Hay aspectos de la realidad que ni que fueses Cervantes podrías describir con palabras. El aroma del café, que dijo Witgenstein. Si lo intentases te quedaría un churro cursi como lo que pone en esas etiquetas de los vinos: sabor redondo y afrutado. ¡Tamaña gilipollez! Pero hay otras cuestiones un tanto evanescentes sobre las que sí se pueden decir cosas con cierto sentido pero a condición de que se posea un cierto grado de genio literario. La fisionomía de las personas, por ejemplo, algo tras lo cual siempre se ha intentado ver el alma. Tan así es que hay que remontarse a Heródoto para leer las primeras, que se sepan, incursiones en tan resbaladizo territorio. Después a todo lo largo de la historia de la literatura la fisiognomía ha tenido un papel preponderante. Incluso, a lo que había sido mera descripción de intuiciones, en llegando el siglo XIX se le quiso colocar la patina de lo científico y hubo un tal Lombroso que pretendió dejar niquelada la relación entre los rasgos faciales y los comportamientos facinerosos. De ahí al racismo, ni un paso, que bien lo hemos venido comprobando con lo que se puede considerar la máxima expresión cultural del siglo XX, el cine, sobre todo el de Hollywood. Allí, un cabezón cuadrado con una nariz aplastada no podía ser otra cosa que el guardaespaldas del ganster supremo.
Pues bien, todo este exordio ha venido a cuento de la obsesión que vengo arrastrando desde la primera vez que vi a Putin. No pude evitar, entonces, que me diese mala espina. Y en adelante cada vez peor, y los hechos que me lo confirman. Su mirada huidiza, o mejor torva, su inclinación de cabeza, su forma de andar... un algo, en definitiva, para lo que quisiera poseer dotes literarias para tratar de desentrañarlo y de paso hacer un gran servicio a la humanidad. Porque no soy yo solo el obsesionado, hay cada vez más gente temiéndose que estamos de nuevo ante uno de esos engendros de la historia que parecen enviados por los dioses para que los humanos no nos vayamos sin saldar alguna cuenta pendiente. Como si fuese un hombre del frack o cosa por el estilo.
Todo ello, claro, son impresiones, sí, pero cada vez más basadas en hechos deleznables: perodistas asesinados, opositores envenenados, manifestantes masacrados. Un personaje que cada vez deja menos dudas a cerca de su intrinseca maldad. Y, sin embargo, se diría que tiene un don innato para atraer simpatías e, incluso, promover fanatismos. Parece que se repite una vez más la peor de todas las pesadillas y el mundo se resiste a despertar.
No sé, en fin, porque no quiero ser, ni tampoco dejar de serlo, racista, pero, a la vista de Putin, cada vez estoy más convencido de que hay fisiognomías que avisan de que algo turbio se avecina. Convendría tener expertos en la materia para poder atajar el mal en sus comienzos, porque, luego, fuerzas del abandono va cobrando que, a la larga, hacen imposible el remedio. Lo dijo el clásico.
No hay comentarios:
Publicar un comentario