos perdiendo. Y ahora, con la que tenemos encima a causa otra vez de los ingleses, esperar para ver, pero para mí que va a ser otra como la de Suez, mucho ruido y al final no hubo nada.
Pero la nave, en cualquier caso, va. Los cuatro millones actuales de Erasmus pronto pasaran a ser cuarenta gracias a los programas en curso. Y entonces ya no habrá malos humos que lo paren. La conciencia del enorme privilegio de ser europeos crecerá exponencialmente y las pequeñas querellas entre pueblos pasaran a ser anécdotas para tertulias de porteras. En fin, creo que me voy a comprar una bandera de la Comunidad y la voy a poner en el balcón en todas las fiestas señaladas.
El suministro adecuado de oxígeno, o el uso correcto de la razón, llegó, como todo en este mundo, de la mano de las mentes privilegiadas. En esto caso de los estudiosos que descubrieron la ingente cantidad de energía que se desprende si se desintegra el núcleo de los atómos. Y así fue que al volver de nuevo a la encrucijada, o la sangre espesa, ya no cabía recurrir a la sangría o uso de la fuerza por ser ésta tan desmesurada que inevitablemente se lo llevaría todo por delante. Por tal fue que, mal que les pesase a la partes, en llegando a la encrucijada no les quedó más remedio que sentarse a discutir la mejor salida para todos.
Entenderse no es fácil si alguna de las partes, que siempre hay alguna, piensa que puede sacar ventaja por medio de la fuerza o, simplemente, por triquiñuelas de gentuza. Por eso es tan importante que esté vigilando siempre el ojo de Dios. Para dar un garrotazo al indeseable cuando se pasa de la raya. Pues bien, todo esto es lo que nos estuvieron contando anoche en la cadena ARTE a propósito de la creación de la Comunidad Europea. Unos enemigos de siempre obligados a entenderse por las buenas o las malas so pena de que los EEUU de América se hiciese cargo de todo.
Los diferentes documentales y entrevistas que pasaron debieran ser de obligatoria visión en todas las escuelas y campos de fútbol de la Unión. De donde venimos y lo que hemos tenido que pasar para llegar hasta donde estamos. Y, también, como se han comportado los diferentes actores por el camino recorrido. Hay que tener en cuenta la difícil aceptación del propio encogimiento. Entidades que fueron poderosas por si mismas y venidas tan a menos que no saben si prefieren morir con las botas puestas o ceder para sobrevivir. Negociaciones entre actores con unos problemas de autoestima morrocotudos. Imagínense, entonces, las habilidades que fueron necesarias para convencer a unos y otros que no había otra salida que bajar los humos.
Bajar los humos, ¡qué gran problema! Pero siempre acaba por llegar la que pintan calva. Fue en el 56, con ocasión de la nacionalización del canal de Suez por parte de los egipcios. Era el último vestigio colonial que mantenían Francia e Inglaterra. Un lugar estratégico donde los hubiese y, zas, patada en el culo. Intolerable. En menos de una semana ya estaban las poderosas flotas de los dos países rumbo a Suez a poner las cosas en el sitio de donde habían sido sacadas. Y en menos de veinticuatro horas de haber partido las flotas, llamada de los americanos a los ingleses para decirles que se diesen la media vuelta. No querían tener problemas con los rusos que, en definitiva, eran los que habían instado a los egipcios a dar el paso. Éste es asunto nuestro, respondieron los ingleses. Vale, dijeron los americanos, y al día siguiente pusieron a la venta las libras esterlinas que tenía el Banco de America, un montón, por cierto. En otras veinticuatro horas la libra perdió un 40% de su valor y los británicos se cagaron por la pata abajo y dijeron a los franceses que ellos se volvían a casa. ¡Traición!, gritaron los gabachos, pero a las cuarenta y ocho horas ya estaban también de vuelta con el rabo entre las piernas. Es lo que tiene verse obligado a tomarse la propia medida, que siempre acabas por verte mucho más pequeñito de lo que pensabas que eras.
A partir de ese momento las negociaciones para la integración, que fundamentalmente habían estado entorpecidas por Francia, se vieron agilizadas. E Iglaterra viendo el éxito económico de la operación no tardo en pedir la adhesión. Y, bueno, no quiere eso decir que en adelante todo fuese un camino de rosas, porque tanto franceses como ingleses nunca dejaron de dar la tabarra a la primera de cambio que pensaban que podían sacar algo de más con triquiñuelas. Es lo que tiene la mala educación propia de los venidos a menos, que hay que soportársela so pena de salir todos perdiendo. Y ahora, con la que tenemos encima a causa otra vez de los ingleses, esperar para ver, pero para mí que va a ser otra como la de Suez, mucho ruido y al final no hubo nada.
Pero la nave, en cualquier caso, va. Los cuatro millones actuales de Erasmus pronto pasaran a ser cuarenta gracias a los programas en curso. Y entonces ya no habrá malos humos que lo paren. La conciencia del enorme privilegio de ser europeos crecerá exponencialmente y las pequeñas querellas entre pueblos pasaran a ser anécdotas para tertulias de porteras. En fin, creo que me voy a comprar una bandera de la Comunidad y la voy a poner en el balcón en todas las fiestas señaladas.
martes, 21 de marzo de 2017
Ecolochusmilla
Venía ya cansado de vuelta de Astudillo y paré a echar una cabezada en la bancada de la parada de autobús de Villajimena. Me llamó la atención un cartel pegado en los cristales que anunciaba un fertilizante para cereales, maíz, colza, patatas y adormidera. En un lateral había fotografías de las cinco especies. Y sí, no cabía la menor duda, la adormidera era los bulbos de los que se extrae el opio. No sabía, la verdad, que existiesen esos cultivos en pie de igualdad con los demás, tan omnipresentes allí por donde vayas. Nunca vi un campo de adormidera. Seguro que la cultivan en terrenos acotados, muy vigilados y lejos de la vista del que pasaba por allí. Pero de que se cultiva en abundancia da fe el anuncio.
Cambiando de tema, veo que hoy todos los medios se hacen eco de una manifestación en defensa del lobo que ha tenido lugar en el centro de Madrid. Varios miles, dicen. O sea, quinientos o seiscientos. Que ya son para semejante patochada. Señoritos de la ciudad transidos de amor platónico por un campo que solo existe en su imaginación: el de nuestros primeros padres. No les cabe en la cabeza que ese territorio es de donde se saca el sustento de cada día para los quince o veinte mil millones de tirapedos que hay en el mundo, lo cual que, como que se necesita una gestión y provisión tecnológica tan sofisticada como la que puede haber en Silicon Valley, la NASA o cosa por el estilo. Sí, esa chusmilla señoritil de la capital no tiene ni zorra idea de con quién se cruza cuando entra en cualquier restaurante de cualquier pueblo de nuestra geografía. La gente que hay allí suele ser en cuanto a conocimientos científicos tanto o más competente que la que puede haber en los sitios más sofisticados de la capital. Y sin embargo, la ecolochusmilla se siente capacitada para marcarles el camino de perfección.
A mí lo del lobo me trae sin cuidado. Lo único que no quisiera es toparme cuando voy por el campo con una manada hambrienta como le pasó a Robinsón Crusoe cuando cruzó los Pirineos ya de retirada hacia su Inglaterra natal. O sea, que dejaría de muy buen grado que fuese la gente del campo quien gestionase a su mejor criterio el asunto de su presencia en el medio. Que consideran que está de más, pues que le liquiden y aquí paz y después gloria. Personalmente no tendría conciencia de haber perdido nada. Pero claro, también comprendo la posición de la ecolochusmilla. Han hecho bandera de la defensa del lobo con la misma finalidad que los otros quieren mantener o quitar la santa misa de los católicos de la televisión pública. Algo en definitiva con lo que se intenta dar sentido a la vida sin tener para ello que quemarse las pestañas estudiando. Un sentimiento al que se añade palabrería seudocientífica y ya está: superioridad moral asegurada.
En fin, seguramente me equivoco, pero que alguien me convenza de lo contrario: toda esta ecolochusmilla no son otra cosa que los verdaderos herederos del pensamiento hitleriano. Su concepción del campo está perfectamente plasmada en los cuadros relamidos que pintaba aquel monstruo tan aficionado, por otra parte, a atribuir a sus perros virtudes morales infinitamente superiores a las de los humanos que le rodeaban. En fin, ya digo, ojo al parche porque con el calor se puede despegar y te joroba el día.
Cambiando de tema, veo que hoy todos los medios se hacen eco de una manifestación en defensa del lobo que ha tenido lugar en el centro de Madrid. Varios miles, dicen. O sea, quinientos o seiscientos. Que ya son para semejante patochada. Señoritos de la ciudad transidos de amor platónico por un campo que solo existe en su imaginación: el de nuestros primeros padres. No les cabe en la cabeza que ese territorio es de donde se saca el sustento de cada día para los quince o veinte mil millones de tirapedos que hay en el mundo, lo cual que, como que se necesita una gestión y provisión tecnológica tan sofisticada como la que puede haber en Silicon Valley, la NASA o cosa por el estilo. Sí, esa chusmilla señoritil de la capital no tiene ni zorra idea de con quién se cruza cuando entra en cualquier restaurante de cualquier pueblo de nuestra geografía. La gente que hay allí suele ser en cuanto a conocimientos científicos tanto o más competente que la que puede haber en los sitios más sofisticados de la capital. Y sin embargo, la ecolochusmilla se siente capacitada para marcarles el camino de perfección.
