sábado, 25 de marzo de 2017

Viejecitas

Creo que fue Óscar Wilde el que dijo que la humildad es para los hipócritas y la modestia para los incompetentes. Bien, pues yo quiero añadir que la superioridad moral, la forma más repugnante de hipocresía quizá, es para los que ni ciego de grifa les compraría un coche de segunda mano ni les llamaría para salir por ahí a dar un paseo. Me repugna profundamente esa gentecilla con olor a cadáver. 

Todo empieza con esas viejecitas que necesitan imperiosamente que su mano izquierda sepa lo que ha dado la derecha. Aquí, justo al lado del portal, está todo el día tirado un chaval de dos metros de altura venga a beber cerveza y fumar porros y en compañía de un rottweiler que por fortuna también parece drogado. Y las viejecitas, y no tan viejas, le llenan de monedas a diario una caja de puros. Personalmente, pienso que la mejor manera de iniciar esa regeneración moral por la que tanto claman tertulianos y políticos en la oposición sería mandando a todas esas viejecitas a un campo de reeducación ciudadana. Porque son verdadera podedumbre. 

Pero ya digo, tertulianos y políticos en la oposición -este Rivera que al final nos salió un mierda- venga a esconder su incompetencia tras la máscara de la honestidad. No tienen otra pasión en la vida que desvelar a los corruptos, es decir, a cualquiera que les hace sombra. Siempre les encuentran algo turbio porque hasta Dios lo tiene. Y a partir de ahí ya no sueltan el hueso hasta que lo destruyen con la inestimable ayuda de la chusma que, otra cosa no, pero a entusiasmo por pisotear a todo lo que la supera no le gana nadie. 

Ayer, viendo 28" de Elisabeth Quin se me llevaban los demonios. Andaban a vueltas con la corrupción y todos estaban felices con lo mucho que de ella tenían los que tienen mando en plaza. Entonces, de pronto, uno que estaba allí callado, quiso hacer una puntualización que en cierta forma cuestionaba tanto entusiasmo. Por lo visto había escrito un libro sobre la corrupción a lo largo de la historia en el que resaltaba hasta qué punto habían sido corruptos gran cantidad de los grandes hombres que habían configurado el mundo. No le dejaron acabar su exposición y lo que dijo apenas pudo ser oído porque los censores morales no pararon de meter ruido con el desgarro de sus vestiduras. No podían soportar lo que escuchaban y más cuando el intruso insinuó que de tanto reclamar pureza al final el único mérito para acceder a los cargos iba a ser la honestidad. ¡Horror y crujido de dientes! 

Recuerdo con dolor y vergüenza los años juveniles, cuando a falta de todo no paraba de criticar la inmoralidad de los otros. Reconozco que era un consuelo miserable y por eso no me cuesta ahora comprender, e incluso perdonar, a esos tertulianos y políticos de los que hablo. Después, a lo largo de la vida, he tenido mil ocasiones de sacar ventaja de mi posición y no voy a hacer ahora relato de todas las veces que me aproveché. Pero también he estudiado, ¡carajo!, y algo positivo habré aportado al común. Y en eso consisten la mayor parte de las vidas vividas, en tánatos y eros, corrupción y creación. Son pulsiones que se complementan y difícilmente veremos mucho de la una cuando todo falta de la otra. Aunque como en todo en la vida siempre hay excepciones para regocijo de terapeutas. 

Resumiendo, corrupción por corrupción, ¿con cuál se quedarían ustedes? ¿Con la del chorizo competente en su trabajo o con la del incompetente con responsabilidades? Con la del competente y honesto, me dirán. ¡Toma, claro, y quién no! Pero encuéntrame por ahí unos cuantos y luego hablamos.

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