lunes, 31 de octubre de 2016

Espirlocherías


Vuelvo al tema que me fascina y con el que tanto disfruto dando la lata. Y es que leo por ahí un titular que remacha una vez más lo que todos sabemos pero preferimos hacer como que ignoramos para no tener que reconocer lo morrocotudo de nuestro fracaso vital. Lo dice un filósofo de esos que andan en el candelabro: lo que diferencia a los humanos de las demás especies animales es el sentido de trascendencia. Es decir, el innato deseo de extender el área de influencia. Tener una cierta fama. Que la mayor cantidad posible de gente sepa que existes. Que te vean entrar por la puerta e inmediatamente te reconozcan y vengan a saludarte con una amplia sonrisa. Ser alguien que cuenta en el mundo de los vivos. Una aspiración, en definitiva, que las famosas filosofías de tipo oriental tienden a considerar una soberbia espirlochería. 

Sin embargo, espirlochería por espirlochería, la más soberbia de todas en mi opinión es creer que muerto el perro se acabó la rabia. O que como las uvas están verdes, aunque no lo estén, paso de ellas. No, a mí lo de los orientales sólo me convence cuando hacen de su mucha necesidad virtud, que eso siempre es inteligente, pero por mucho que relativices el ser, lo que a la postre no es sino uno de los signos de la madurez, lo de querer pasar por el mundo como una sombra no me parece creíble por puras cuestiones biológicas. El ser humano, como todos los protagonistas, y  sobre todo las, por supuesto, de los videoclips de los 40 Principales, siempre está tentando al mundo con el "mira qué cosa tan bonita tengo aquí abajo". Y no por nada, sino porque esa es la forma primigenia de trascenderse que tiene el animal que llevamos dentro. 

El animal que no cesa por más que lo de abajo se marchite. Y es que las piezas de recambio que tiene son casi infinitas, sobre todo desde que se inventó lo del consumo de masas. Con cuatro perras y un poco de imaginación te lo puedes montar de forma que el respetable acabe hablando de ti, e incluso conseguir unos cuantos apareamientos de prestigio. Pero, ¡ay, hijo!, el problema lo tienes cuando con ese bagaje tan aparente vas y llamas a las puertas del castillo de la trascendencia. 

Esas puertas que son de bronce y pesan cada una lo que ni las espaldas de Atlas soportarían. Así que no te empeñes en empujarlas porque si no las abre el cancerbero que las guarda no hay nada que hacer. Cancerbero que, por cierto, es el más insobornable de todos los que se conocen. Supongo que ya habrán adivinado de quién se trata. Por si no, se lo digo: el mérito. 

El mérito de una sola ojeada te toma la medida y entonces te deja o no te deja pasar. Y de nada sirve que le supliques y le muestres tus sofisticadas florituras. Se necesita algo de más sustancia. Algo resistente a la corrosión de los siglos. Algo, acaso, que de puro sigilosa y tediosa que ha sido su construcción pasó desapercibido al mundo hasta que estuvo culminado. 

En fin, qué difícil lo de trascenderse, que es subir la autoestima, que es lo que se necesita para no ir por el mundo en plan vengativo, es decir, dejando cagaditas por todas las partes a ver si alguien las pisa, resbala y se parte la crisma y, entonces, me puedo descojonar del mundo y todas sus jodidas trascendencias.  

sábado, 29 de octubre de 2016

Desidia


Apenas hace una semana que estoy en la costa y ya acuso fatiga de materiales. Sin duda es debido en la mayor medida a la humedad del ambiente que es más que notable, pero también a los excesos dionisiacos para los que, todo parece indicar, no estoy suficientemente entrenado… y, la verdad, espero no estarlo nunca para bien de la república de mi casa.

Porque es que esa es la cuestión que me planteo, si realmente el entrenamiento dionisiaco no destruye todas las alarmas que tiene el alma para protegerse de la destrucción de la independencia de criterio. Esa destrucción que la buena gente que baila en el monte llama tolerancia. Pues no, perdónenme, yo quiero seguir siendo hasta que los dioses me lleven un jodido viejo cascarrabias que tiene su particular visión de la jugada que, por supuesto, no tiene porqué ser la acertada, pero que, si la he de modificar, no va a ser por la sola razón de adaptarla a la de la mayoría por aquello de socializar, como dicen los imbéciles, mejor. Me importa una mierda, sí, lo de socializar que, por otra parte debe querer decir aborregarse o algo así. Yo a lo que aspiro es a relacionarme con individualidades lo mejor constituidas posible. Gente, en definitiva, que indaga infatigablemente en los entresijos de su conciencia por tal de tener eso, lo que les decía, criterio propio.

Por lo demás, lo tengo fácil. Sólo tengo que tomar el tren y subir a la apolínea meseta. Allí, en la soledad de los páramos, tendré la impagable oportunidad de poder meditar a mis anchas sobre la considerable balumba de agradables recuerdos acumulados durante estos días de desidia a la orilla del mar. Así que, de mañana no pasa. Por el bien de mi república.

El tiempo que pasa


Junto a la mecedora en la que paso largas horas cuando estoy en la casa de la costa tengo una banqueta de culo de enea sobre la que no me ha quedado más remedio que poner un par de revistas por tal de que me sirva para arrastrar el ratón. El caso es que una de ellas es un The Economist que creo recordar me trajo Maria de uno de sus turisteos por esos mundos de Dios. Pues bien, ayer estaba aburrido, o ansioso, ya saben, ese estado del ánimo bueno para nada de sustancia, y, sin saber cómo ni por qué, de pronto me vi con la revista en las manos y en actitud de escrutar su contenido. Que si los reyes magos, que si los chinos aman el cerdo, que si Tony Blair está muy solo y, de pronto, voy y caigo sobre “The decline of golf”. Carajo, me dije, esto no me lo puedo perder, porque es que, además, antes de ayer, en una tertulia de mediodía en la terraza del Frisia, se estuvieron comentando las supuestas virtudes del invento. Por lo que se contaba, un porcentaje más que significativo de los antiguos colegas ya jubilados han hecho de esa actividad su matatiempo predilecto y, por supuesto, están tan satisfechos con ello que redondean su bienestar espiritual con insistencias proselitistas en su ámbito de influencias. Para ellos, parece ser, el mundo sería la repanocha si todos los de su entorno afectivo se sumasen a la afición. Nada en definitiva que no sea la inseguridad del converso tratando de apuntalar su convicción. El mundo es ansí, que lo vamos a hacer.

Total, que me puse a leer el artículo y al final extraje unas cuantas conclusiones de Perogrullo. La primera, que todo lo que sube baja por mucho que una duración prolongada lleve a sospechar que podemos estar ante una excepción a la regla. En los EEUU son bastantes más los greens que cierran que los que abren y los porcentajes de nuevos afiliados no cesan de caer, siendo escandalosa la caída en el trecho de la mediana edad, cuando la afianzación en la clase media que hasta hace bien poco se coronaba con la inscripción en un club de golf. De los jóvenes, como de las mujeres en el tango, mejor no hablar. Así que al final ya va quedando en cosa de viejos que cada vez lo son más.

La segunda perogrullada fue que no hay nada, pero absolutamente nada que con una adecuada campaña publicitaria no se pueda poner en marcha. Incluso la a todas luces chorrada de meter una bolita en un hoyo se puede convertir en un arte e incluso una filosofía de vida si su promoción se pone en manos de unos cuantos “chicos interesantes” al estilo del que le vendía muebles a Teresa en la novela “Auto de Fe” de Canetti. ¡Dios mío, lo que no pueda vender un chico interesante! Sólo hay que poner a la realeza o los banqueros de cebo y ya tienes a medio mundo esquiando, jugando al gol, paseando el perro o metiéndose un palo por el culo si es que hubiese sido eso lo que se proponían.

Lo tercero es lo fácil que resulta convencer a las masas incultas de lo fácil que es alcanzar el prestigio de la sofisticación por medio del consumo. Cuando más caro es el equipo con el que practicas lo que sea, o las cuotas del club en el que te dejas ver, más te distancias de la chusma, ergo, la autoestima crece. Es esta una ley tan infalible como la de la palanca u la atracción de los cuerpos en el espacio.