A mí lo del lobo me trae sin cuidado. Lo único que no quisiera es toparme cuando voy por el campo con una manada hambrienta como le pasó a Robinsón Crusoe cuando cruzó los Pirineos ya de retirada hacia su Inglaterra natal. O sea, que dejaría de muy buen grado que fuese la gente del campo quien gestionase a su mejor criterio el asunto de su presencia en el medio. Que consideran que está de más, pues que le liquiden y aquí paz y después gloria. Personalmente no tendría conciencia de haber perdido nada. Pero claro, también comprendo la posición de la ecolochusmilla. Han hecho bandera de la defensa del lobo con la misma finalidad que los otros quieren mantener o quitar la santa misa de los católicos de la televisión pública. Algo en definitiva con lo que se intenta dar sentido a la vida sin tener para ello que quemarse las pestañas estudiando. Un sentimiento al que se añade palabrería seudocientífica y ya está: superioridad moral asegurada.
En fin, seguramente me equivoco, pero que alguien me convenza de lo contrario: toda esta ecolochusmilla no son otra cosa que los verdaderos herederos del pensamiento hitleriano. Su concepción del campo está perfectamente plasmada en los cuadros relamidos que pintaba aquel monstruo tan aficionado, por otra parte, a atribuir a sus perros virtudes morales infinitamente superiores a las de los humanos que le rodeaban. En fin, ya digo, ojo al parche porque con el calor se puede despegar y te joroba el día.
lunes, 20 de marzo de 2017
Peleas de taberna
En cualquier caso hay hechos objetivos. Con la cada vez mayor efectividad de los robots los países desarrollados van dejando de tener necesidad de inmigrantes. Si, encima, se acaban por imponer las ideas sobre un final racional de la vida, ya, ni te digo. Sin los millones de viejos vegetales que hay en estos momentos en Europa la mayoría de los immigrantes pasarían a ser clases pasivas. Así que no sólo es cuestión de populismo, como dicen: hay algo más que habrá que afrontar si no se quiere acabar de mala manera.
El problema, como todos los que cuesta resolver, tiene demasiadas variables como para despacharlo utilizando palabras talisman: populismo, es decir, manipulación de las conciencias por medio de mentiras agradables. Bien, en principio la teoría parece impecable, pero luego, puestos a pensar un poco, causa sorpresa que se hayan convertido en adelantados de esa corriente los dos países que por tradición parecerían ser los menos propensos a caer en la trampa: EEUU e Inglaterra. Tal circunstancia nos obliga a reconsiderar la bondad de la teoría. Seguramente, esa gente avezada ha intuido razones que a los demás se nos escapan. Entonces, puede que el rechazo a los inmigrantes no sea xenofobia sino simplemente instinto de supervivencia.
Los que hemos seguido con un poco de atención la reciente campaña electoral en las Provincias Unidas nos hemos podido dar cuenta de que algo ha cambiado. Ha habido un juego de policía malo y bueno sosteniendo en esencia la misma causa. Al final, como convenía, ha ganado el policía bueno, pero el mensaje ha quedado claro: no necesitamos más inmigrantes y a los pocos que vamos a conceder el privilegio les vamos a exigir que se olviden de su particular "cultura". Eso de venir aquí a parir churumbeles por un tubo se tiene que acabar.
En EEUU e Inglaterra el discurso es prácticamente igual. La mano de obra barata ya no compensa. Así que cada uno debe arreglárselas en donde ha nacido y si necesita armas para conquistar la libertad nosotros se las regalamos. Pienso que va a haber muchas peleas de taberna por el mundo en los próximos años. Imagínense lo que puede pasar en el Congo con un índice de natalidad de seis hijos por mujer y sin poder aliviar la presión por medio de la emigración. Se van a tener que poner las pilas y eso es todo.
En fin, y mientras tanto miro por la ventana y solo veo palomas fornicando. Como si el mundo fuese de goma y todo fuese cuestión de empujar un poco más para conseguir más sitio. Y en último caso, si no tienes fuerza suficiente, sólo necesitas llamar a un socialista para que venga a echarte una mano. Está chupado según ellos. Y así les va.
El problema, como todos los que cuesta resolver, tiene demasiadas variables como para despacharlo utilizando palabras talisman: populismo, es decir, manipulación de las conciencias por medio de mentiras agradables. Bien, en principio la teoría parece impecable, pero luego, puestos a pensar un poco, causa sorpresa que se hayan convertido en adelantados de esa corriente los dos países que por tradición parecerían ser los menos propensos a caer en la trampa: EEUU e Inglaterra. Tal circunstancia nos obliga a reconsiderar la bondad de la teoría. Seguramente, esa gente avezada ha intuido razones que a los demás se nos escapan. Entonces, puede que el rechazo a los inmigrantes no sea xenofobia sino simplemente instinto de supervivencia.
Los que hemos seguido con un poco de atención la reciente campaña electoral en las Provincias Unidas nos hemos podido dar cuenta de que algo ha cambiado. Ha habido un juego de policía malo y bueno sosteniendo en esencia la misma causa. Al final, como convenía, ha ganado el policía bueno, pero el mensaje ha quedado claro: no necesitamos más inmigrantes y a los pocos que vamos a conceder el privilegio les vamos a exigir que se olviden de su particular "cultura". Eso de venir aquí a parir churumbeles por un tubo se tiene que acabar.
En EEUU e Inglaterra el discurso es prácticamente igual. La mano de obra barata ya no compensa. Así que cada uno debe arreglárselas en donde ha nacido y si necesita armas para conquistar la libertad nosotros se las regalamos. Pienso que va a haber muchas peleas de taberna por el mundo en los próximos años. Imagínense lo que puede pasar en el Congo con un índice de natalidad de seis hijos por mujer y sin poder aliviar la presión por medio de la emigración. Se van a tener que poner las pilas y eso es todo.
En fin, y mientras tanto miro por la ventana y solo veo palomas fornicando. Como si el mundo fuese de goma y todo fuese cuestión de empujar un poco más para conseguir más sitio. Y en último caso, si no tienes fuerza suficiente, sólo necesitas llamar a un socialista para que venga a echarte una mano. Está chupado según ellos. Y así les va.
domingo, 19 de marzo de 2017
Tolón, tolón
Cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo, tolón, tolón. Políticos y periodistas y, supongo, sus adlateres, matan muchas estos días preprimaverales que parecen casi veraniegos. El motivo que les pica es la emisión de la santa misa de los católicos por un canal de la televisión pública. Una vez más entramos en el territorio de lo simbólico, es decir, en el que de mi capa hago el sayo que me sale de la punta de ya saben. Aquí no hay matemáticas que valgan y por tanto puedes gastar toda la tinta y saliva del mundo y, al final, estarás exactamente en el punto de partida. Tolón, tolón, cada tonto con su tema.
Vamos a ver, qué coño carajo les puede importar a los unos que se emita si a ellos nadie les obliga a verlo y, por la otra parte, qué otro coño carajo les obstina a los otros a emitirlo si, teniendo como tienen una televisión propia, podrían aumentar su porcentaje de audiencia -lo único que cuenta para ganar pasta-, si conservasen para ellos el monopolio de la emisión de tal evento. En definitiva, estamos en lo de siempre, la utilización de lo simbólico como permanente motivo de querella. Porque es que los simples de entendederas, o sea, casi todos, necesitan para no derrumbarse dar a lo que de por sí es inasible un significado concreto e inamovible. Como se decía cuando lo de Franco: "principios inquebrantables del movimiento". Y nosotros, niños todavía, pero de buena familia, nos partíamos de risa con lo de inquebrantables. Estábamos ya convencidos de la perfecta inutilidad del invento.
La dichosa pertenencia. Ayer iba por la calle y vi a un padre que jugaba a la pelota y a las pertenencias con sus dos hijos: como al mayor le achacaban ser del Madrid al pequeño le decían que no le quedaba más remedio que ser del Barça. Lo que el padre no quería, quedaba claro, es que sus hijos fuesen desnudos por la vida. Fundamental hacerse un traje tejido de identidades regaladas. Del Barça, de mi pueblo, de mi religión, de mi partido político, de mi lo que sea con tal de que no haya tenido que estudiar para ello. Porque esa es la tragedia, que si te dedicas a estudiar el traje se disuelve y te quedas más solo que Prometeo atado a una roca del Caucaso y esperando a que venga el águila a roerte el hígado.
En fin, una vez más lo del clásico: "dejadles, respondió a sus insultos, que tengan la razón ya que no pueden tener otra cosa". O bien: "a menudo los sabios se tienen que equivocar para que los necios no revienten". No olviden nunca estas dos máximas porque en ellas está contenida casi toda la filosofía necesaria para no perder la chaveta a causa del cotidiano convivir.
