Según cuentan las crónicas, Luis XIV de Francia era tan hortera que no veía límite a sus ansias de épater le bourgeois y a todo lo que se moviese. Así fue que mandó construir Versalles, lo cual, claro, que como que todavía no lo hemos acabado de pagar. De entrada puso a Francia en la bancarrota. Fue entonces cuando le pidió a su ministro de finanzas, un tal Colbert, que le buscase una solución para poder seguir siendo hortera que era lo único que en realidad le molaba. Entonces, Colbert, después de mucho devanarse los sesos encontró una solución: volverse al pueblo. Es decir, poner barreras arancelarias a todos los productos de allende las fronteras para así obligar a los franceses a consumir lo producido en casa. Como el invento funcionó de entrada, todos los países europeos menos dos se apresuraron a ponerlo en práctica: cada cual a consumir de lo suyo y si querían de lo de afuera a pagar por partida doble. O triple. A esta doctrina se le llamó mercantilismo. Pero ya digo, dos países se resistieron, Inglaterra y las Provincias Unidas, con los resultados de todos conocidos: a la vuelta de un siglo, la una dominaba el mundo y las otras, por el crack de los tulipanes que si no... pero ahí están hoy día que pocos lugares se le pueden comparar en prosperidades de todo tipo.
Cerrar las fronteras como preconiza tanto imbécil hoy día es un disparate del calibre 183. Recuerdo cuando en los años setenta se empezó a extender por toda España la asistencia sanitaria de calidad. Por cierto que todavía mandaba Franco. Pues bien, para ello hubo que importar absolutamente todo el aparataje necesario para tal empeño. Los técnicos alemanes venían cada sí y cada no a resolver dudas y reparar averías. Aquí, de ingeniería médica, ni palabra. Pero échanos de comer aparte hoy día. Ahora fabricamos todo tipo de gadgets y los exportamos a mansalva. Son las consecuencias directas de haber tenido las fronteras abiertas. No hay dinero mejor invertido que el dedicado a importar productos mejores que los que tu sabes hacer. Disfrutas con ellos y, sobre todo, si no eres bobo, aprendes. En fin, verdades de Perogrullo que los mercantilistas, de vuelta hoy día, no quieren ver.
Leía ayer las crónicas a propósito de los recientes comicios habidos en las Provincias Unidas. Ha sido un gran alivio para todos que los vientos mercantilistas que parecían arreciar se hayan quedado en nada. Es lógico, a esa gente le viene la cordura de lejos. Están hechos para el comercio que es como decir para la apertura de mente. Como van a querer encerrarse en sí mismos si conocen el mundo como la palma de su mano. ¿Saben ustedes de algún holandés que no hable cuatro o cinco idiomas? Si hasta Payohumberto es holandés.
Pero no se crean que el rechazo ha sido sólo a los mercantilistas de manual tipo Trump. También a los camuflados tras esa milonga maligna que llaman socialdemocracia. Para que se hagan una idea, el despechado líder de esa ideología ha dicho tras la derrota que va a seguir luchando para "una economía más justa y una sociedad más decente". Así, tal como suena, y él que tiene la fórmula mágica. Sólo le ha faltado babear. ¿Pero cómo puede ser que una persona con derecho a altavoz público se pueda arrogar el monopolio de la decencia? Por no hablar de la justicia. Ya digo, de cotolengo, con perdón.
En fin, el mundo da muchas vueltas y unas veces son unos y otras veces otros los que tiran hacia delante o hacia atrás, pero la tendencia general a lo largo de los siglos está clara: cada vez menos barreras entre las personas. El liberalismo nunca cesa de comerle terreno al mercantilismo. Está en la naturaleza de las cosas.
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