En fin, no se crean que vengo yo aquí con la intención de cargarme lo que sea para que mis hijas después puedan decir con orgullo que su padre es un negativo. No, nada de eso, sólo pretendo dejar constancia de una realidad que se está produciendo y sin embargo no se habla de ella por la cosa del apego a la costumbre, o sea, el sustento de los muertos vivientes en opinión de Gracián que no era precisamente un matao. 

Ya digo, en fin.

jueves, 27 de octubre de 2016

¡Santo Cielo!


El ánimo es el combustible del ánima. O del alma. El alma, o el espíritu, o lo que sea con lo que no paramos ni un instante de pensar, aunque sea en sueños. Es como el sistema operativo del móvil que aunque lo tengamos apagado él está actualizándose y buscando coberturas, operaciones que a la postre se saldan con una bajada del nivel de carga de la batería. Es algo bastante incontrolable porque no es fácil relacionar el nivel de actividad con el de desgaste. Hay días que parece que se ha llevado la electricidad el demonio. Tan caprichoso es. Y en vez de una hay que poner a recargar dos veces.

Con el ánima pasa lo mismo, que por lo general nos resulta difícil, por no decir imposible, identificar las causas de esas bajadas súbitas de ánimo que nos dejan por los suelos. Porque con las oscilaciones más o menos llevaderas ya contamos y sabemos cómo sobrellevarlo sin que se nos note demasiado. Un par de contratiempos, un exceso de actividad, una contingente carencia de afectos, mil pejigueras en fin, ya sabemos que serán dos o tres días de muermo que en el fondo no son otra cosa que ahorro de energía y recarga de acumuladores. Y vuelta a la normalidad, cuando no a la euforia. Pero esas bajadas inesperadas y brutales…

Ante tales situaciones sólo se me ocurren dos etiologías: una que el sistema viene defectuoso de fábrica; otra, que le hemos averiado por maltrato. En cualquier de los dos casos el remedio es muy problemático y la única opción viable es acostumbrarse a convivir con el bajo rendimiento. Un cerebro al que se le acaba el fuelle al primer esfuerzo de comprensión y, entonces, como primer síntoma, deja de reflejarse en los espejos; como segundo le crecen los colmillos a nada que cree percibir una yugular en lontananza. Es el destrozo total, no poder darse cuenta de que con ese aspecto repulsivo no tiene sentido pretender seducir. 

Comentaba estos días con los colegas sobre el futuro de la profesión. Se palpa ya en el ambiente que las nuevas tecnologías se van a comer la mayoría de las tareas asistenciales. Sin embargo hay una sección de patologías que parece estar a salvo de toda veleidad, la que tiene que ver con el defectuoso funcionamiento de las estructuras del pensar, fuente de sufrimientos, por cierto, donde las haya. La psiquiatría, qué duda cabe, tiene presente, pero apuesto que mucho más futuro, porque el mal uso del ingente ocio está generando verdaderas oleadas de muertos vivientes. Vampiros. Pobres desgraciados que se te ponen al lado y tratan de seducirte hablando de la corrupción de los políticos y de lo mal que está todo. Un verdadero despropósito del que tienes que huir so pena de verte contaminado. ¡Santo Cielo!, que diría el capitán Hasting, ¡qué plaga de policía moral! Esto es tajo para psiquiatras.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Common sense


No sé quién habrá sido el que inventó ese galimatías que afirma que el sentido común es el menos común de los sentidos. Va de soi que si es poco común no puede ser común sino, en el mejor de los casos, elitista y, en el peor, asesino. Sin embargo, poco o muy común, todos sabemos a qué estamos apelando cuando nos referimos a él. A la experiencia en concreto que es la única guía posible cuando hay que decidir sobre asuntos sujetos a multitud de variables difícilmente cuantificables. 

Bien es verdad que, precisamente por ser el común el menos común de los sentidos, se presta a ser interpretado de muy diversas maneras. Siempre recordaré como en los albores mi desarrollo profesional tuve que confrontarme en no pocas ocasiones con las barbaridades que llevaban a cabo los practicones, unos tipos que todo lo fiaban a lo que ellos llamaban “en mi experiencia”. Para ellos su experiencia era una intuición basada en un caso práctico en el que había sonado la flauta acaso por casualidad. De ninguna manera necesitaban la confirmación por medio del método científico que, por otra parte no tenían ni zorra idea de lo que era eso. Todo lo cual no empecía para que gracias a su labia y sus trajes bien cortados atrajesen a una numerosa clientela con la que se forraban. 

Así, los que ya veníamos con los deberes hechos nos tirábamos de los pelos porque sabíamos que la experiencia, y por tanto el sentido común, no era otra cosa que el triunfo de la ciencia estadística. Es decir la única lógica posible a la hora de decidir sobre lo que por su propia naturaleza es escurridizo. 

Pues bien, en este aparente guirigay de la política oficial actual parece que se está llevando el gato al agua un profesional al que nunca le escuché apelar a otra ideología que a la del sentido común. Los problemas, en un momento dado, sólo tienen una solución que es la dictada por el sentido común. O el sentido de la experiencia contrastada por la ciencia estadística. Todo lo demás son esa mandanga que antes decían en “mi experiencia” y hoy le llaman ideología. Engañabobos, en definitiva. 

No puede haber ya, a estas alturas de la fiesta, con un treinta por ciento de población pasada por las universidades, otra ideología triunfante que la del cálculo matemático. La primera derivada para máximos y mínimos y la segunda para los puntos de inflexión. Sentido común en estado puro. Es decir, sentido elitista cada vez más generalizado. Y por eso todo pita como pita.

martes, 25 de octubre de 2016

Montañas nevadas


Queden por todo lo que dure la eternidad, un largo pero incierto lapso de tiempo, Critilo y Andrenio felizmente instalados en los racionalistas habitáculos de la isla de la fama y siga yo, mientras me sean concedidas facultades para ello, su ejemplo de peregrinaje en pos de una mejor comprensión de uno mismo y del mundo que nos rodea. Porque esa es la madre de todos los corderos, que no hay tarea más fatigosa, pero a la vez más rentable que la tozuda indagación de los entresijos de la condición humana utilizando para ello la única herramienta fiable que no es otra que el sincero, y acaso doloroso, desmenuzamiento de nuestras propias pulsiones. 

El mal en el mundo, esa constatación diaria que nos empece la vida, nunca será comprensible, pero sobre todo soportable, hasta que nos desgarremos por dentro para sacar a la luz esa parte de nosotros mismos con la que contribuimos al cómputo general. Ese no salir bien parados que nos espanta. No ser mejor que nadie en nada hasta que no das con el portillo del caer en la cuenta y saltas por él, y vuelta a empezar porque los subterfugios de la conciencia para encapsular las purulencias son casi infinitos.

El mal en el mundo, estoy cada vez más convencido a medida que avanza mi peregrinaje, no es otro que nuestro propio mal pensar. Pensamos fatal. Estamos limitadísimos de origen en esa fundamental función fisiológica. Empleando un lenguaje metafórico se diría que nuestro cerebro es incapaz de controlar la digestión de los alimentos que recibe y, por tal es que, cuando no está estreñido está diarreico y siempre reteniendo o evacuando necedad. 

Así es que ahí tenemos una tarea que nunca se agota: la de tratar de mejorar nuestras capacidades digestivas cerebrales. Que no otra cosa hacemos cuando nos armamos de valor e iniciamos el ascenso de una muy empinada dificultad. Sufres, sudas, resuellas y, al final, cuando coronas, te sientes casi feliz y propenso a la propia sobrestimación: es humano, pero una vez más tramposo; el adelanto real que la dura empresa te reportó apenas es medible de puro insignificante. Tienes que empezar otra, y luego otra, y otra más, y así ir avanzando a golpe de insignificancias. De tal modo, es posible que al aproximarse al final de la jornada la mejora sea palpable. Es decir, que has logrado ya esa cierta serenidad del que ha conseguido recomponer, siquiera en una pequeña parte, las innumerables piezas del puzzle que es este tinglado en el vivimos suspendidos.