Vamos a ver, qué coño carajo les puede importar a los unos que se emita si a ellos nadie les obliga a verlo y, por la otra parte, qué otro coño carajo les obstina a los otros a emitirlo si, teniendo como tienen una televisión propia, podrían aumentar su porcentaje de audiencia -lo único que cuenta para ganar pasta-, si conservasen para ellos el monopolio de la emisión de tal evento. En definitiva, estamos en lo de siempre, la utilización de lo simbólico como permanente motivo de querella. Porque es que los simples de entendederas, o sea, casi todos, necesitan para no derrumbarse dar a lo que de por sí es inasible un significado concreto e inamovible. Como se decía cuando lo de Franco: "principios inquebrantables del movimiento". Y nosotros, niños todavía, pero de buena familia, nos partíamos de risa con lo de inquebrantables. Estábamos ya convencidos de la perfecta inutilidad del invento.
La dichosa pertenencia. Ayer iba por la calle y vi a un padre que jugaba a la pelota y a las pertenencias con sus dos hijos: como al mayor le achacaban ser del Madrid al pequeño le decían que no le quedaba más remedio que ser del Barça. Lo que el padre no quería, quedaba claro, es que sus hijos fuesen desnudos por la vida. Fundamental hacerse un traje tejido de identidades regaladas. Del Barça, de mi pueblo, de mi religión, de mi partido político, de mi lo que sea con tal de que no haya tenido que estudiar para ello. Porque esa es la tragedia, que si te dedicas a estudiar el traje se disuelve y te quedas más solo que Prometeo atado a una roca del Caucaso y esperando a que venga el águila a roerte el hígado.
En fin, una vez más lo del clásico: "dejadles, respondió a sus insultos, que tengan la razón ya que no pueden tener otra cosa". O bien: "a menudo los sabios se tienen que equivocar para que los necios no revienten". No olviden nunca estas dos máximas porque en ellas está contenida casi toda la filosofía necesaria para no perder la chaveta a causa del cotidiano convivir.
sábado, 18 de marzo de 2017
Aflición
Hay por ahí una novela, "Patria", de un tal Aramburu, de la que todo lo que se dice y escribe son alabanzas. Al parecer trata del asunto ese tan repugnante que tuvo que padecer España por culpa de la miseria moral de la mayoría de los ciudadanos vascos y, no sé si en esto hará hincapié la novela, de una buena parte de los ciudadanos del resto de España. Por supuesto que ni se me pasa por la cabeza leerla porque, al respecto, ya tuve mi lote y quedé hasta el gorro y un poco más.
Pero ya digo, que la inmensa mayoría de los ciudadanos vascos son una pura mierda no es algo que venga de ayer. Como dijo el clásico, de largo le viene el garbanzo al pico. Quizá es que a los romanos no les mereció la pena adentrarse por aquellos valles sórdidos y de ahí estos lodos. Porque si no eran guerras de linaje lo eran carlistas, el caso siempre ha sido la resistencia numantina a constituirse como individuos libres y responsables. Bien, pues que con su pan se atiborren a chuletones y venga Freud a explicarles su anclaje en la fase sádico-anal del desarrollo libidinal. ¡Pobrecitos!
A mí lo que sobre todo me pudrió desde que tome conciencia del asunto, hacia el año 80 del siglo pasado que viví una temporada en San Sebastián, fue la actitud de no pocos españoles que utilizaron la tragedia a beneficio de inventario.
Ya se sabe los estragos que hace en la calidad moral de las personas el exceso de sacristía. Los editoriales de El PAIS por poner el ejemplo quizá más odioso. Su obstinado dar una de cal y otra de arena, el colmo de la ecuanimidad para la chusma. Pero, así todo, pienso que eso a penas fue nada comparado con el daño que hizo cierta derecha, por llamarla de algún modo, a la que muy bien representaba la antipática estulticia del Sr. Aznar. Aquella miserable utilización del asunto de los GAL para destruir al Sr. González fue letal para cualquier tipo de solución razonable. Dio tantos triunfos al enemigo que le hizo prácticamente indestructible. Supongo que algún día la Historia se encargará de ajustar esas cuentas, pero entretanto los necios se habrán ido de rositas.
En definitiva, que lo peor de todo para una sociedad son las componendas, ya sean de sacristía, ya de taberna de cinco estrellas. Los asuntos graves deben agarrarlos por los cuernos los señores del Estado Mayor, que para algo se llaman así. Eficacia y discreción. Pero, claro, la chusma prefiere "Senderos de Gloria", la anécdota de un traspiés elevada a categoría de indignidad generalizada. El País y Aznar, dos referentes de la estulticia a los que convendría novelar para que la chusmilla empezase a reconocerse en su pequeñez espiritual.
Pero ya digo, que la inmensa mayoría de los ciudadanos vascos son una pura mierda no es algo que venga de ayer. Como dijo el clásico, de largo le viene el garbanzo al pico. Quizá es que a los romanos no les mereció la pena adentrarse por aquellos valles sórdidos y de ahí estos lodos. Porque si no eran guerras de linaje lo eran carlistas, el caso siempre ha sido la resistencia numantina a constituirse como individuos libres y responsables. Bien, pues que con su pan se atiborren a chuletones y venga Freud a explicarles su anclaje en la fase sádico-anal del desarrollo libidinal. ¡Pobrecitos!
A mí lo que sobre todo me pudrió desde que tome conciencia del asunto, hacia el año 80 del siglo pasado que viví una temporada en San Sebastián, fue la actitud de no pocos españoles que utilizaron la tragedia a beneficio de inventario.
Ya se sabe los estragos que hace en la calidad moral de las personas el exceso de sacristía. Los editoriales de El PAIS por poner el ejemplo quizá más odioso. Su obstinado dar una de cal y otra de arena, el colmo de la ecuanimidad para la chusma. Pero, así todo, pienso que eso a penas fue nada comparado con el daño que hizo cierta derecha, por llamarla de algún modo, a la que muy bien representaba la antipática estulticia del Sr. Aznar. Aquella miserable utilización del asunto de los GAL para destruir al Sr. González fue letal para cualquier tipo de solución razonable. Dio tantos triunfos al enemigo que le hizo prácticamente indestructible. Supongo que algún día la Historia se encargará de ajustar esas cuentas, pero entretanto los necios se habrán ido de rositas.
En definitiva, que lo peor de todo para una sociedad son las componendas, ya sean de sacristía, ya de taberna de cinco estrellas. Los asuntos graves deben agarrarlos por los cuernos los señores del Estado Mayor, que para algo se llaman así. Eficacia y discreción. Pero, claro, la chusma prefiere "Senderos de Gloria", la anécdota de un traspiés elevada a categoría de indignidad generalizada. El País y Aznar, dos referentes de la estulticia a los que convendría novelar para que la chusmilla empezase a reconocerse en su pequeñez espiritual.
viernes, 17 de marzo de 2017
De cotolengo, con perdón
Según cuentan las crónicas, Luis XIV de Francia era tan hortera que no veía límite a sus ansias de épater le bourgeois y a todo lo que se moviese. Así fue que mandó construir Versalles, lo cual, claro, que como que todavía no lo hemos acabado de pagar. De entrada puso a Francia en la bancarrota. Fue entonces cuando le pidió a su ministro de finanzas, un tal Colbert, que le buscase una solución para poder seguir siendo hortera que era lo único que en realidad le molaba. Entonces, Colbert, después de mucho devanarse los sesos encontró una solución: volverse al pueblo. Es decir, poner barreras arancelarias a todos los productos de allende las fronteras para así obligar a los franceses a consumir lo producido en casa. Como el invento funcionó de entrada, todos los países europeos menos dos se apresuraron a ponerlo en práctica: cada cual a consumir de lo suyo y si querían de lo de afuera a pagar por partida doble. O triple. A esta doctrina se le llamó mercantilismo. Pero ya digo, dos países se resistieron, Inglaterra y las Provincias Unidas, con los resultados de todos conocidos: a la vuelta de un siglo, la una dominaba el mundo y las otras, por el crack de los tulipanes que si no... pero ahí están hoy día que pocos lugares se le pueden comparar en prosperidades de todo tipo.
Cerrar las fronteras como preconiza tanto imbécil hoy día es un disparate del calibre 183. Recuerdo cuando en los años setenta se empezó a extender por toda España la asistencia sanitaria de calidad. Por cierto que todavía mandaba Franco. Pues bien, para ello hubo que importar absolutamente todo el aparataje necesario para tal empeño. Los técnicos alemanes venían cada sí y cada no a resolver dudas y reparar averías. Aquí, de ingeniería médica, ni palabra. Pero échanos de comer aparte hoy día. Ahora fabricamos todo tipo de gadgets y los exportamos a mansalva. Son las consecuencias directas de haber tenido las fronteras abiertas. No hay dinero mejor invertido que el dedicado a importar productos mejores que los que tu sabes hacer. Disfrutas con ellos y, sobre todo, si no eres bobo, aprendes. En fin, verdades de Perogrullo que los mercantilistas, de vuelta hoy día, no quieren ver.
Leía ayer las crónicas a propósito de los recientes comicios habidos en las Provincias Unidas. Ha sido un gran alivio para todos que los vientos mercantilistas que parecían arreciar se hayan quedado en nada. Es lógico, a esa gente le viene la cordura de lejos. Están hechos para el comercio que es como decir para la apertura de mente. Como van a querer encerrarse en sí mismos si conocen el mundo como la palma de su mano. ¿Saben ustedes de algún holandés que no hable cuatro o cinco idiomas? Si hasta Payohumberto es holandés.
