viernes, 24 de marzo de 2017

Clivage

Anoche, a falta de mejor entretenimiento, estuve mirando "France 2" en donde entre unos y otros se dedicaban a exprimir a François Fillon, un tipo con pretensiones de llegar a Presidente de Francia. Fillon es en realidad el representante de la derecha, lo cual tampoco es que quiera decir mucho porque si hay algo que está omnipresente en todos los debates que vengo escuchando estos días en las televisiones francesas eso es la cuestión del clivage, es decir, encontrar una fractura en la sociedad de forma que se pueda distinguir entre los de una parte y otra. Porque el clásico clivage entre droite y gauche parece ser que cada vez hay más gente que como que no se lo cree. Así, hay furibundos partidarios de atribuir esa fractura al binomio mundialistas/pueblerinos. En fin, parece más bien una cuestión de sexo de los ángeles mientras los turcos se acercan cada vez más a las puertas de Constantinopla. 

Lo que si me ha parecido comprobar es que cuando el pueblo entra la liza da igual que sea francés, español o mohicano. Entonces, como me gusta decir, solo les queda a los ilustrados el recurso a equivocarse para que los que les interpelan no revienten. El nivel del pueblo es absolutamente lamentable por su desinformación y nulo control de las emociones. Es imposible alejarle dos pasos más allá de lo que le fluye del ombligo. ¿Qué hay de lo mío? Y punto. Y como de lo suyo solo puede haber lo que dan de sí las cuentas, hoy menos que ayer, pero más que mañana, pues ya tenemos las pasiones desatadas: envidia, rencor, odio, etceterá, etceterá.

Así, la que eufemísticamente se llama gente sencilla, nunca puede aprender nada y mejorar un poco su crónica hipotensión espiritual. Por eso pienso que si en vez de al populus hubiesen enfrentado al candidato Fillón a una mesa de ilustrados quizá se hubiese sacado en limpio que el famoso clivage no es cosa de binarismos sino de un intrincado laberinto de intereses tan diversos que solo los iluminados pueden pensar que disponen de la lampara maravillosa que ayuda a desentrañarlo. Y ahí está lo grave de todo este asunto de la famosa democracia, en el empeño de los próceres por explicar a la buena gente con símiles simplistas lo que de por sí es de una complejidad inasible. Y, así,  ya tenemos ahí a las masas rebeladas porque todo les cuadra de una manera que no satisface las pulsiones de su ombligo. 

Dirigía la escena un tal Pujadas que es una especie de perverso polimorfo. Había traído para enfrentar a Fillón, entre otros, a una intelectual entre comillas de furibunda ideología socialista. Era el rencor con patas. Negaba la palabra a quien estaba acusando de los más horribles crímenes contra el pueblo. Y sí, a Fillon por lo visto le va el lujo pero por lo demás es educado y cultivado como el que más, así que se las pusieron como a Fernando VII y en un momento en el que con la esforzada ayuda de Pujadas pudo abrir la boca, dijo, usted, madam, por casualidad duda alguna vez de lo que piensa y dice. No necesitó más para que la corriente de la sala pasase de continua a alterna. Y el rencor utilizó sus patas para salir huyendo. 

Despertase Cartesius y volviera a dormirse al comprobar lo poco que ha calado su Discurso del Método entre sus compatriotas que, por cierto, son el más numeroso colectivo de intelectuales entre comillas, o de izquierdas, que hay en el mundo. Si al menos, digo yo, con su gusto por el binarismo supiesen colocar sus muy definidas querencias y fobias en un plano cartesiano, x/y, a lo mejor se daban cuenta que el resultado no es una recta equidistante, a 45º de ambos ejes, sino una curva sinuosa que precisa del cálculo infintesimal para poder darla algún tipo de significado. En fin, pelillos a la mar.   

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