Y ahora... pues otra montaña. A ver, qué remedio, si parar es morir.


Bel parlar


Apenas les queda a Critilo y Andrenio quince páginas de vida. Quince de ochocientas doce que les va a durar. Por eso ya andan decrépitos y rondando la casa de la Muerte. Como era de esperar, Andrenio, el que más la desaprovechó tirando siempre por el lado más facil, es el que lleva en la ocasión, como se suele decir, el culo prieto. Y más prieto que se le pone cuando sucede lo que sigue:

“…, cuando ceñó la Muerte a una Decrepitud y la dixo:

-Llégate ahí y emprende de buen ánimo, que yo acometo cara a cara a los viejos, si a traición a los jóvenes, y acaba ya con esos dos passageros de la vida y su peregrinación tan prolija, que tienen ya enfadado y cansado a todo el mundo. Vinieron a Roma en busca de la Felicidad y habrán encontrado la Desdicha.”

-Aquí perecemos sin remedio-, iba a decir Andrenio, pero helósele la voz en la garganta y aún las lágrimas en los párpados, asiéndose fuertemente de su conducidor peregrino.

-¡Buen ánimo!-, le dixo éste-, y mayor en el más apretado trance, que no faltará remedio.

 -¿De qué suerte –replicó-, si dicen que para todo le hay sino para la muerte?

-Engañóse quien tal dixo, que también le hay, yo lo sé y nos ha de valer agora.

-¿Cuál será ésse? –instó Critilo… “
  

El artificio de la inmortalidad. Todo el mundo le busca a su manera. Siempre que algún grupo de turistas me pide que por favor les haga una foto, después de hecha con toda la amabilidad de que soy capaz, al devolverles la cámara les digo cual si fuera Jesucristo: id tranquilos que ya estáis inmortalizados. Algunos se ríen, pero por lo general ponen cara de no entender lo que he dicho, y es que el vulgo suele ser muy corto. Y claro, no es el momento de explicarles lo que he querido decirles, así que les dejo continuar disfrutando la contemplación del monumento a la castañera sito en la Calle Mayor, o cualquiera que sea el motivo de su admiración. Por todo lo cual prefiero dejar que sea el conducidor de Andrenio el quejica y Critilo el sagaz el que se explaye con el asunto:

“No pudo contener ésta su desazón allí en sus interioridades, a lo sagaz y prudente, sino que la manifestó luego a lo vulgar y llegó a dar quexas al Hacedor supremo. Oyóle las mal fundadas razones de su descontento, escuchóle la prolixa ponderación de su sentimiento, y respondióle: <<¿Y quién te ha dicho a ti que no te he concedido yo mucha más larga vida que al cuervo y que al roble y que a la palma? ¡Eh, acaba ya de reconocer tu dicha y estimar tus ventajas! Advierte que está en tu mano el vivir eternamente. Procura tu ser famoso obrando hazañosamente, trabaja por ser insigne, en las armas, en las letras, en el gobierno; y lo que es sobre todo, sé eminente en la virtud, sé heroico y serás eterno, vive a la fama y serás inmortal. No hagas caso, no, de esa material vida en la que los brutos te exceden; estima, sí, la de la honra y la de la fama. Y entiende esta verdad, que los insignes hombres nunca mueren.>>

Y así fue que el conducidor les invitó a subir en una chalupa hecha de cedro incorruptible y taraceada con ingeniosas inscripciones para surcar aquel extraño mar que llevaba a la isla de la inmortalidad. 

“…Iban perdiendo tierra y ganando estrellas, y todas favorables, con viento en popa, por irse reforzando siempre más y más los soplos del aplauso. Y para que fuese el viaje de todas maneras gustoso, iba entreteniéndoles el inmortal con su sazonada erudición: que no hay rato hoy más entretenido ni más aprovechado que el de un bel parlar entre tres o cuatro. Recréase el oído con la suave música, los ojos con las cosas hermosas, el gusto en un convite, pero el entendimiento, con la erudita y discreta conversación entre tres o cuatro amigos entendidos, y no más, porque en pasando de ahí, es bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber, vida de la amistad, y empleo mayor del hombre.”

En resumidas cuentas, que ayer, en vez de chalupa, tomé el regional exprés hacia mi particular ínsula de inmortalidad para darme unos cuantos banquetes del entendimiento, desahogos del corazón, etc, etc., empleos mayores del hombre. A chupar vida que le dicen, como cualquier vampiro que ya quedó exhausto de ella de tanto deambular por las sombrías salas del castillo interior. ¿Dónde habré puesto el móvil?

 

lunes, 24 de octubre de 2016

¡Mu malos!

Hay cosas que uno no consigue entender porque, quizá, no pone el interés necesario para ello. Y es que es penoso interesarse por las cosas efímeras que se agitan sin cesar en un recinto cerrado para acabar dando siempre en el orden establecido. Y cómo pudiera ser de otra manera si en el subconsciente de la mayoría subyace la certeza de que de no ser así de inmediato volvería Paco con la rebaja. Que a nadie le quepa la menor duda. 

Dios mío, la brasa que nos vienen dando de un tiempo a esta parte los del partido socialista obrero español y olé. Que si la ejecutiva, el comité entre comités, la federal, los regionales... uff, lo que necesita reunirse esta chusma para concluir lo que ya todos sabíamos desde el comienzo, que no les queda otra que pasar por el aro so pena de acabar en la cárcel. Porque siguiendo la lógica de los más descerebrados de entre ellos, que, por lógica también, se habían hecho con el poder del partido que representa al sector menos dotado de la sociedad, digo, qué salida es la que proponían, acaso la de volver al 34 del siglo pasado, es decir, repartir fusiles entre los botelloneros. Un despropósito todo que ni siquiera ha servido para entretener a la gente y sí hastiarla hasta la saciedad. 

¡Mu malos! ¡Mu malos! ¡Mu malos! Los señoritos fascistas del PP, por supuesto. Ese ha sido to lagumento que he escuchado esgrimir a los descerebrados para justificar su contumaz bloqueo. A semejante disparate es a donde indefectibemente llevan las democracias cuando a sus dirigentes no se les exige un determinado curriculum.  Pegar sellos en una agrupación local del partido, tardar diez años en hacer derecho, matricularse en un facultad y no pasar de primero, no pueden ser en ningún caso salvoconductos para el medre. Por muy majo que se sea y muy bien que se repitan los slogans. Los cuadros de los partidos debieran acreditar por medio de sus estudios el conocimiento de lo que es un sistema complejo. Porque de lo contrario, puestos a simplificar, siempre gana por la mano el que la tiene armada. Paco con la rebaja, para que nos entendamos. 

En fin, ya digo, la agitación parecer haber dado ya en el orden establecido y, Sal Khan mediante, es de esperar que los episodios turbulentos cada vez sean más llevaderos. 

domingo, 23 de octubre de 2016

El cálculo




No me extraña nada que Bob Dylan, un tipo listo sin duda, no quiera saber nada de lo del Nobel. Porque, al margen de lo paradójico que pueda resultar que se lo hayan querido dar, lo que no es discutible es que esos y otros premios son una suerte de certificados de defunción por anticipado de la persona premiada. Es decir, un a modo de reconocimiento de que ya no se espera nada de ella en adelante que no sea dejarse ver por las pistas del circo mediático como si fuese un mono que sabe dar volteretas. La verdad es que veo al pobre Vargas Llosa en esas portadas y se me parte el corazón. ¡Por Dios bendito, qué decadencia! Qué necesidad tendría. 