Pero no se crean que el rechazo ha sido sólo a los mercantilistas de manual tipo Trump. También a los camuflados tras esa milonga maligna que llaman socialdemocracia. Para que se hagan una idea, el despechado líder de esa ideología ha dicho tras la derrota que va a seguir luchando para "una economía más justa y una sociedad más decente". Así, tal como suena, y él que tiene la fórmula mágica. Sólo le ha faltado babear. ¿Pero cómo puede ser que una persona con derecho a altavoz público se pueda arrogar el monopolio de la decencia? Por no hablar de la justicia. Ya digo, de cotolengo, con perdón.
En fin, el mundo da muchas vueltas y unas veces son unos y otras veces otros los que tiran hacia delante o hacia atrás, pero la tendencia general a lo largo de los siglos está clara: cada vez menos barreras entre las personas. El liberalismo nunca cesa de comerle terreno al mercantilismo. Está en la naturaleza de las cosas.
Cerrar las fronteras como preconiza tanto imbécil hoy día es un disparate del calibre 183. Recuerdo cuando en los años setenta se empezó a extender por toda España la asistencia sanitaria de calidad. Por cierto que todavía mandaba Franco. Pues bien, para ello hubo que importar absolutamente todo el aparataje necesario para tal empeño. Los técnicos alemanes venían cada sí y cada no a resolver dudas y reparar averías. Aquí, de ingeniería médica, ni palabra. Pero échanos de comer aparte hoy día. Ahora fabricamos todo tipo de gadgets y los exportamos a mansalva. Son las consecuencias directas de haber tenido las fronteras abiertas. No hay dinero mejor invertido que el dedicado a importar productos mejores que los que tu sabes hacer. Disfrutas con ellos y, sobre todo, si no eres bobo, aprendes. En fin, verdades de Perogrullo que los mercantilistas, de vuelta hoy día, no quieren ver.
Leía ayer las crónicas a propósito de los recientes comicios habidos en las Provincias Unidas. Ha sido un gran alivio para todos que los vientos mercantilistas que parecían arreciar se hayan quedado en nada. Es lógico, a esa gente le viene la cordura de lejos. Están hechos para el comercio que es como decir para la apertura de mente. Como van a querer encerrarse en sí mismos si conocen el mundo como la palma de su mano. ¿Saben ustedes de algún holandés que no hable cuatro o cinco idiomas? Si hasta Payohumberto es holandés.
Pero no se crean que el rechazo ha sido sólo a los mercantilistas de manual tipo Trump. También a los camuflados tras esa milonga maligna que llaman socialdemocracia. Para que se hagan una idea, el despechado líder de esa ideología ha dicho tras la derrota que va a seguir luchando para "una economía más justa y una sociedad más decente". Así, tal como suena, y él que tiene la fórmula mágica. Sólo le ha faltado babear. ¿Pero cómo puede ser que una persona con derecho a altavoz público se pueda arrogar el monopolio de la decencia? Por no hablar de la justicia. Ya digo, de cotolengo, con perdón.
En fin, el mundo da muchas vueltas y unas veces son unos y otras veces otros los que tiran hacia delante o hacia atrás, pero la tendencia general a lo largo de los siglos está clara: cada vez menos barreras entre las personas. El liberalismo nunca cesa de comerle terreno al mercantilismo. Está en la naturaleza de las cosas.
jueves, 16 de marzo de 2017
El Gran Melón
Volveré a la carga. En términos generales podemos considerar que hay dos tipos de personas, las que asumen su responsabilidad por cómo les va la vida, tanto cuando es para bien como cuando es para mal, y las que sólo se creen responsables de las cosas que les van bien; de las que les van mal son responsables los otros, "ellos" que decía García Calvo, el Gran Melón.
Todo este mal rollo que hay en estos momentos en los países europeos es debido a los que descargan sobre "ellos" la culpa de sus frustraciones. Las élites extractivas, como dicen y, si no, los inmigrantes, por no hablar de los políticos corruptos o la mucho más dolorosa perdida de una pretendida identidad ligada a valores que nunca existieron.
En definitiva poder recitar una amplia panoplia de supuestas injusticias para dar carta de naturaleza a la propia condición de víctima. Si no fuese por "ellos" yo podría tener todo lo que echo en falta y sería feliz. Por eso está más que justificado que les odie y que todo mi ser esté corroído por el rencor.
Porque es que además ese rencor está retroalimentado por la subconsciencia de no haber sido capaz, como fueron otros, de aprovechar mínimamente la ingente cantidad de oportunidades de medrar en lo personal que ofrecen estas sociedades desarrolladas.
Así, en reconocer o no reconocer la propia responsabilidad en lo que eres está todo el meollo de este turbio asunto que nos está poniendo de los nervios. Como, por lo visto, no se puede hablar claro por motivos de compasión, se ha optado porque los sabios se equivoquen para que los necios no revienten. Y de ahí la conjura de los necios en curso. Los animales humanizados, la violencia machista, la desmemorización de la historia, el triunfo de la emoción sobre la gráfica, nadie es más que nadie, etc., bazofia para que los que se sienten mesías engorden el rencor de los fracasados que les siguen.
En fin, así y todo no conviene que los árboles no nos dejen ver el bosque. Detrás del mucho ruido suele haber pocas nueces, aunque no por ello deja de servir para alertar la conciencia de los que hacen en silencio. Los revulsivos son necesarios para no dormirse en los laureles.
Todo este mal rollo que hay en estos momentos en los países europeos es debido a los que descargan sobre "ellos" la culpa de sus frustraciones. Las élites extractivas, como dicen y, si no, los inmigrantes, por no hablar de los políticos corruptos o la mucho más dolorosa perdida de una pretendida identidad ligada a valores que nunca existieron.
En definitiva poder recitar una amplia panoplia de supuestas injusticias para dar carta de naturaleza a la propia condición de víctima. Si no fuese por "ellos" yo podría tener todo lo que echo en falta y sería feliz. Por eso está más que justificado que les odie y que todo mi ser esté corroído por el rencor.
Porque es que además ese rencor está retroalimentado por la subconsciencia de no haber sido capaz, como fueron otros, de aprovechar mínimamente la ingente cantidad de oportunidades de medrar en lo personal que ofrecen estas sociedades desarrolladas.
Así, en reconocer o no reconocer la propia responsabilidad en lo que eres está todo el meollo de este turbio asunto que nos está poniendo de los nervios. Como, por lo visto, no se puede hablar claro por motivos de compasión, se ha optado porque los sabios se equivoquen para que los necios no revienten. Y de ahí la conjura de los necios en curso. Los animales humanizados, la violencia machista, la desmemorización de la historia, el triunfo de la emoción sobre la gráfica, nadie es más que nadie, etc., bazofia para que los que se sienten mesías engorden el rencor de los fracasados que les siguen.
En fin, así y todo no conviene que los árboles no nos dejen ver el bosque. Detrás del mucho ruido suele haber pocas nueces, aunque no por ello deja de servir para alertar la conciencia de los que hacen en silencio. Los revulsivos son necesarios para no dormirse en los laureles.
miércoles, 15 de marzo de 2017
El Rapto
Pasé unas horas en Salamanca. Cuando te apeas del tren, justo en el parque de La Alamedilla, lo primero que ves es el Rapto de Europa. Claro, a Salamanca se va a aprender y para eso lo mejor es empezar por el principio. Saber que nosotros, los europeos, venimos de un dios disfrazado de toro y una princesa fenicia.
Después de una cena charra en El Bardo, paseando por las calles desiertas barridas por el viento helado, vas de shock en shock. Mires para donde mires no ves más que inmensidad. San Esteban, la Catedral, la Compañía, a cual más epoustuflante. Ese poderío estético alrededor del templo del saber. Es fácil entender lo que somos hoy viendo lo que fuimos hace ya cinco siglos. El background, tan decisivo.
Abruma Salamanca. Es la hibris que me decía Santi. Luego los dioses se vengan de los que insisten en permanecer. Con el peor de los castigos. A tu alrededor la edad se congela y tu cada año eres un año más viejo. Y cuesta caer en la cuenta antes de haber hecho un tanto el ridículo.
Pero sea como sea, siempre se está aprendiendo en Salamanca. A la entrada del Carrefour que hay en la estación han colocado unas argollas y encima un cartelito: ate aquí su perro. Si viesen esto los animalistas, seguro que no les gustaba, me dijo Santi. No entendí. Sí, es que ese cartel deshumaniza a los perros, continuo. Seguí sin entender. Porque le falta la preposición a. Tu puedes decir ate aquí su perro, pero no ate aquí su mujer. Tendrías que decir a su mujer. La preposición a marca la diferencia entre personas y lo demás. Luego los perros para los de Carrefour no son personas, son simples cosas. ¡Qué gran decepción!
lunes, 13 de marzo de 2017
El estado vegetal
Lo que más me fastidia ahora es que no llueve en condiciones. Ha habido unos cuantos amagos en los últimos días, pero ha quedado en nada. Y uno va por ahí, entre los campos, y sufre por ese verde que pugna por triunfar y no puede. Se ven como esas calvicies en las que se pueden contar cuatros pelos . Una verdadera pena, porque pocas cosas hay en la vida más estimulantes que ver la explosión de la naturaleza en los albores de la primavera. Una sinfonía de colores, olores y sonidos. Pero, en fin, así lo quieren por esta vez los dioses caprichosos, que Perséfone siga prisionera de Hades más allá de las cuentas que echamos los mortales.
