El verdadero meollo de la cuestión es la delgada linea que separa la locura de la maldad. Y eso por no hablar sobre la posibilidad de la existencia del libre albedrío, algo sobre lo que cada día que pasa se publican nuevos estudios resaltando su carácter de mera ilusión. Es muy complicado todo esto y la larga experiencia de la vida no hace sino echar más leña al fuego: porque ¿qué persona que hayamos conocido, empezando por uno mismo, puestos a analizarla no encontremos en ella todos los ingredientes para una historia de amor y masacre? Nadie se salva de cojear de unos cuantos pies. Y saber reconocerlo, aunque solo sea mínimamente, sienta las bases para la indispensable tolerancia que hace posible la convivencia.
O sea, que conviene acostumbrarse a ver a media mañana a un nini con cresta de mohicano y tatuajes y pierçings de pirata, paseando a su rottweiler sin rabo. Le podrías denunciar por lo del rabo, pero buenas ganas de desnudar a un fracasado escolar para vestir a un meapilas animalista. Mejor cambiarse de acera y a esperar que pase el temporal. Porque es que en la vida, sobre todo si andas un poco falto de harina, es decir, con mohina, no paras de ver comportamientos inadecuados de los unos y los otros que vete tú a saber porque actúan así, aunque puedas suponer que es porque, una de dos, o son unos mierdas o se sienten como tal e intentan aliviarse. Forma parte de la humana naturaleza y no hay más que observarse a uno mismo con cierta frialdad para entenderlo.
Sí, hay en el mundo demasiada gente que al nacer le tiraron a un contenedor de basura y que sea lo que dios quiera. Por lo general rencor. Y luego la sociedad tiene que gestionar eso. Y a veces no hay forma. Por mucho que renueves los contenedores, el rencor de los que se criaron en ellos les lleva a quemarlos una y otra vez. Kale barroca llaman a esa especie de terapia que se adentra en el código penal.
Son muy lamentables todas esas cosas, pero no hay que exagerar. Aunque a veces se van de las manos y al que le toca San Pedro se la bendice, su significación estadística es irrelevante. De hecho, me creo lo que sostiene el sesudo Steven Pinker, es decir, que la humanidad cada vez es menos violenta. O, por así decirlo, que cada vez a menos niños les tiran al contenedor al nacer. Incluso en el País Vasco parece que ya están dejando de lado esa bárbara costumbre.
En fin, cosas de la humana imperfección que nos viene de los rastros de la condición animal. De cuando para sobrevivir y, sobre todo, para reproducirse era necesario violentar todo el entorno. Porque, el paraíso no era otra cosa que eso, violencia para follar. Que lo sepan los nostálgicos.
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