Sin embargo, hay otro tipo de reconocimientos que son certificados de vida al margen de la edad del reconocido. Y el ejemplo más paradigmático, si me lo permiten, son las entrevistas que hace en Bloomberg Charlie Rose. Si a ti te llaman para ser entrevistado allí puedes estar seguro de que es porque el mundo tiene constancia de que tienes algo que decir que merece la pena que sea escuchado. Y si no te llaman, pues no pasa nada, pero que sepas que hay un sitio donde se pueden escuchar cosas que dan una idea bastante real del mundo en el que vivimos. Ya puede ser Kenneth Branagh desmenuzando a Macbeth o Salman Khan recomponiendo el puzzle educativo. 

Es exactamente eso, el mundo de los vivos. La Khan Academy. Sesenta millones de alumnos diarios para cuarenta profesores. Y se lo digo por la propia experiencia, nunca estuve en sitio donde aprendiese más. Porque allí hay una máxima que nunca se traiciona: no se permiten grietas en el edificio del conocimiento. Si aparece alguna en un piso se para la construcción hasta que quede perfectamente resuelto el problema. Paso a paso, esos sesenta millones avanzan por el camino adecuado hacia el sueño de Khan: invertir la pirámide social. Por fin, después de tanto sueño truncado, hemos dado con el revolucionario total, tecnología mediante, bien es cierto. Es la visión certera. Si en vez de un uno por ciento de la población es un veinte o un treinta los que dominan el cálculo podemos estar seguros sin miedo a equivocarnos de que se acabaron los pastoreos de todo tipo. Los corderos habrán devenido personas y las motos averiadas costará mucho más venderlas... lo que será, en definitiva, la prueba del nueve de que los tiempos han cambiado, pero de verdad y no a lo progre.   

sábado, 22 de octubre de 2016

Lance de encrucucijada


Aprovechando que el Pisuerga, recién engrosado por el Carrión, pasa por Dueñas, no me quise perder el echarle una ojeada desde el puente. Acababa de comer en el restaurante que hay junto a las naves de Agropal, justo donde empieza la carretera que lleva al Cerrato y tenía curiosidad por explorar aquel entorno con tanto trajín de camiones de gran tonelaje. Así que tiré carretera adelante y al kilómetro o así me encontré con un puente curioso. Con unas barandillas onduladas de cemento y unas columnas decorativas en sus extremos. Supongo que el arquitecto que le diseñó quiso hacer algún tipo de homenaje al viejo puente colgante que hubo allí mismo cuando el Pisuerga cruzaba el valle dividido en dos ramales. O algo así, que la historia es larga y para el caso lo que cuenta es lo que hay hoy día. 




La vista desde el puente, como les muestro, es bastante epoustuflante. El otoño sin duda contribuye a que así sea. En cualquier caso no pasé adelante porque el tráfico de camiones era un tostón -me quedé sin saber a donde iban-. Di la vuelta en busca de una adecuación en la que poder sacudirme la modorra por medio de una ligera cabezada. No la encontré hasta el Soto Albúrez, un lugar del Canal con sus exclusas rectangulares y con salto de agua suficiente para alimentar un generador. 

Anyway, de lo que quería hablar hoy es de los lances de encrucijada que, como bien sabrán los que han leído El Quijote, nada tienen que ver con los lances de ínsula. Porque ese es el asunto, la fascinación que algunos sentimos por las encrucijadas, esos lugares a salvo de contingencias y donde la vida confluye desde los cuatro puntos cardinales. En la antigüedad, por el lado de oriente, les llamaban kanes y, para saber todo lo que hay que saber del tema, básteles el viaje de Chateaubrian a Tierra Santa, donde va saltando de kan en kan y tiro porque me toca. Pero es que en occidente los pueden ver de continuo en los grabados ingleses, por no hablar de la descripción de ellos, casas de postas que se decía, que se hace en The Pickwick Papers, y perdonen mi asquerosa erudición. 

Kan, casas de postas, ventas, las de El Quijote otra vez, en todos ellos es donde pasan las cosas que merecen ser contadas. Así, el restaurante de marras que les decía tiene todos les allures de un gran kan o venta de El Quijote. En menos de cuatro pasos a la redonda tiene la estación de ferrocarril, una salida de la autopista de Castilla, la carretera de enlace con el Cerraro, el río Pisuerga, el Canal de Castilla, las enormes naves de Agropal y, por terminar para no cansarles, el enorme botijo que decora la entrada a Dueñas. Porque, por si no lo saben, les diré que a los naturales de Dueñas les llaman los botijeros y, desde luego, méritos hicieron para ello ya que fue a botijazos como desalojaron a un rey moro que se había hecho fuerte en una fortaleza que había en el cerro a espaldas de la villa. Por lo que se puede ver hoy día, querían aquel cerro para poner sus bodegas. 

 Así, con tanta confluencia, no es de extrañar que el kan sea un hervidero. Y más teniendo en cuenta que en un lateral de la gran sala hay una enorme barbacoa que lo mantiene no sólo caldeado sino convenientemente perfumado. Entra y sale gente sin cesar y lo que más maravilla es que todos parecen ser conocidos ya que no cesan las chanzas a modo de saludo. Y las carnes y verduras a la brasa vuelan a los platos y de los platos a los buches como si no hubiese fondo. Toda la actividad de la región parece tener allí su repostadero. Los de oficio mecánico y también de patronazgo. Y el posadero se encarga de hacer un discreto triage ya que no es lo mismo el menú del día de los unos que a la carta de los otros. Lo que va de la taberna al comedor con empaque. Aunque a decir verdad, en ninguno de los dos ambientes faltan las espadas a lo Cid con sus escudos y todo. 

El caso es que uno come allí como un príncipe por cuatro perras sin dejar ni un momento de estar entretenido por la viveza del ambiente. Y cosa curiosa, por no decir curiosísima, y que bien pudiera ser tema de tesis doctoral: rara es la mesa donde los comensales beben vino. Y no creo que sea porque se hayan vuelto musulmanes ni, ni siquiera, porque muchos sean conductores, no, más bien creo que es a causa de una nueva moral respecto al trabajo de tipo opusiana que acabó por bajar de los palacios a las cabañas. Se ve que la gente no quiere perder el tino por miedo a perder con ello todo lo demás. Pero, en fin, son conjeturas mías y vaya usted a saber.

Total, que uno sale de allí más contento que unas pascuas y con la panglosiana sensación de estar viviendo en el mejor de los mundos posibles. Un mundo de encrucijadas a las que ya es difícil diferenciar de las ínsulas, amigo Sancho.    

viernes, 21 de octubre de 2016

Escuelas





El tiempo que pasa es quizá el único filtro del que nos podemos fiar para detectar las obras humanas que realmente merecieron la pena. Así es que si retrocedemos en la historia podremos comprobar que hoy nadie se acuerda ya de muchos de los escritores que fueron los más relevantes de su época. Sin ir más lejos, Ortega, en sus Meditaciones del Quijote, vaticina un futuro muy corto a toda esa novela del XIX que se dedica a desmenuzar tanto la vida de las personas que no es de extrañar que, al final, acabemos pensando de ellas como el escritor mejicano Julio Torri: «En principio nunca leo novelas. Son un género literario que por sus inacabables descripciones de cosas sin importancia trata de producir la compleja impresión de la realidad exterior, fin que realizamos plenamente con sólo apartar los ojos del libro.»

Bueno, iré al grano. Lo que les quería decir es que si pasean por lo que algunos llaman, no sé por qué, la España profunda, verán que en el pueblecito más remoto hay un edificio, de la primera mitad del siglo pasado siempre, perfectamente conservado. Son las antiguas escuelas que sin apenas retoques se han convertido en lugar de reunión de la ciudadanía. Centro social que le dicen para dar gusto a los socialistas, supongo. Pues bien, convendría preguntarse por qué se conservan esos edificios y por qué suelen tener tanto éxito como lugar de reunión. Podría ser, incluso, materia de una tesis doctoral sobre el racionalismo y su triunfo final sobre las diversas formas de la imaginería popular. Es un decir. 

