viernes, 10 de marzo de 2017

Colgajos


Anteayer fue el día de la mujer y ayer el de la tortilla. Parece un chiste malo, pero las cosas son como son. Personalmente lo de que la mujer tenga un día me parece una horterada de campeonato, pero a lo de la tortilla me apunto, sobre todo si es deconstruída, es decir, servida en copa.  

Pensaba en estas bobadas ayer mientras me tomaba una copa de verdejo de las de para hombres en la terraza del kan de Dueñas. De vez en cuando, una racha de brisilla aliviaba los estragos de un sol impropio para la época. Eso y, también, que desplegaba las banderas de la entrada del recinto. La de la comunidad autónoma, la de España y un colgajo en el que se adivinaban una o dos estrellas... sin duda los restos de lo que fue la de la Comunidad Europea. ¿Toda una metáfora? Dios no lo quiera. 

El caso es que vengo observando desde que di en obsesionarme con el tema que lo del colgajo está muy difundido por toda la región. No son pocos los ayuntamientos que, ni siquiera colgajo, simplemente prescinden de la bandera europea. Es evidente que para nada la sienten como suya. Lo cual, por otra parte, nada tiene de extraño dada la pedagogía que al respecto hacen nuestras autoridades políticas. Solo suelen echar mano de Europa cuando hay que responsabilizar a alguien de medidas que exigen movilizar las neuronas, o sea, la peor de todas las torturas para la inmensa mayoría. 

Ya digo, estoy un tanto obsesionado con el tema. Quizá porque algo me preocupa lo que a mis hijas pueda suponerles lo del brexit, otra consecuencia de la miseria moral de la clase política, pero no solo, que también del pasotismo o falta de conciencia cívica de las clases ilustradas. Creo que todos los que somos conscientes, o simplemente pensamos, o creemos, que la Comunidad Europea es uno de los mayores logros de la humanidad a todo lo largo de su historia debiéramos militar continuamente y en la medida de nuestras posibilidades para que la idea enraizase entre esas clases populares de cabeza perezosa que siempre están pensando en volverse a su pueblo. 

Así que entre eso y, sobre todo, la cantidad de tiempo de que dispongo, ayer, de vuelta a casa, cogí, agarré y me puse a escribir a todas las instituciones, diputación, partidos políticos, etc, sobre la conveniencia de una política de símbolos más respetuosa y sobre todo inteligente. Porque, les concluí, se empieza por los colgajos y se termina declarando la jota charra patrimonio intangible de la humanidad. Y mientras tanto a Shakespeare, Goethe, Dante, y tal, que les den dos duros. En fin, ya saben a qué me estoy refiriendo. 

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