Venta de Baños no es lo que fue, pero, el que tuvo, retuvo. Por así decirlo es un verdadero laberinto. Esta constituido por los espacios estancos que limitan las vías de los trenes que van hacia el norte, unos hacia Burgos y otros hacia Palencia. Y claro, en los últimos años, con lo del AVE, las barreras se han duplicado. Así que no queda más remedio que conocerse al dedillo el sistema de túneles y pasos elevados o estás perdido sin remisión.
Como pasa con todos los laberintos, adentrarse en él es cosa de niños. Tiras por aquí, tiras por allá, un paso elevado, un túnel y ya estás en mitad del ajo. Un desorden arquitectónico que tiene cierto encanto. Calles de casas panaderas intercaladas con otras de bloques de los sesenta, cuando todavía la estación trepidaba de actividad. Hacia el noreste hay un barrio más estructurado en el que se nota la vida: plazoletas y terrazas. Me instalé en una para repostar. Me zampé un pincho de tortilla que era gloria bendita, lo mismo que el café con leche. El ambiente circundante estaba marcado por la actividad reivindicativa del día de la mujer: una señora gorda que no paraba de soltarles los típicos tópicos del feminismo analfabeto -perdón por el pleonasmo- a un par de jubiletas con ganas de chanza. En la mesa de al lado, una familia gitana con media tonelada de sobrepeso celebraba un nocumpleaños. No dejan pasar uno. Luego, cuando toca cumpleaños, ni te digo, vienen hasta los parientes de Jaén a tocar las palmas.
Debidamente restaurado ya, decidí acercarme hasta la cercana pedanía de Baños a ver la famosa basílica visigótica de marras. Bueno, quitando que las ventanas y puertas tienen forma de ojo de cerradura de las antiguas no vi nada de particular. Pero se ve que el invento tiene tirón porque hay por allí infraestructura hostelera para dar soporte a autobuses de jubilados. En fin, me cansé rápido de aquello, eché una meada en la dirección de la fábrica de cemento que hay un kilómetro más allá hacia el norte y con la misma inicie el repliegue. Fue fácil llegar a Venta de Baños, pero allí empezó el cauchemar. Pasaba un túnel, tiraba por una avenida y daba en un cul de sac. Vuelta atrás, preguntar, vuelta a empezar y caía en las mismas trampas; no había forma de dar con la salida. Todas las indicaciones de los paneles dirigían hacia las autopistas. O sea, territorio vedado al ciclista. Y para colmo era la hora de salida del trabajo. Coches y coches y más coches. Al final hice malabarismos: retrocediendo medio kilómetro por el arcén de una salida de autopista di con la carretera inhóspita que lleva al paso elevado junto al Monasterio Santa Clara con sus piedras memorables. De allí hasta casa, un paseo. Y todavía no tenía ni asomo de hambre cuando llegué. El pincho de tortilla, claro. Así que me repanchingué en el sillón y me quedé dormido un buen rato.
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