Les contaba esto porque uno de entre mis locus amenus preferidos está en el bar, centro social por excelencia, que hay instalado en las antiguas escuelas de Husillos. Es un lugar realmente privilegiado, a la orilla del río Carrión, junto a un puente de piedra del siglo XVI que es una de aquellas maravillas de la antigua cantería cántabra. Si a eso le añaden las choperas ya otoñales y el entre sol y sombra bajo los plátanos, para qué quieren más. 

Pues sí, hay más, la amabilidad de la mesonera, la calidad de la tortilla de patatas que hace y, last but not least, la perfección estética de su canalillo fatal. Les parecerá esto último que acabo de decir una incorrección política sin paliativos, pero me importa un rábano. Para mí, y sospecho que para todo el género, o casi todo, del que formo parte, observar un canalillo discreto pero generoso es algo que produce un sutil enaltecimiento del espíritu. Por así decirlo, te alegra el día.  

 
En resumidas cuentas, que llegué allí, pedí el pincho de costumbre y un café con leche y le dije a la mesonera si podía colocar una mesa bajo los plátanos. Me dijo que por supuesto que sí y apenas tardó unos minutos en salir con la comanda y una mopa para limpiar la mesa. Mientras lo hacía, aprovechó para echar una parrafada y sonsacarme filiaciones y filias, que una buena mesonera, entre otras cosas, tiene que ser un filtro de las diversas informaciones que va acumulando sobre su variada clientela. En fin, me zampé la frugal colación, estuve un rato con lo de Critilo y Andrenio y, cuando pensé que ya tenía bastante, me subí a la bicicleta e inicie la retirada. Con un viento de popa que era pura gloria deslizarse por aquella carretera sin apenas esfuerzo. 

jueves, 20 de octubre de 2016

Cebolleta Red Splash

"Opinaron algunos sabios que, con ser el hombre la obra más artificiosa y acabada, le faltaban aún muchas cosas para su total perfección. Echóle uno menos la ventanilla en el pecho, otro un ojo en cada mano, éste un candado en la boca, y aquel una amarra en la voluntad. Mas yo diría faltarle una chimenea en la coronilla de la cabeça, y algunos dos, por donde se pudiessen exhalar los muchos humos que continuamente están evaporando del celebro; y esto mucho más en la vejez, que si bien se la considera, no hay edad que no tenga su tope, y alguna dos, y la vejez ciento. Es la niñez ignorante, la mocedad desatenta, la edad varonil trabajada y la vejez jactanciosa: siempre está humeando presunciones, evaporando jactancias, cebando estimaciones y solicitando aplausos. Como no hallan por donde exhalarse estos desapacibles humos, sino por la boca, ocasionan notable enfado a quienes les oyen, y mucha risa si son cuerdos. 

¿Quién creyera que Andrenio, y mucho menos Critilo, recién caldeados en las oficinas de la cordura, frescamente salidos de darse un baño moral de prudencia y atención, habían de errar jamás las sendas de la virtud, las veredas de la entereza? Pero así como dentro de la más fina grana se engendra la polilla que la come y en las entrañas del cedro el gusano que le carcome, assí de la misma sabiduría nace la hinchazón que la desluce, y en lo más profundo de la prudencia la presunción que la desdora."

Nunca, por tanto, se debe bajar la guardia. Precisamente ahora, cuando ya se supondría que debiera llanear como sobre seda a causa de tanto escarmiento en cabeza propia, voy y me topo con la dura realidad de siempre estar humeando presunciones, evaporando jactancias, cebando estimaciones y solicitando aplausos. Por no hablar de la hinchazón que desluce lo que pudiera ser una cierta sabiduría adquirida a costa de los muchos años ya vividos, de las muchas tierras recorridas, de los muchos libros leídos -y acaso alguno entendido-, y, sobre todo, de las muchas sabrosas conversaciones con los amigos sabios y discretos, que en esto la Fortuna me hizo millonario a todo lo largo de la vida. 

Ese es el caso de casi todos los viejos, que por negarse a llevar cachaba tienen la ciudad sumida en la pestilencia. ¿Se acuerdan del enigma de la Esfinge? De nuevo, me parece, todas las ciudades vuelven a ser Tebas. Ayer, precisamente, pasé por el taller de bicicletas que tanto frecuento a interesarme por el patrón. El pobre hombre tiene setenta y ochos años y sigue queriendo hacer carreras. Y por eso estaba en la UCI cuando fui a cambiar el manillar la semana pasada. Nunca es suficientemente alto un manillar para un viejo le dije ayer al verle ya recuperado que no convencido. 

Sí, así es, detrás de todo viejo hay un potencial abuelo Cebolleta a nada que la que pintan calva se presenta. Es la cosa del deterioro que no se puede reconocer porque estamos programados para que así sea. Y por eso no conviene hacerse la menor ilusión: lo único sensato es escuchar los clarines que tocan ya a retirada y agenciarse una tranquila habitación con una ventana desde la que poder divisar cada tarde un red splash in the western horizon. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Verdejo

Anoche, como cada noche a la hora de los perros, hacia las diez o así, daba mi paseo postpandrial para, más que nada, mejorar mis expectativas de sueño. ¡Hasta qué punto dormir bien se convierte en obsesión a medida que se va estrechando el abanico de posibilidades! Pues bien, a lo que iba, que de pronto, por el extremo de la Calle Mayor que da al Salón, llamó mi atención un grupo de señores, sin duda ya jubilados, que discutían acalorados. Me senté en un banco que han puesto por allí a tal efecto para escuchar mejor. Al que más se le oía, insistía en el millón de parados que se mueren de hambre. Y venga y dale, y el resto trataba de rebatirle en esforzado guirigay. Sin duda, pensé, llevan unos cuantos verdejos encima y por eso les cuesta tanto arrancarse para casa. Y, encima, seguro que su mujer les espera con la sopa caliente y el pescado recién rebozado. ¡Ya quisieran los ministros!

Pero esa es la cuestión, que aunque todos vivan como ministros siempre tiene que haber alguno que lo ve todo por el lado malo. Y si no fuera por él, ya haría más de media hora que el pescado rebozado habría caído al coleto. Y Dios no quiere que así sea porque de no haber cenizos muchos bares tendrían que cerrar y sería el acabose. Porque el caso es que, con dos verdejos encima, no hay nada que enganche más que el rebatir al cenizo. Es como dar rienda suelta a un instinto básico que produce un placer indescriptible. Algo parecido a lo que experimentan las mujeres tratando de redimir a los crápulas. Que no por otra cosa hay tanto crápula, que no hay mejor forma de ligar. Y de perpetuar la especie, fin último por el que estamos aquí. 

Total, que presenciar tales eventos suscita en uno pensamientos de gran calado. ¿Hasta qué punto todo lo que hacemos y decimos está ya prefigurado en los planes del Gran Diseñador? ¿Qué margen de maniobra nos queda si le da por dolernos cualquier cosa? ¿O por tener un hijo que lo único que quiere es coger olas y pasear el perro? ¿Es que acaso no somos marionetas del cúmulo de circunstancias que nos rodean? Y, como agarrándome a un clavo ardiendo, me digo: bueno, y entonces, ¿para qué se inventó el verdejo? Porque esa es la cuestión, poder disponer de algo que dé calor al espíritu para hacerle moldeable de forma que se ajuste sin tensiones a las necesidades del momento: si me va bien, más ancha si cabe es Castilla; y si mal, que lo paguen los hijos de puta de arriba. 

Y, en cualquier caso, la sopa y el rebozado bien pueden esperar. Y más desde que existe el microondas.  

martes, 18 de octubre de 2016

Melancolía otoñal


Fui hasta Ampudia por el camino de los alcores. Una vez salvada la ascensión inicial, de unos ciento cincuenta metros, el resto es pan comido. La soledad del páramo es sobrecogedora. Sólo cuervos y urracas, los pájaros más inteligentes según dicen los que entienden de esas cosas, sobreviven entre los rastrojos. Muy ocasionalmente, de Pascuas a Ramos, el turbo de una perdiz que sale despedida de un matojo de la cuneta, de falsa colza y avenazo por lo general, te sobresalta. No me extraña que sean caza tan cotizada las perdices porque para meter ese ruido con las alas tiene que tener unas pechugas sabrosísimas. Paredes del Alcor, Santa Cecilia del Alcor, lugares fantasmagóricos. Ni un alma por ningún lado. Un poco más allá, un tractor arando. Otro poco más, ya llegando, el monasterio de La Alconada con su corona de molinos de viento, como para confudir los tiempos. No creo que me haya topado ni con dos coches en todo el camino. 




