miércoles, 8 de marzo de 2017

Despotismo forever

He descubierto una página que da acceso a mogollón de canales de televisión. Filmon. Está Arte y France 2, pero sobre todo hay ingleses. Yo diría que todos. Así que hasta que me aburra voy a tener entretenimiento por unos días. Porque ver a los ingleses por dentro es como ver teatro de Shakespeare. Siempre se están machacando entre ellos con bellísimas palabras y exquisitos modales. En el fondo todos son hooligans, lo que pasa es que hay una clase social que se gasta un dineral para aprender a disimularlo, pero eso sí, sin que las formas hagan perder un ápice de eficacia. Sin duda son los europeos que mejor entendieron y arroparon el clásico concepto de agonía que, no nos engañemos, es nuclear y también motor de lo que se conoce como cultura occidental. 

Por supuesto que en lo que en apariencia están ahora es con las convulsiones del Brexit. Pero, para mí que nada más lejos. Todo eso va a quedar en agua de borrajas. La cuestión esencial que se está barajando tiene que ver con el menos malo de todos los sistemas conocidos como dijo el cínico Churchil. Porque el sistema de partidos unido a los recientes inventos tecnológicos -redes sociales, big data y demás- han llevado a la democracia a un callejón sin salida. Por definición, ahora, los mentirosos -demagogos les llamaban antes-, lo tienen chupado ganar. Ya se sabe lo poco que a los niños les preocupa la dentadura del mañana. Ellos quieren caramelos. Si se los das, o simplemente se los prometes, te siguen como corderitos. 

Y en esas estamos, que no se encuentra por ningún lado la forma de combatir las mentiras que no sea limitar el eufemismo que se conoce como soberanía popular. A mi modesto juicio nunca existió eso ni va a existir por la simple razón de que sería monstruoso. La humanidad se hubiera extinguido ya en tal caso. Solo hay que recordar los escasos instantes en los que el populus se hizo con el poder real, es decir, las armas: no tardó ni cinco minutos en usarlas contra sí mismo. No por nada sino porque la esencia de la ignorancia es la autodestrucción. 

Pues bien, en la Inglaterra de estos días que corren el poder real ha pasado a manos de jueces y senadores. Los unos por oposición los otros por prestigio. Ninguno por elección popular. Máscaras fuera, queda lo que siempre ha sido porque no puede ser de otra forma: despotismo ilustrado. Ayer entrevistaban a dos políticos oponentes. Uno, probrexit, defendía en su calidad de jurista la no necesidad de la aquiescencia de las cámaras para iniciar la desconexión. La otra, una señora a la que casi no se la oía, le contestó con el simple argumento de que Sir Nosequién, que es infinitamente mejor jurista que usted, ha dicho exactamente lo contrario. Y ahí acabó todo. Porque se puede discutir de todo, pero donde hay un prestigio incontestable hasta los mentirosos se arrugan.  

Así es que se hará el paripé para que los niños puedan seguir chupando caramelos y destrozándose la boca. Nada preocupante. Solo tengo que asomarme a la ventana y veo más de media docena de clínicas dentales. Es el negocio de moda. Al final, los niños, de tanto pasar por el potro de torturas del dentista espabilan. Y dejan de querer caramelos. Hasta la próxima generación. Y así va el mundo, construyendo y deconstruyendo para que las palabras adapten cada vez más su significado a la realidad. Por eso, donde escuchen democracia procuren ir entendiendo despotismo ilustrado que, sin duda, define mejor el sistema político que tenemos entre manos. Pero sobre todo el que vamos a tener. ¡Dios lo quiera!

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