Volveré a la carga. En términos generales podemos considerar que hay dos tipos de personas, las que asumen su responsabilidad por cómo les va la vida, tanto cuando es para bien como cuando es para mal, y las que sólo se creen responsables de las cosas que les van bien; de las que les van mal son responsables los otros, "ellos" que decía García Calvo, el Gran Melón.
Todo este mal rollo que hay en estos momentos en los países europeos es debido a los que descargan sobre "ellos" la culpa de sus frustraciones. Las élites extractivas, como dicen y, si no, los inmigrantes, por no hablar de los políticos corruptos o la mucho más dolorosa perdida de una pretendida identidad ligada a valores que nunca existieron.
En definitiva poder recitar una amplia panoplia de supuestas injusticias para dar carta de naturaleza a la propia condición de víctima. Si no fuese por "ellos" yo podría tener todo lo que echo en falta y sería feliz. Por eso está más que justificado que les odie y que todo mi ser esté corroído por el rencor.
Porque es que además ese rencor está retroalimentado por la subconsciencia de no haber sido capaz, como fueron otros, de aprovechar mínimamente la ingente cantidad de oportunidades de medrar en lo personal que ofrecen estas sociedades desarrolladas.
Así, en reconocer o no reconocer la propia responsabilidad en lo que eres está todo el meollo de este turbio asunto que nos está poniendo de los nervios. Como, por lo visto, no se puede hablar claro por motivos de compasión, se ha optado porque los sabios se equivoquen para que los necios no revienten. Y de ahí la conjura de los necios en curso. Los animales humanizados, la violencia machista, la desmemorización de la historia, el triunfo de la emoción sobre la gráfica, nadie es más que nadie, etc., bazofia para que los que se sienten mesías engorden el rencor de los fracasados que les siguen.
En fin, así y todo no conviene que los árboles no nos dejen ver el bosque. Detrás del mucho ruido suele haber pocas nueces, aunque no por ello deja de servir para alertar la conciencia de los que hacen en silencio. Los revulsivos son necesarios para no dormirse en los laureles.
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