Ampudia, al mediodía de un lunes de octubre tampoco es la alegría de la huerta y bien está que así sea. Un pueblo así con bullicio se desnaturaliza. Busco una posada para comer y la encuentro a la sombra de la fastuosa torre de la iglesia. Apenas había dos clientes aburridos y la comida ni fu ni fa. Menos mal que la cabalgada me había abierto el apetito. Al salir, justo al lado, veo una casa en su estado primigenio. Así pudieron ser las de los hidalgos cuando todavía los había. Muy interesante.




Inicio la retirada por la llanura. A la altura de Torremormojón tomo el camino de Baquerín. Seis kilómetros alucinantes. Los cinco últimos son una recta cuyo fin se prolonga con la torre de la iglesia. Parece hecho a propósito. Uno no cesa de maravillarse con el sentido de lo trascendente que ha dominado la historia de estos lugares. Esas casuchas para lo terrenal y esas iglesias para el espíritu. No sorprende así que se hayan consumado tales gestas. 



Baquerín está en reconstrucción. Han empezado por los graffitis. Se han puesto de moda en los pueblos y no por otra cosa sino por que los pueblos son el descanso findesemana del guerrero urbanita. En el porche de una casa grande tronada veo la única cosa viva del lugar, una señora por los cincuenta con voz de haberse fumado media tabacalera. Contesta desabrida a mis requerimientos así que salgo a buscar camino del tren burra que pasa por allí al lado.

  
En Villamartín paro en una adecuación y echo una pequeña sonata tumbado en un banco. Increible lo que pueden hacer por el cuerpo cinco minutos de inconsciencia. Ya, en la Iliada, reiteran esta constatación. Cinco minutos o menos, ponían a Ayax, Aquiles o Estentor en disposición de nuevo ataque. Así que sigo y no tardo en llegar al Canal que es ya las afueras de la ciudad. El Canal vestido de otoño. Y melancolía. 




Llego, sino exhausto, casi. El cuentakilómetros marca 65. ¡Ya está bien! Y todo sin otro sentido que dormir a pierna suelta un día más. Con lo fácil que resultaría tomarse un orfidal. Sí, desde luego, pero sigo prefiriendo la paliza. Porque además así echo el día. Dios mío, qué cruz ésta del ¿y ahora qué? con la que nos tenemos que enfrentar los viejos tan pronto coronamos algo. 

lunes, 17 de octubre de 2016

Serpientes y palomas

Andaban ya muy avanzados Andrenio y Critilo en el periplo de la vida, a la puerta como quien dice del Saber coronado, tan encomendada del Zohorí, y de todos los sabios aplaudida, cuando se toparon con "una dudosa encrucijada, donde se partía el camino en otros dos, con ocasionado riesgo de perderse muy al uso del mundo. Comenzaron luego a dificultar cual de las dos sendas tomarían, que parecían extremos. Estaban altercando al principio con encuentro de pareceres, y después de afectos, cuando descubrieron una banda de cándidas palomas por el aire y otra de serpientes por la tierra. Parecieron aquellas con manso y sosegado vuelo venir a pacificarlos y mostrarles el verdadero camino con tan fausto agüero, quedando ambos en curiosa expectación de ver por cuál de las dos sendas echarían. Aquí ellas, dexada la de mano derecha, volaron por la siniestra. 

-Esto está decidido -dixo Andrenio-, no nos queda qué dudar.

-¡Oh, sí! -respondió Critilo-. Veamos por donde se defilan las serpientes, porque advierte que la paloma no tanto guía a la prudencia cuanto a la simplicidad. 

...

Vieron en esto que la otra tropa de serpientes, se fue defilando por la senda contraria, de la mano derecha, con que se aumentó su perplexidad. 

-Éstas sí -decía Critilo- que son muestras de toda sagacidad. Ellas nos muestran el camino de la prudencia; sigámoslas que sin duda nos llevarán al Saber reinando. 

-No haré yo tal -dezía Andrenio-, porque yo no sé que pare en otro todo el saber de las culebras que en ir rastrando toda la vida entre los pies de todos. 

Resolviéronse al fin en seguir cada uno su vereda: éste de la astucia de la serpiente, y aquél de la sinceridad de la paloma, con cargo de que el primero que descubriese la corte del Saber triunfante avisasse al otro y le comunicasse el bien hallado. A poco rato que se perdieron de vista, que no de afecto, encontró cada uno con su parage bien diferente. con gentes realmente opuestas y que vivían muy al revés unos de otros. 

Hallóse Critilo entre aquellos que llaman los reagudos, gente toda de alerta, hombres de ensenada, de cautelas y de segundas intenciones, de trato nada liso sino doblado. Fuésele apegando luego un grande narigudo no tanto para conducirle cuanto para explorarle. y comenzó a tentarle el vado y querer sondearle el fondo con rara destreza: hombre, al fin, de atención y de intención. 

...

Hallábasé Andrenio en el país de los buenos hombres: ¡y qué diferentes de aquellos otros! Parecían de otra especie, gente toda pacífica, por quienes nunca se revolvió el mundo ni se alborotó la feria. Encontró de los primeros con Juan de Buen alma; a medio saludar, que se olvidaban las palabras, con todo eso, contraxeron estrecha amistad. Allegóseles un otro que también dixo llamarse Juan, que aquí los más lo eran, y buenos, si allá Pedros revueltos. 

-¿Quién es aquel que pasa riéndose? 

-Aquél es el que dicen que de puro bueno se pierde, y es un perdido. Aquel otro, el bueno, bueno, y el que de puro bueno vale para nada: gente toda amigable. 

...

De tal suerte que preguntó Andrenio si era aquella la región de los inmortales. 

-¿Por qué lo dices? -le preguntó uno.

-Porque ninguno veo que se mate ni se consuma. Yo no sé de qué mueren éstos. 

-No mueren, que lo están." 

Lo de siempre, en fin, los malos y los muertos vivientes. Y en esas estaba ayer cuando voy y cambio de lecturas y me topo: "Rajoy es una desgracia colectiva; un protector de la corrupción". Lo dice uno de los intelectuales más preclaros del país. Catedrático de Ciencias Políticas por más señas. Que ha publicado docenas de libros sobre pensamiento político, y es que experiencia desde luego no le falta que fue militante comunista hasta que le echaron por disentir de la linea general, o sea, lo que les pasa a todos los de esa cuerda tarde o temprano. El caso es seguir teniendo toda la razón. Pero toda, toda. 