Por lo demás, miro por la ventana y veo las evoluciones de la colonia de palomas que se alojan en la buhardilla de la casa de enfrente, una de tantas medio en ruinas que hay en la Calle Mayor. Pues bien, no sé si lo habrán hecho ellas, pero hay un agujero entre las tejas y la pared por el que no paran de entrar y salir. Son cientos, lo cual explica que no haya banco en la ciudad debajo de árbol en el que te puedas sentar. Pero como a la gente le gusta que haya cuantos más animales mejor pues punto en boca. En fin, el caso es que da para pensar en uno mismo el ver como matan el tiempo. La comida no sé como se la agenciarán, pero da la impresión de que lo tienen tan chupado al menos como nosotros los humanos. Así es que, aparte de pensar en las musarañas y cambiar de cornisa cada sí y cada no, lo demás es todo la cuestión del fornicio. El palomo que se acerca remolón e hinchando el buche. La paloma que se aparta. El palomo que insiste. La paloma opta por cambiar de cornisa o empieza a ceder terreno. Entonces, ya no hay más que hablar. Otro más y hoy van... todo sea por Narciso.
Es la naturaleza sin sentido. ¿Debiera tenerlo? No lo sé, pero nacer para aburrirse es lo más parecido a la venganza de los dioses. No sé, pero diría yo que ni siquiera el Dalai Lama con sus sofisticadas técnicas de meditación puede hacer frente a semejante peste. Le vi el otro día intentando convencer de que sí, pero no me convenció. Porque mi experiencia es que la mente vacía de objetivo irremisiblemente lleva al sentimiento de muerte. Mejor muerto que aburrido. Y de ahí, supongo, tanto instinto suicida como vemos por el mundo.
En fin, palomas, el símbolo de la paz. Se le tuvo que ocurrir a un comunista. Claro, el comunismo, la mayor pulsión suicida de la historia de la humanidad. Dejarlo todo niquelado en cuatro días para no tener que mover en lo sucesivo un dedo para satisfacer todas las necesidades. El estado vegetal. A esperar que la brisa te acaricie las hojas y eso es todo. Como los muertos vivientes de las playas.
Por lo demás, miro por la ventana y veo las evoluciones de la colonia de palomas que se alojan en la buhardilla de la casa de enfrente, una de tantas medio en ruinas que hay en la Calle Mayor. Pues bien, no sé si lo habrán hecho ellas, pero hay un agujero entre las tejas y la pared por el que no paran de entrar y salir. Son cientos, lo cual explica que no haya banco en la ciudad debajo de árbol en el que te puedas sentar. Pero como a la gente le gusta que haya cuantos más animales mejor pues punto en boca. En fin, el caso es que da para pensar en uno mismo el ver como matan el tiempo. La comida no sé como se la agenciarán, pero da la impresión de que lo tienen tan chupado al menos como nosotros los humanos. Así es que, aparte de pensar en las musarañas y cambiar de cornisa cada sí y cada no, lo demás es todo la cuestión del fornicio. El palomo que se acerca remolón e hinchando el buche. La paloma que se aparta. El palomo que insiste. La paloma opta por cambiar de cornisa o empieza a ceder terreno. Entonces, ya no hay más que hablar. Otro más y hoy van... todo sea por Narciso.
Es la naturaleza sin sentido. ¿Debiera tenerlo? No lo sé, pero nacer para aburrirse es lo más parecido a la venganza de los dioses. No sé, pero diría yo que ni siquiera el Dalai Lama con sus sofisticadas técnicas de meditación puede hacer frente a semejante peste. Le vi el otro día intentando convencer de que sí, pero no me convenció. Porque mi experiencia es que la mente vacía de objetivo irremisiblemente lleva al sentimiento de muerte. Mejor muerto que aburrido. Y de ahí, supongo, tanto instinto suicida como vemos por el mundo.
En fin, palomas, el símbolo de la paz. Se le tuvo que ocurrir a un comunista. Claro, el comunismo, la mayor pulsión suicida de la historia de la humanidad. Dejarlo todo niquelado en cuatro días para no tener que mover en lo sucesivo un dedo para satisfacer todas las necesidades. El estado vegetal. A esperar que la brisa te acaricie las hojas y eso es todo. Como los muertos vivientes de las playas.
sábado, 11 de marzo de 2017
El fondo de la noche
Dice un tipo que se llama Assange y lleva años asomado al balcón de una embajada sudamericana en Londres que la CIA es un desastre. Ya ven, la famosa CIA que tantas paranoias alimentó en aquellos años de sueños totalitarios. ¿A ver qué persona que por aquel entonces mostrase un atisbo de sensatez no era tachado de inmediato por los detentadores de la buena nueva de agente de la CIA? CIA por aquí, CIA por allá, el caso para los idiotas, como siempre ha sido, era sentirse víctimas de un enemigo escurridizo. Porque está la CIA, que si no, mañana mismo el paraíso en la tierra. Como la niña de Viridiana que jugaba al diábolo: porque se me ha caído, que si no...
Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve conciencia de la realidad insoslayable de los servicios de inteligencia e información. Están en todas partes porque cada uno de nosotros hacemos nuestra labor al respecto y, gracias a ello, y a la vida paralela que así se promueve, podemos tener la fiesta en paz. Estaba viviendo entonces en un ático de la calle Roger de Lauria de Barcelona. En la puerta de enfrente había un tabuco en el que vivían los porteros con un hijo que siempre estaba intentando meter mano a su hermana. No podía evitar enterarme. A su vez, yo, con mi vida poco ejemplar, estaba controlado al milímetro. Cada vez que entraba o salía, sólo o acompañado, tenía que pasar por taquilla. Y el portero, que no paraba de ver vídeos de toros en un pequeño televisor portátil, siempre me contaba algún pequeño direte referente a algún vecino. Filtrando información en definitiva para ir construyendo una red de apoquinadores de fin de mes. Al respecto, me había enterado de la propina que le daban los demás vecinos y no dudé un instante en que tenía que doblarla por si las moscas, porque es que yo estaba entonces en muy mala edad.
Bueno, para no apuntarme el hallazgo, diré que fue por aquellos días cuando leí el rutilante " Viaje al fondo de la noche". Ahí, en esa novela, está perfectamente descrito el papel de los porteros como servicio de inteligencia e información de la comunidad de vecinos. Por supuesto que es una figura perturbadora y por eso, y no por lo que cuesta, se ha apresurado a sutituirla por otra cosa anodina esta sociedad infantil y decadente. Una gran equivocación sin duda. Pero éste es otro tema.
Así que ya viejo, como los de la viñeta de arriba, y libre por tanto de toda paranoia que no traiga causa del desarreglo de algún órgano interno, no puedo tener sino todo tipo de simpatías por cualquiera que me escuche... aunque sea cobrando como los porteros o por deporte como la CIA, porque es que para todos los demás es como si ya no existiese.
viernes, 10 de marzo de 2017
Colgajos
Pensaba en estas bobadas ayer mientras me tomaba una copa de verdejo de las de para hombres en la terraza del kan de Dueñas. De vez en cuando, una racha de brisilla aliviaba los estragos de un sol impropio para la época. Eso y, también, que desplegaba las banderas de la entrada del recinto. La de la comunidad autónoma, la de España y un colgajo en el que se adivinaban una o dos estrellas... sin duda los restos de lo que fue la de la Comunidad Europea. ¿Toda una metáfora? Dios no lo quiera.
El caso es que vengo observando desde que di en obsesionarme con el tema que lo del colgajo está muy difundido por toda la región. No son pocos los ayuntamientos que, ni siquiera colgajo, simplemente prescinden de la bandera europea. Es evidente que para nada la sienten como suya. Lo cual, por otra parte, nada tiene de extraño dada la pedagogía que al respecto hacen nuestras autoridades políticas. Solo suelen echar mano de Europa cuando hay que responsabilizar a alguien de medidas que exigen movilizar las neuronas, o sea, la peor de todas las torturas para la inmensa mayoría.
Ya digo, estoy un tanto obsesionado con el tema. Quizá porque algo me preocupa lo que a mis hijas pueda suponerles lo del brexit, otra consecuencia de la miseria moral de la clase política, pero no solo, que también del pasotismo o falta de conciencia cívica de las clases ilustradas. Creo que todos los que somos conscientes, o simplemente pensamos, o creemos, que la Comunidad Europea es uno de los mayores logros de la humanidad a todo lo largo de su historia debiéramos militar continuamente y en la medida de nuestras posibilidades para que la idea enraizase entre esas clases populares de cabeza perezosa que siempre están pensando en volverse a su pueblo.
