miércoles, 15 de marzo de 2017

El Rapto


Pasé unas horas en Salamanca. Cuando te apeas del tren, justo en el parque de La Alamedilla, lo primero que ves es el Rapto de Europa. Claro, a Salamanca se va a aprender y para eso lo mejor es empezar por el principio. Saber que nosotros, los europeos, venimos de un dios disfrazado de toro y una princesa fenicia.

Después de una cena charra en El Bardo, paseando por las calles desiertas barridas por el viento helado, vas de shock en shock. Mires para donde mires no ves más que inmensidad. San Esteban, la Catedral, la Compañía, a cual más epoustuflante. Ese poderío estético alrededor del templo del saber. Es fácil entender lo que somos hoy viendo lo que fuimos hace ya cinco siglos. El background, tan decisivo.

Abruma Salamanca. Es la hibris que me decía Santi. Luego los dioses se vengan de los que insisten en permanecer. Con el peor de los castigos. A tu alrededor la edad se congela y tu cada año eres un año más viejo. Y cuesta caer en la cuenta antes de haber hecho un tanto el ridículo.  

Pero sea como sea, siempre se está aprendiendo en Salamanca. A la entrada del Carrefour que hay en la estación han colocado unas argollas y encima un cartelito: ate aquí su perro. Si viesen esto los animalistas, seguro que no les gustaba, me dijo Santi. No entendí. Sí, es que ese cartel deshumaniza a los perros, continuo. Seguí sin entender. Porque le falta la preposición a. Tu puedes decir ate aquí su perro, pero no ate aquí su mujer. Tendrías que decir a su mujer. La preposición a marca la diferencia entre personas y lo demás. Luego los perros para los de Carrefour no son personas, son simples cosas. ¡Qué gran decepción! 

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