A esta moda, o despropósito, lo llaman nesting. Ya saben, como el logo de la chocolatera suiza Nestlé, un nidito con sus crias venga a reclamar gusanitos. No sé yo lo que esto va a dar de sí. Ni sé si creerme que "hacer bizcochos o trasplantar macetas le hará más feliz". Aunque, por otra parte, callejeando el otro día pasé por delante de una tienda que al tener la puerta abierta exhalaba un inconfundible aroma que me trajo recuerdos de pasadas épicas. Así es que entré a curiosear y vi que allí, por un módico precio, me podían proporcionar todo el material y métodos necesarios para colocar un par de macetas en el muy soleado mirador del piso al que el próximo viernes si d. q. me voy a trasladar a vivir con la intención de no moverme de él hasta que me lleven a Pan y Guindas que es como aquí le dicen a to pass away... está por ver si seré capaz.
Pues eso, que con un par de macetas, evidentemente, se puede hacer mucho más llevadero lo del nesting de marras. No digo yo para inhalar su producción, que no tiene uno ya los pulmones para muchos trotes, pero sí para una infusión de vez en cuando y un pastelito los días señalados. Para ayudarse a hacer unas risas que tan terapéuticas dicen que son.
No, bueno, ahora en serio, lo que realmente resulta curioso es que a la gente le haya costado tantos sufrimientos darse cuenta de lo coñazo que es agarrar el coche, o el avión, para ir a ver sitios maravillosos. Esas mermeladas de tráfico que se han venido tragando finde tras finde. Con lo indigestas que son. Pues nada, muy sencillo resolverlo, solo hay que volver a lo de los abuelos, pero sin necesidad de misa, directamente al vermut. Luego a comer a casa un arroz con habichuelas que se hace en un santiamén y a sestear con los famosos calcetines puestos. Y aquí me las den todas y a los superferolíticos diez lo que sea que no te puedes perder que les den también.
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