Hombre, escuchar a un excomunista acusar a un hombre de ensenada de corrupto es como ir por lana y salir trasquilado. El pobre hombre, como todos los que tomaron por donde las palomas, es incapaz de repensarse y captar la pestilencia que despide su alma muerta. No sé, pero pienso que tipos como éste, si les quedase un resquicio de resuello mental, por fuerza lo emplearían en controlar lo que suelta su lengua respecto a los demás; con su contrición por todo el mal causado y propósito de la enmienda ya debieran tener para los restos y les faltaría tiempo. Pero ya se sabe, a los muertos vivientes no les afectan los dardos certeros; ellos titubean un poco al recibir el impacto y se levantan de inmediato a seguir impregnándolo todo con su pestilencia. Por eso son un clásico del género gore. 

domingo, 16 de octubre de 2016

Rumiantes

"No hay maestro que no pueda ser discípulo, no hay belleza que no pueda ser vencida: el mismo sol reconoce a un escarabajo la ventaja de vivir. Excédenle, al hombre, en la perspicacia el lince, en el oído el ciervo, en la agilidad el gamo, en el olfato el perro, en el gusto el ximio y en lo vivaz la fénix. Pero entre todas estas ventajas, la que más él codició fue aquella del rumiar que en algunos de los brutos se admira y no se imita. <<¡Qué gran cosa, decía, aquello de volver a repassar lo que la primera a medio mascar se tragó, aquel desmenuzar de espacio lo que se devoró apriessa>>! Juzgaba esta por una singular conveniencia (y no se engañaba), ya para el gusto, ya para el provecho; contentole de modo que aseguran llegó a dar súplica al soberano Hacedor, representándole que, pues le había hecho uno como epílogo de todas las criadas perfecciones, no le quisiesse privar de ésta, que el la estimaría al passo que la deseaba. Vióse la petición humana en el consistorio divino y fuele respondido que aquel don por que suplicaba ya se le había concedido anticipadamente desde que naciera. Quedó confuso con semejante respuesta y replicó cómo podía ser, pues nunca tal cosa había experimentado en sí ni practicado. Volviósele a responder advirtiesse que con mayores realces la lograba, no en rumiar el pasto material de que se sustenta el cuerpo, sino del espiritual del que se alimenta el ánimo; que realzase más los pensamientos y entendiese que el saber era su comer y las nobles noticias su alimento; que fuese sacando de los senos de la memoria las cosas y passándolas al entendimiento; que rumiase bien lo que sin averiguar ni discurrir había tragado; que repassase muy de espacio lo que de ligero concibió. Piense, medite, cave, ahonde y pondere, vuelva una y otra vez a repassar y repensar las cosas, consulte lo que ha de decir y mucho más lo que ha de obrar. Assí que su rumiar ha de ser el repensar, viviendo del reconsejo muy a lo racional y discursivo."

No creo que haya alguien que no haya pensado en ésta metáfora cuando, de paseo por el campo, ha visto allá, tras la cerca, una vaca tumbada sobre la yerba y con la mirada como vuelta hacia dentro de pura despreocupación de lo que a su alrededor pasa. Apenas un ligero vaivén de la mandíbula da noticia de su estar viva. Luego, al cabo de un rato, quizá horas, se levantará con parsimonia y, sin que su faz se inmute, apartará el rabo y expulsará por su polo posterior una gigantesca plasta que el campo recibirá como un regalo de los dioses. Es el ciclo de la vida en su estado más puro. El fresco verdor de la yerba trasformado, sofisticado sistema digestivo de la vaca mediante, en perfumada materia que es albergue de miles de millones de seres vivos que pugnan por fertilizar la tierra. 

Miro por la ventana y veo el cielo oscurecido por bandadas de palomas. Así es que en toda la ciudad no hay banco a sombra de árbol en el que te puedas sentar tranquilo. Primero, porque suele estar lleno de cagadas: segundo, porque, de no estarlo, es altamente probable que vaya a estarlo en el futuro inmediato. Es lo que tiene el no fijarse en las vacas, que todo se interpreta por la primera impresión. Qué bonitas las palomas, qué majos los perros, qué útiles los coches, que guays las bicicletas, qué divertidos los bares, qué deliciosos los chuches... y punto pelota, el último maricón.   

sábado, 15 de octubre de 2016

Campo de asfodelos

 "-¿No es harto aquello de ver los muertos en sus sepulturas, aunque estén metidos entre mármoles o siete estados baxo tierra, aquellas horribles cataduras, hormigueros de sabandijas, visiones de corrupción? ¡Quita allá, y líbreme Dios de tan trágico espectáculo, aunque sea de un rey! Dígote que no podría dormir ni comer en un mes. 

-¿Qué bien lo entiendes! Essos nosotros no los vemos, que allí no hay qué ver, que todo paró en tierra, en polvo, en nada. Los vivos son los que a mí me espantan, que los muertos nunca me dieron pena. Los verdaderos muertos que nosotros vemos y huimos son los que andan por su pie. 

-Si muertos, ¿cómo andan?

-Ahí verás que andan entre nosotros y arrojan pestilencial olor de su hedionda fama, de sus gastadas costumbres. Hay muchos, ya podridos, que les huele mal el aliento; otros que tienen roídas las entrañas, hombres sin conciencia, hembras sin vergüenza, gente sin alma: muchos que parecen personas y son plaças muertas. Todos éstos sí que me causan a mí grande horror, y tal vez se me espeluçan los cabellos." 

Me habían hablado muy bien de la Universidad Popular, así que decidí probar. Había tres niveles de guitarra y me apunté al más alto. Prometía el prospecto que el tercer nivel era para tocar en grupo. Quería hacerme ilusiones, por más que, ya de entrada, partir de un oximorón como Universidad Popular me suscitaba no pocas suspicacias. Total, que llegó el día señalado y allí que me presenté con mi guitarra. Para empezar el profe se tiró media hora haciéndose el simpático y tratando de calentar el ambiente con propuestas de futuro que sólo tenían un beneficiario: la industria del esparcimiento. Viajes, comidas, ya saben, la madre de todos los corderos. 

Al final entramos en harina, lo que es un decir, porque a pesar de los dos cursos que llevaban a las espaldas aquella docena de alumnos viejunos había que explicarles como se ponen los dedos para hacer un la mayor. Y tanto que popular, me dije al constatar el fraude. ¡Ingenuo de mí! Bueno, a instancias del profesor vampiro toque una falseta de solea que dejó al personal boquiabierto. A qué vendrá éste aquí, seguro que pensaron todos. Al día siguiente pasé por el secretariado y me di de baja. Espero que no me cobren los 170 € de la matrícula. 

Así corre el mundo de los viejos, con sus gastadas costumbres y arrojando el olor pestilencial del oximorón. Gente expulsada del paraíso del ser útil al infierno de no contar para nada. Y hacer como que no se enteran con la inestimable ayuda de vampiros como el profe de marras. Tremebundo, de verdad. Después de ésta, me lo tengo que pensar. O me voy a Amsterdan a plegar o me retiro al campo de asfodelos para estar en primera linea.

viernes, 14 de octubre de 2016

Nobel

Los tiempos no están cambiando. Por lo menos en lo esencial. Por ejemplo, desde la tribu primigenia siempre el jefe se sirvió del hechicero para tratar de reconducir cualquier desviación del pensamiento único. Un trabajo, por lo demás, realmente difícil, por no decir imposible, por estar en la esencia de la especie reconsiderar sin descanso lo establecido por ver si así se disminuyen las inevitables cuotas de sufrimiento que el existir conlleva.  

Por eso, los que dicen que el que le hayan otorgado el premio Nobel a Bob Dylan es otro más de los triunfos del populismo tan habituales en estos tiempos que corren, creo que olvidan la historia. La razón de ser del Nobel no es otro que ejercer de hechicero de la tribu. Es decir, tratar de marcar una línea de pensamiento. Por supuesto, generalmente equivocada. O, si mejor quieren, una línea que suponga pan para hoy, que el hambre para mañana, al que Dios se la dé que San Pedro se la bendiga. 

Recuerdo que de joven tenía a mano una colección de las obras de los Premios Nobel. Leí unas cuantas novelas y apenas me queda recuerdo de aquel entretenimiento. Supongo que algún poso me quedaría. Pero nada que ver con el que me dejó otro tipo de lecturas. Baroja, por ejemplo. Su Árbol de la Ciencia o Las aventuras de Santi Andía. Y a nadie se le ocurrió darle el premio Nobel. Lo mismo que no se lo dieron a Pessoa o a Bukowski. Ni a Borges, creo. A D. G., su genio les hizo inmunes a la tiranía de la fama concedida por el hechicero de la tribu. La que alcanzaron fue entre la muy limitada minoría de los que atienden porque entienden. 

