domingo, 19 de marzo de 2017

Tolón, tolón

Cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo, tolón, tolón. Políticos y periodistas y, supongo, sus adlateres, matan muchas estos días preprimaverales que parecen casi veraniegos. El motivo que les pica es la emisión de la santa misa de los católicos por un canal de la televisión pública. Una vez más entramos en el territorio de lo simbólico, es decir, en el que de mi capa hago el sayo que me sale de la punta de ya saben. Aquí no hay matemáticas que valgan y por tanto puedes gastar toda la tinta y saliva del mundo y, al final, estarás exactamente en el punto de partida. Tolón, tolón, cada tonto con su tema.

Vamos a ver, qué coño carajo les puede importar a los unos que se emita si a ellos nadie les obliga a verlo y, por la otra parte, qué otro coño carajo les obstina a los otros a emitirlo si, teniendo como tienen una televisión propia, podrían aumentar su porcentaje de audiencia -lo único que cuenta para ganar pasta-, si conservasen para ellos el monopolio de la emisión de tal evento. En definitiva, estamos en lo de siempre, la utilización de lo simbólico como permanente motivo de querella. Porque es que los simples de entendederas, o sea, casi todos, necesitan para no derrumbarse dar a lo que de por sí es inasible un significado concreto e inamovible. Como se decía cuando lo de Franco: "principios inquebrantables del movimiento". Y nosotros, niños todavía, pero de buena familia, nos partíamos de risa con lo de inquebrantables. Estábamos ya convencidos de la perfecta inutilidad del invento. 

La dichosa pertenencia. Ayer iba por la calle y vi a un padre que jugaba a la pelota y a las pertenencias con sus dos hijos: como al mayor le achacaban ser del Madrid al pequeño le decían que no le quedaba más remedio que ser del Barça. Lo que el padre no quería, quedaba claro, es que sus hijos fuesen desnudos por la vida. Fundamental hacerse un traje tejido de identidades regaladas. Del Barça, de mi pueblo, de mi religión, de mi partido político, de mi lo que sea con tal de que no haya tenido que estudiar para ello. Porque esa es la tragedia, que si te dedicas a estudiar el traje se disuelve y te quedas más solo que Prometeo atado a una roca del Caucaso y esperando a que venga el águila a roerte el hígado. 

En fin, una vez más lo del clásico: "dejadles, respondió a sus insultos, que tengan la razón ya que no pueden tener otra cosa". O bien: "a menudo los sabios se tienen que equivocar para que los necios no revienten". No olviden nunca estas dos máximas porque en ellas está contenida casi toda la filosofía necesaria para no perder la chaveta a causa del cotidiano convivir. 

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