Ayer por la tarde estuve viendo la retransmisión en diferido del concierto de inauguración de la sala Pierre Boulez de Berlín. Convendría que la gente que duda del proyecto europeo viese actos como este para darse cuenta de hasta qué punto están equivocados. Me costará explicar por qué digo esto ya que es una intuición que tuve mientras contemplaba el espectáculo embargado por la emoción estética y, también, por la seducción del genio: Barenboim, la idea, Gehry y Toyota el soporte técnico. Ninguno de los tres, por cierto, nacido en Europa, pero eso es precisamente parte importante de nuestra grandeza, saber atraer la inteligencia mundial con el único señuelo del prestigio. Porque ni Gehry ni Toyota han cobrado un duro por su trabajo, y, como señaló Baremboim, seguramente ha sido por eso que hayan conseguido marcar un hito en su carrera... que tira más el prestigio que soga de marinero.
La sala en cuestión son varios óvalos superpuestos. Como una plaza de toros un poco oblonga y cubierta, para que nos entendamos. Los músicos actúan normalmente en el ruedo, sin barreras ni burladeros, por cierto, pero también pueden hacerlo por cualquiera de los espacios del recinto, porque la idea de Baremboim es que no haya separación entre interpretes y escuchantes. Eliminar, en definitiva, esa distancia reverencial entre unos y otros de las salas clásicas de conciertos. Distancia, por cierto, que no solo es física sino también intelectual. O sea, la diferencia entre una y otra concepción es lo que va entre sentir la música y entenderla. O, en explicación de Cristóbal Haftler, la música que va al corazón y la que va a la cabeza.
En fin, la música una vez más como metáfora del todo. Vimos enfrentarse dos éticas en aquella película de Wajda, el director de Orquesta, con el gran John Gielgud de protagonista. Vimos también Ensayo de Orquesta, de Fellini, desmesurada fábula moral que concluye con un "a pesar de todo la cosa funciona". Y unas cuantas más, sin duda, porque música es armonía de las partes, o sea, la vida misma si no nos queremos matar los unos a los otros.
Resumiendo, una sala para el siglo XXI, en el que se supone que los ciudadanos lo son porque participan y participan porque entienden. Esa es la esencial cuestión: el público que asistía ayer al concierto que se daba en esa sala, en su inmensa mayoría, estoy seguro, sabía lo que escuchaba cuando sonaban los bárbaros sonidos metálicos de la obra de Boulez. No eran escuchantes pasivos. Sabían usar la cabeza. Se notaba. Era puro siglo XXI. En la mismísima cabeza de Europa, que lo es por derecho propio.
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