Así que entre eso y, sobre todo, la cantidad de tiempo de que dispongo, ayer, de vuelta a casa, cogí, agarré y me puse a escribir a todas las instituciones, diputación, partidos políticos, etc, sobre la conveniencia de una política de símbolos más respetuosa y sobre todo inteligente. Porque, les concluí, se empieza por los colgajos y se termina declarando la jota charra patrimonio intangible de la humanidad. Y mientras tanto a Shakespeare, Goethe, Dante, y tal, que les den dos duros. En fin, ya saben a qué me estoy refiriendo.
jueves, 9 de marzo de 2017
Laberinto
Venta de Baños no es lo que fue, pero, el que tuvo, retuvo. Por así decirlo es un verdadero laberinto. Esta constituido por los espacios estancos que limitan las vías de los trenes que van hacia el norte, unos hacia Burgos y otros hacia Palencia. Y claro, en los últimos años, con lo del AVE, las barreras se han duplicado. Así que no queda más remedio que conocerse al dedillo el sistema de túneles y pasos elevados o estás perdido sin remisión.
Como pasa con todos los laberintos, adentrarse en él es cosa de niños. Tiras por aquí, tiras por allá, un paso elevado, un túnel y ya estás en mitad del ajo. Un desorden arquitectónico que tiene cierto encanto. Calles de casas panaderas intercaladas con otras de bloques de los sesenta, cuando todavía la estación trepidaba de actividad. Hacia el noreste hay un barrio más estructurado en el que se nota la vida: plazoletas y terrazas. Me instalé en una para repostar. Me zampé un pincho de tortilla que era gloria bendita, lo mismo que el café con leche. El ambiente circundante estaba marcado por la actividad reivindicativa del día de la mujer: una señora gorda que no paraba de soltarles los típicos tópicos del feminismo analfabeto -perdón por el pleonasmo- a un par de jubiletas con ganas de chanza. En la mesa de al lado, una familia gitana con media tonelada de sobrepeso celebraba un nocumpleaños. No dejan pasar uno. Luego, cuando toca cumpleaños, ni te digo, vienen hasta los parientes de Jaén a tocar las palmas.
Debidamente restaurado ya, decidí acercarme hasta la cercana pedanía de Baños a ver la famosa basílica visigótica de marras. Bueno, quitando que las ventanas y puertas tienen forma de ojo de cerradura de las antiguas no vi nada de particular. Pero se ve que el invento tiene tirón porque hay por allí infraestructura hostelera para dar soporte a autobuses de jubilados. En fin, me cansé rápido de aquello, eché una meada en la dirección de la fábrica de cemento que hay un kilómetro más allá hacia el norte y con la misma inicie el repliegue. Fue fácil llegar a Venta de Baños, pero allí empezó el cauchemar. Pasaba un túnel, tiraba por una avenida y daba en un cul de sac. Vuelta atrás, preguntar, vuelta a empezar y caía en las mismas trampas; no había forma de dar con la salida. Todas las indicaciones de los paneles dirigían hacia las autopistas. O sea, territorio vedado al ciclista. Y para colmo era la hora de salida del trabajo. Coches y coches y más coches. Al final hice malabarismos: retrocediendo medio kilómetro por el arcén de una salida de autopista di con la carretera inhóspita que lleva al paso elevado junto al Monasterio Santa Clara con sus piedras memorables. De allí hasta casa, un paseo. Y todavía no tenía ni asomo de hambre cuando llegué. El pincho de tortilla, claro. Así que me repanchingué en el sillón y me quedé dormido un buen rato.
miércoles, 8 de marzo de 2017
Despotismo forever
He descubierto una página que da acceso a mogollón de canales de televisión. Filmon. Está Arte y France 2, pero sobre todo hay ingleses. Yo diría que todos. Así que hasta que me aburra voy a tener entretenimiento por unos días. Porque ver a los ingleses por dentro es como ver teatro de Shakespeare. Siempre se están machacando entre ellos con bellísimas palabras y exquisitos modales. En el fondo todos son hooligans, lo que pasa es que hay una clase social que se gasta un dineral para aprender a disimularlo, pero eso sí, sin que las formas hagan perder un ápice de eficacia. Sin duda son los europeos que mejor entendieron y arroparon el clásico concepto de agonía que, no nos engañemos, es nuclear y también motor de lo que se conoce como cultura occidental.
Por supuesto que en lo que en apariencia están ahora es con las convulsiones del Brexit. Pero, para mí que nada más lejos. Todo eso va a quedar en agua de borrajas. La cuestión esencial que se está barajando tiene que ver con el menos malo de todos los sistemas conocidos como dijo el cínico Churchil. Porque el sistema de partidos unido a los recientes inventos tecnológicos -redes sociales, big data y demás- han llevado a la democracia a un callejón sin salida. Por definición, ahora, los mentirosos -demagogos les llamaban antes-, lo tienen chupado ganar. Ya se sabe lo poco que a los niños les preocupa la dentadura del mañana. Ellos quieren caramelos. Si se los das, o simplemente se los prometes, te siguen como corderitos.
Y en esas estamos, que no se encuentra por ningún lado la forma de combatir las mentiras que no sea limitar el eufemismo que se conoce como soberanía popular. A mi modesto juicio nunca existió eso ni va a existir por la simple razón de que sería monstruoso. La humanidad se hubiera extinguido ya en tal caso. Solo hay que recordar los escasos instantes en los que el populus se hizo con el poder real, es decir, las armas: no tardó ni cinco minutos en usarlas contra sí mismo. No por nada sino porque la esencia de la ignorancia es la autodestrucción.
Pues bien, en la Inglaterra de estos días que corren el poder real ha pasado a manos de jueces y senadores. Los unos por oposición los otros por prestigio. Ninguno por elección popular. Máscaras fuera, queda lo que siempre ha sido porque no puede ser de otra forma: despotismo ilustrado. Ayer entrevistaban a dos políticos oponentes. Uno, probrexit, defendía en su calidad de jurista la no necesidad de la aquiescencia de las cámaras para iniciar la desconexión. La otra, una señora a la que casi no se la oía, le contestó con el simple argumento de que Sir Nosequién, que es infinitamente mejor jurista que usted, ha dicho exactamente lo contrario. Y ahí acabó todo. Porque se puede discutir de todo, pero donde hay un prestigio incontestable hasta los mentirosos se arrugan.
Así es que se hará el paripé para que los niños puedan seguir chupando caramelos y destrozándose la boca. Nada preocupante. Solo tengo que asomarme a la ventana y veo más de media docena de clínicas dentales. Es el negocio de moda. Al final, los niños, de tanto pasar por el potro de torturas del dentista espabilan. Y dejan de querer caramelos. Hasta la próxima generación. Y así va el mundo, construyendo y deconstruyendo para que las palabras adapten cada vez más su significado a la realidad. Por eso, donde escuchen democracia procuren ir entendiendo despotismo ilustrado que, sin duda, define mejor el sistema político que tenemos entre manos. Pero sobre todo el que vamos a tener. ¡Dios lo quiera!
Por supuesto que en lo que en apariencia están ahora es con las convulsiones del Brexit. Pero, para mí que nada más lejos. Todo eso va a quedar en agua de borrajas. La cuestión esencial que se está barajando tiene que ver con el menos malo de todos los sistemas conocidos como dijo el cínico Churchil. Porque el sistema de partidos unido a los recientes inventos tecnológicos -redes sociales, big data y demás- han llevado a la democracia a un callejón sin salida. Por definición, ahora, los mentirosos -demagogos les llamaban antes-, lo tienen chupado ganar. Ya se sabe lo poco que a los niños les preocupa la dentadura del mañana. Ellos quieren caramelos. Si se los das, o simplemente se los prometes, te siguen como corderitos.
Y en esas estamos, que no se encuentra por ningún lado la forma de combatir las mentiras que no sea limitar el eufemismo que se conoce como soberanía popular. A mi modesto juicio nunca existió eso ni va a existir por la simple razón de que sería monstruoso. La humanidad se hubiera extinguido ya en tal caso. Solo hay que recordar los escasos instantes en los que el populus se hizo con el poder real, es decir, las armas: no tardó ni cinco minutos en usarlas contra sí mismo. No por nada sino porque la esencia de la ignorancia es la autodestrucción.
Pues bien, en la Inglaterra de estos días que corren el poder real ha pasado a manos de jueces y senadores. Los unos por oposición los otros por prestigio. Ninguno por elección popular. Máscaras fuera, queda lo que siempre ha sido porque no puede ser de otra forma: despotismo ilustrado. Ayer entrevistaban a dos políticos oponentes. Uno, probrexit, defendía en su calidad de jurista la no necesidad de la aquiescencia de las cámaras para iniciar la desconexión. La otra, una señora a la que casi no se la oía, le contestó con el simple argumento de que Sir Nosequién, que es infinitamente mejor jurista que usted, ha dicho exactamente lo contrario. Y ahí acabó todo. Porque se puede discutir de todo, pero donde hay un prestigio incontestable hasta los mentirosos se arrugan.
Así es que se hará el paripé para que los niños puedan seguir chupando caramelos y destrozándose la boca. Nada preocupante. Solo tengo que asomarme a la ventana y veo más de media docena de clínicas dentales. Es el negocio de moda. Al final, los niños, de tanto pasar por el potro de torturas del dentista espabilan. Y dejan de querer caramelos. Hasta la próxima generación. Y así va el mundo, construyendo y deconstruyendo para que las palabras adapten cada vez más su significado a la realidad. Por eso, donde escuchen democracia procuren ir entendiendo despotismo ilustrado que, sin duda, define mejor el sistema político que tenemos entre manos. Pero sobre todo el que vamos a tener. ¡Dios lo quiera!
lunes, 6 de marzo de 2017
En la Cabeza de Europa
Ayer por la tarde estuve viendo la retransmisión en diferido del concierto de inauguración de la sala Pierre Boulez de Berlín. Convendría que la gente que duda del proyecto europeo viese actos como este para darse cuenta de hasta qué punto están equivocados. Me costará explicar por qué digo esto ya que es una intuición que tuve mientras contemplaba el espectáculo embargado por la emoción estética y, también, por la seducción del genio: Barenboim, la idea, Gehry y Toyota el soporte técnico. Ninguno de los tres, por cierto, nacido en Europa, pero eso es precisamente parte importante de nuestra grandeza, saber atraer la inteligencia mundial con el único señuelo del prestigio. Porque ni Gehry ni Toyota han cobrado un duro por su trabajo, y, como señaló Baremboim, seguramente ha sido por eso que hayan conseguido marcar un hito en su carrera... que tira más el prestigio que soga de marinero.
La sala en cuestión son varios óvalos superpuestos. Como una plaza de toros un poco oblonga y cubierta, para que nos entendamos. Los músicos actúan normalmente en el ruedo, sin barreras ni burladeros, por cierto, pero también pueden hacerlo por cualquiera de los espacios del recinto, porque la idea de Baremboim es que no haya separación entre interpretes y escuchantes. Eliminar, en definitiva, esa distancia reverencial entre unos y otros de las salas clásicas de conciertos. Distancia, por cierto, que no solo es física sino también intelectual. O sea, la diferencia entre una y otra concepción es lo que va entre sentir la música y entenderla. O, en explicación de Cristóbal Haftler, la música que va al corazón y la que va a la cabeza.
En fin, la música una vez más como metáfora del todo. Vimos enfrentarse dos éticas en aquella película de Wajda, el director de Orquesta, con el gran John Gielgud de protagonista. Vimos también Ensayo de Orquesta, de Fellini, desmesurada fábula moral que concluye con un "a pesar de todo la cosa funciona". Y unas cuantas más, sin duda, porque música es armonía de las partes, o sea, la vida misma si no nos queremos matar los unos a los otros.
Resumiendo, una sala para el siglo XXI, en el que se supone que los ciudadanos lo son porque participan y participan porque entienden. Esa es la esencial cuestión: el público que asistía ayer al concierto que se daba en esa sala, en su inmensa mayoría, estoy seguro, sabía lo que escuchaba cuando sonaban los bárbaros sonidos metálicos de la obra de Boulez. No eran escuchantes pasivos. Sabían usar la cabeza. Se notaba. Era puro siglo XXI. En la mismísima cabeza de Europa, que lo es por derecho propio.
La sala en cuestión son varios óvalos superpuestos. Como una plaza de toros un poco oblonga y cubierta, para que nos entendamos. Los músicos actúan normalmente en el ruedo, sin barreras ni burladeros, por cierto, pero también pueden hacerlo por cualquiera de los espacios del recinto, porque la idea de Baremboim es que no haya separación entre interpretes y escuchantes. Eliminar, en definitiva, esa distancia reverencial entre unos y otros de las salas clásicas de conciertos. Distancia, por cierto, que no solo es física sino también intelectual. O sea, la diferencia entre una y otra concepción es lo que va entre sentir la música y entenderla. O, en explicación de Cristóbal Haftler, la música que va al corazón y la que va a la cabeza.
En fin, la música una vez más como metáfora del todo. Vimos enfrentarse dos éticas en aquella película de Wajda, el director de Orquesta, con el gran John Gielgud de protagonista. Vimos también Ensayo de Orquesta, de Fellini, desmesurada fábula moral que concluye con un "a pesar de todo la cosa funciona". Y unas cuantas más, sin duda, porque música es armonía de las partes, o sea, la vida misma si no nos queremos matar los unos a los otros.
Resumiendo, una sala para el siglo XXI, en el que se supone que los ciudadanos lo son porque participan y participan porque entienden. Esa es la esencial cuestión: el público que asistía ayer al concierto que se daba en esa sala, en su inmensa mayoría, estoy seguro, sabía lo que escuchaba cuando sonaban los bárbaros sonidos metálicos de la obra de Boulez. No eran escuchantes pasivos. Sabían usar la cabeza. Se notaba. Era puro siglo XXI. En la mismísima cabeza de Europa, que lo es por derecho propio.
domingo, 5 de marzo de 2017
Televidencia
El otro día les decía aquí que coincidía con Polansky en que la cadena de televisión Arte es para pijos. El caso es que como ando un poco aburrido me he puesto a verla y quisiera puntualizar mi opinión. Si ves programas como el que dirige la monísima lumia Elisabeth Quin, "28 minutes", en el que un grupo de intelectuales analizan cualquier situación de actualidad, entonces, diría que no sólo pijos sino pijos al cuadrado. O sea, todos los tópicos de la pijería, empezando por el de la gente guapa y terminando por el del crecimiento sostenible. Es decir, de todo lo que se descojona Houellebecq que, por supuesto, nunca va a ese tipo de debates por más que es de los pocos franceses que tiene algo interesante que decir estos días que corren. Resumiendo, mucha apariencia y poca sustancia, la esencia de la pijería.
Pero luego vas y ves un documental rutilante y te quitas el sombrero. Ayer por la tarde vimos a Bernard Henri Levy con su eterno terno azul marino tipo Armani metido en harina por las refriegas de la conquista de Mosul. Ahí se veía bien cuando el periodista es a la vez un intelectual como dios manda. Porque las guerras, como las desgracias que nos suceden a cualquiera, no son la consecuencia de un mal exterior que cae sobre nosotros para convertirnos en victimas, no, en ningún caso, son más bien el efecto inevitable de la conjunción de una serie de cualidades negativas de los seres humanos. Pongamos que ignorancia y estupidez para resumir. ¿O es que acaso todas las desgracias, no graves por suerte, que me han sucedido en esta vida no han sido a causa de esas dos cualidades que nunca he sabido corregir lo suficiente? Bueno, pues eso es lo que nos trasmite Henri Levy, que lo que pasa en Irak tiene maternidad y paternidad. Gente carcomida por los sentimientos. Al respecto nos enseña el reencuentro de una madre con su hijo y lo que vemos es una escena práctimente pornográfica. Como se pueden querer una madre y un hijo de esa forma si no hay por medio una atracción fatal, de cariz sexual bien sure. De los padres con las hijas, mejor no hablar. Babean. Te la vendo en un millón de dolares, dice uno a otro que se la está alabando. Lo tiene claro, es mío para lo que yo quiera. Ignorancia y estulticia. La ausencia absoluta de método. Ver la evacuación de los heridos es un poema. Todos a la vez obstruyéndose el camino los unos a los otros mientras el herido muere. Luego se ponen a llorar. De disciplina, mejor no hablar. Parece todo cosa de niños jugando a la guerra. El coronel disculpándose con el capitán por lo mal que funciona la cadena de mando. Pero no te preocupes que ya lo vamos a solucionar. Todo es despropósito. Como de gente que nunca ha tenido que esforzarse por nada y de pronto se ve metida en un lío descomunal. En fin, una lección de vida para desengaño de compasivos: cada cual tiene lo que se labra.
Luego por la noche, Enrique VIII e Isabel I. De Inglaterra. El poder absoluto para bien y para mal. Sobre estas cosas debieran reflexionar un poco todos esos niñatos que andan por ahí buscando indicios franquistas para destruirlos. ¡Tiene gracia la cosa! Tanto Enrique como Isabel mataron oponentes como quien mata moscas, pero entre los dos pusieron a Inglaterra a la cabeza del mundo en modernidad. Paradojas de la vida, que para avanzar hay que sufrir y de nada sirve eliminar los indicios del sufrimiento porque la realidad de los avances avasallan la memoria.
En resumidas cuentas, para pijos, sí, pero también para nuevos reaccionarios. O nuevos libertadores si mejor quieren.
Pero luego vas y ves un documental rutilante y te quitas el sombrero. Ayer por la tarde vimos a Bernard Henri Levy con su eterno terno azul marino tipo Armani metido en harina por las refriegas de la conquista de Mosul. Ahí se veía bien cuando el periodista es a la vez un intelectual como dios manda. Porque las guerras, como las desgracias que nos suceden a cualquiera, no son la consecuencia de un mal exterior que cae sobre nosotros para convertirnos en victimas, no, en ningún caso, son más bien el efecto inevitable de la conjunción de una serie de cualidades negativas de los seres humanos. Pongamos que ignorancia y estupidez para resumir. ¿O es que acaso todas las desgracias, no graves por suerte, que me han sucedido en esta vida no han sido a causa de esas dos cualidades que nunca he sabido corregir lo suficiente? Bueno, pues eso es lo que nos trasmite Henri Levy, que lo que pasa en Irak tiene maternidad y paternidad. Gente carcomida por los sentimientos. Al respecto nos enseña el reencuentro de una madre con su hijo y lo que vemos es una escena práctimente pornográfica. Como se pueden querer una madre y un hijo de esa forma si no hay por medio una atracción fatal, de cariz sexual bien sure. De los padres con las hijas, mejor no hablar. Babean. Te la vendo en un millón de dolares, dice uno a otro que se la está alabando. Lo tiene claro, es mío para lo que yo quiera. Ignorancia y estulticia. La ausencia absoluta de método. Ver la evacuación de los heridos es un poema. Todos a la vez obstruyéndose el camino los unos a los otros mientras el herido muere. Luego se ponen a llorar. De disciplina, mejor no hablar. Parece todo cosa de niños jugando a la guerra. El coronel disculpándose con el capitán por lo mal que funciona la cadena de mando. Pero no te preocupes que ya lo vamos a solucionar. Todo es despropósito. Como de gente que nunca ha tenido que esforzarse por nada y de pronto se ve metida en un lío descomunal. En fin, una lección de vida para desengaño de compasivos: cada cual tiene lo que se labra.
Luego por la noche, Enrique VIII e Isabel I. De Inglaterra. El poder absoluto para bien y para mal. Sobre estas cosas debieran reflexionar un poco todos esos niñatos que andan por ahí buscando indicios franquistas para destruirlos. ¡Tiene gracia la cosa! Tanto Enrique como Isabel mataron oponentes como quien mata moscas, pero entre los dos pusieron a Inglaterra a la cabeza del mundo en modernidad. Paradojas de la vida, que para avanzar hay que sufrir y de nada sirve eliminar los indicios del sufrimiento porque la realidad de los avances avasallan la memoria.
En resumidas cuentas, para pijos, sí, pero también para nuevos reaccionarios. O nuevos libertadores si mejor quieren.
sábado, 4 de marzo de 2017
Periodismo a la violeta
Leo un titular: <<Con este panorama es difícil que una pareja se anime a tener hijos.>>
Otro: <<Es necesario devolver a la gente las ganas de tener hijos.>>
Así es todo, o casi todo, el periodismo que escriben nuestros intelectuales. Porque se supone que los que escriben en los periódicos lo hacen porque saben pensar mejor que los que no escriben. Y por eso digo yo que se les puede tachar en cierta medida de intelectuales. De mierda, pero intelectuales, que lo primero que hacen siempre es echar mano de un tópico que no quiere decir nada y después construir toda su teoría sobre ese tópico. Porque, vamos a ver, ¿cuál es ese panorama desincentivador? Parece ser, según la articulista de marras, que la horripilante y persistente crisis económica que nos asola. Bien, pues otro tópico. De mi ya larga permanencia en este mundo nunca conocí época como ésta en la que tanta gente viva tan bien y con tanta seguridad. Y no creo que ni siquiera hagan falta gráficas para demostrarlo de puro evidente que es. Luego el panorama, por seguir llamándolo del mismo modo, tiene que ser otra cosa. Y vaya usted a saber en qué consiste. Pudiera ser, por decir algo, que de tanto ver películas de Walt Disney demasiada gente haya llegado a la conclusión de que es más simpático, comódo y mucho menos comprometido transferir afectos a un perro que a un niño. Y para el caso, ya hasta cochecitos para pasearlos por el Retiro se venden. Por lo demás, por seguir lucubrando a la violeta, ¿qué sería de nuestra más próspera industria si nuestra juventud se tuviese que dedicar a cuidar niños en casa? ¿Quién se iba a comer entonces los pinchos y las tapas? Y las raciones y cazuelitas. Por no hablar del montón de eventos prometedores de emociones fuertes que a diario escarban en el bolsillo de la gente en edad de procrear. Para mí, en definitiva, que el panorama tiene más que ver con el culto desaforado a Dionisos que, por así decirlo, es la esencia de nuestro momento histórico, como por otra parte lo ha sido de todas las épocas de prolongada opulencia. La vida chachi, y que dure. Y, además, como si no existiese la sabia percepción de que con nueve mil millones de personas en el planeta ya tenemos suficientes emisiones de metano como para derretir los polos y yo qué sé cuantas cosas más.
Respecto al segundo enunciado, veo un voluntarismo de tipo exotérico. Como de varita mágica o cosa por el estilo. Bueno, siempre hay gente que cree que un decreto ley lo mismo puede servir para un roto que para un descosido. Tu haces una ley y las mujeres dejan de calentar los cascos a los tíos y los tíos dejan de calentarles el culo a las mujeres. Oye, que la gente obedece. Así, si emites una pragmática prohibiendo a todas las personas entre 25 y 35 años dilapidar su tiempo nocturno en bares, dicotecas, romerías varias, etc, obligándoles a recluirse en la intimadad de los hogares, yo qué sé, a lo mejor por aburrimiento acaban hasta de olvidarse de ir a la farmacia a por anticonceptivos. Pero es complicado en cualquier caso.
En cuanto al mantenimiento de las pensiones, que no otro es el fantasma al que se recurre para animar a procrear, ¡menudo bluf! Las pensiones, esa trampa saducea en la que caemos todos los imbéciles. Si no hubiese pensiones, o no hubiésemos caído en su trampa, seguiríamos vivos hasta el último día de nuestras vidas. Así, con este sistema, lo único que hacemos es empezar a arrastrarnos a la edad de plenitud como auténticos muertos vivientes por consultorios, balnearios, aeropuertos y demás instalaciones para apestados. No, no creo que esa dejación total de responsabilidades que es vivir de una pension sea una buena idea en absoluto. Pero, en fin, éste es otro tema.
Otro: <<Es necesario devolver a la gente las ganas de tener hijos.>>
Así es todo, o casi todo, el periodismo que escriben nuestros intelectuales. Porque se supone que los que escriben en los periódicos lo hacen porque saben pensar mejor que los que no escriben. Y por eso digo yo que se les puede tachar en cierta medida de intelectuales. De mierda, pero intelectuales, que lo primero que hacen siempre es echar mano de un tópico que no quiere decir nada y después construir toda su teoría sobre ese tópico. Porque, vamos a ver, ¿cuál es ese panorama desincentivador? Parece ser, según la articulista de marras, que la horripilante y persistente crisis económica que nos asola. Bien, pues otro tópico. De mi ya larga permanencia en este mundo nunca conocí época como ésta en la que tanta gente viva tan bien y con tanta seguridad. Y no creo que ni siquiera hagan falta gráficas para demostrarlo de puro evidente que es. Luego el panorama, por seguir llamándolo del mismo modo, tiene que ser otra cosa. Y vaya usted a saber en qué consiste. Pudiera ser, por decir algo, que de tanto ver películas de Walt Disney demasiada gente haya llegado a la conclusión de que es más simpático, comódo y mucho menos comprometido transferir afectos a un perro que a un niño. Y para el caso, ya hasta cochecitos para pasearlos por el Retiro se venden. Por lo demás, por seguir lucubrando a la violeta, ¿qué sería de nuestra más próspera industria si nuestra juventud se tuviese que dedicar a cuidar niños en casa? ¿Quién se iba a comer entonces los pinchos y las tapas? Y las raciones y cazuelitas. Por no hablar del montón de eventos prometedores de emociones fuertes que a diario escarban en el bolsillo de la gente en edad de procrear. Para mí, en definitiva, que el panorama tiene más que ver con el culto desaforado a Dionisos que, por así decirlo, es la esencia de nuestro momento histórico, como por otra parte lo ha sido de todas las épocas de prolongada opulencia. La vida chachi, y que dure. Y, además, como si no existiese la sabia percepción de que con nueve mil millones de personas en el planeta ya tenemos suficientes emisiones de metano como para derretir los polos y yo qué sé cuantas cosas más.
Respecto al segundo enunciado, veo un voluntarismo de tipo exotérico. Como de varita mágica o cosa por el estilo. Bueno, siempre hay gente que cree que un decreto ley lo mismo puede servir para un roto que para un descosido. Tu haces una ley y las mujeres dejan de calentar los cascos a los tíos y los tíos dejan de calentarles el culo a las mujeres. Oye, que la gente obedece. Así, si emites una pragmática prohibiendo a todas las personas entre 25 y 35 años dilapidar su tiempo nocturno en bares, dicotecas, romerías varias, etc, obligándoles a recluirse en la intimadad de los hogares, yo qué sé, a lo mejor por aburrimiento acaban hasta de olvidarse de ir a la farmacia a por anticonceptivos. Pero es complicado en cualquier caso.
En cuanto al mantenimiento de las pensiones, que no otro es el fantasma al que se recurre para animar a procrear, ¡menudo bluf! Las pensiones, esa trampa saducea en la que caemos todos los imbéciles. Si no hubiese pensiones, o no hubiésemos caído en su trampa, seguiríamos vivos hasta el último día de nuestras vidas. Así, con este sistema, lo único que hacemos es empezar a arrastrarnos a la edad de plenitud como auténticos muertos vivientes por consultorios, balnearios, aeropuertos y demás instalaciones para apestados. No, no creo que esa dejación total de responsabilidades que es vivir de una pension sea una buena idea en absoluto. Pero, en fin, éste es otro tema.
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