Y, volviendo al clásico:

"-Pues ¿qué os pareció aquella afectación de unos en acreditar las cosas y los sujetos, y vulgaridad de los otros en creerlo, aquel dar en una opinión tanto necio? Aquella es la tiranía de la fama hechiza, el monopolio de la alabança. Apodéranse del crédito cuatro o cinco embusteros aduladores y cierran el paso a la verdad con el afectado artificio de que no lo entienden los otros y que es necio el que dice lo contrario. Y así veréis que los ignorantes se lo beben, los lisongeros lo aplauden y los sabios no osan chistar, con que triunfa Aragne sobre Palas, marsias contra Apolo, y pasa la necedad por sutileza y la ignorancia por sabiduría. ¡Oh, cuántos autores hay hoy muy acreditados por esta opinión común, sin haber hombre que se les atreva!; ¡Cuantos libros y cuantas obras en gran predicamento que, bien examinadas, no merecen el crédito que gozan! Pero yo me guardaré muy bien en poner nota en quien tiene estrella. ¡Cuantos sujetos sin valor y sin saber son celebrados a esta traça, sin haber hombre que osse hablar, sino algún desesperado!"

En fin, todo discurso con templanza y nunca olvidar que lo cortés no quita lo valiente. Que las cosas sean como son no quiere decir que de vez en cuando no tengamos por lo que regocijarnos por aquello de que el Nobel hizo sonar la flauta. Y, así, no puedo olvidar que  a Thomas Mann le dieron el premio en 1929. Ya va casi para un siglo y su figura no para de crecer. Un caso excepcional, desde luego. Personalmente, no le puedo estar más agradecido: siento que sin su "Doctor Faustus" mi vida hubiese sido bastante más ridícula si cabe. 

De Mann a Dylan, ¡ya te digo!  

jueves, 13 de octubre de 2016

Epistocracia

Mi padre no era hombre que se apasionase mucho ni poco con la política, siempre procuró estar al margen por más que bien pudiera haberse beneficiado ya que las circunstancias de su trabajo le pusieron en contacto con muy relevantes personalidades del viejo y demonizado régimen. Después, ya mayor me contó algunos detalles de cuando la guerra y postguerra sobre personas relativamente cercanas, pero no creo que lo hiciese con ningún tipo de afán justiciero sino simplemente por recalcar la miseria moral inherente a la condición humana cuando la vida se complica. Por lo demás, cuando llegó la democracia, me dijo un día que pensaba que era un tipo de régimen político muy beneficioso para nosotros, sus hijos.

Pero, ya desde épocas muy anteriores a la democracia, recuerdo sus objeciones a la idoneidad del sufragio universal. La cosa empezó un día que íbamos los tres hombres de la familia hacia el  ayuntamiento a votar en uno de aquellos referendums que organizaba Franco por razones supongo que folklóricas. Entonces vimos que delante de nosotros iba a hacer lo propio José, el tonto de la Vega. Inmediantamente mi padre dijo que eso era trampa, que su voto no podía valer igual que el de José. Recuerdo que el argumento me hizo mucha gracia, pero por lo demás no tenía ninguna opinión al respecto. Lo que si nos enseñó a mi hermano y a mí quel referendum fue la cosa del fraude ya que los dos, por motivos de adolescencia supongo, votamos en negativo y sin embargo en el recuento posterior hubo tantos síes como papeletas en la urna. En épocas posteriores le escuché repetir varias veces el mismo argumento sobre lo tramposo que a su juicio resultaba el sufragio universal. Para él, los votos debieran tener un valor diferente en función de la calidad de la persona que lo emitiese. Y siempre volvía a lo de compararse con José el de la Vega. ¿De qué valía, entonces, haber hecho una carrera? No, no podía ser. Algo no funcionaba adecuadamente en las democracias.

Traigo estos recuerdos a colación porque ayer, en uno de esos artículos que recomienda leer Arcadi Espada, pude comprobar que no iba tan descaminado mi padre. Unos profesores de prestigiosas universidades americanas han publicado un libro sobre el tema. A partir de la conciencia casi generalizada de que la actual forma de democracia es perfectible a todas luces, proponen lo que llaman Epistocracia que no es otra cosa que valorar el grado de información de quien emite el voto. Claro que la cosa no es sencilla y por eso proponen un serie de posibles formas de ponerlo en práctica. Una, la hacer pasar un test sobre conocimientos en la materia para conseguir el derecho a voto. Otra, dar un valor difernte a cada voto en función del currículum del votante. En fin, múltiples posibilidades, pero todas con el denominador común de aceptar que el voto de José el de La Vega no puede valer lo mismo que el de mi padre, un hombre con carrera. 

En definitiva, que ya se empieza a notar cansancio con esto de dejar que el populacho juegue con las cosas de comer. Y más teniendo la coartada de que aquí, aun persistiendo ciertas diferencias de origen, a quien más quien menos a todo el mundo se le da la oportunidad de dejar de ser un zote. Incluso a las familias desastrosas les pagan un sueldo a condición de que lleven a sus niños al colegio. Es hora, por tanto, de empezar a exigir responsabilidades individuales. Lo que ya pensaba mi padre hace tanto tiempo adelantándose quizá a los acontecimientos.  

miércoles, 12 de octubre de 2016

Ingenieros de minas

Zappeando anoche pillé una escena que me maravilló. Apenas duró 30 segundos, pero me pareció que encerraba en sí todo un cambio de paradigma, como dicen los cursis, en la política española. Se trató del nuevo líder circunstancial de los socialistas, un asturiano que es ingeniero de minas. Dijo: no podemos dejar que las emociones se impongan sobre la razón. O sea, que Dionisos predomine sobre Apolo. Que el hecho aislado llamativo oculte la realidad estadística.

Cuando joven tuve oportunidad de tratar a unos cuantos ingenieros de minas asturianos. Incluso por razones profesionales tuve que hacer un viaje con uno de ellos y compartir habitación y cagalera a causa de algo que comimos en un restaurante -creo que fueron unos chopitos-. Pues bien, el recuerdo que tengo de aquella gente es que eran muy competentes. Recuerdo que uno de ellos nos dio un magnífico curso de estadística que yo no aproveché de pura inmadurez. Debía andar demasiado crecido por lecturas de las que no entendía una palabra. Estructuralistas franceses y sandeces por el estilo. En fin, ya saben que no suelen tener los mismos tiempos de maduración los que estudian con el entendimiento que los que lo hacen con la memoria. Ciencias y letras que le decían entonces, una distinción que hoy día parece huera. 

Pero a lo que vamos, a la correcta utilización del lenguaje. Al ir al fondo de las cosas. Lo que ha hecho el ingeniero asturiano. Porque ya va siendo de un cansancio insoportable toda ese discurso, o palabrería, que es puro alarde de la nada. Venga a disparar sloganes y palabras que ya hace mucho perdieron sus significado. Ya digo, es insoportable porque, además, por razones culturales todos guardamos en el subconciente la convicción de que nada como la confusión de las lenguas para producir el hundimiento de los pueblos. 

Y no es que quiera dármelas de protagonista, pero les voy a contar una anécdota que creo viene al caso y de la que fui parte decisiva. Como ya les he contado, acudí este verano a una comida de confraternidad con los mozos de mi quinta. Detesto este tipo de acontecimientos, pero ante la insistencia del organizador cedí. En fin, la cuestión es que en la mesa que estaba había uno totalmente eufórico que no cesaba de hablar sobre las muchas veces que había parado los pies a gente importante que le quería hacer tragar injusticias. Un tipo de relato que como saben es muy propio de gente que en el fondo de su alma se siente desgraciado por considerarse inferior a los que le rodean. Y no es que el tipo fuese un don nadie, que goza de una cierta preeminencia social en ámbitos de resonancia mediática, pero los que le estábamos siguiendo el rollo con cara de circunstancias y un cierto rictus de hastío éramos profesionales con dilatada carrera a las espaldas o empresarios de relativo éxito. Total que el tío insistía con su tono épico y en un determinado momento, como para redondear, apostilló que él era de izquierdas. Nadie, por supuesto, dio señales de sentirse conmovido por la confesión, pero yo me quedé con dato a fin de utilizarle como dardo arrojadizo en el mismo momento en el que el conferenciante parase para tomar resuello. Así fue que, llegado el momento oportuno, le dije: todo eso que estas diciendo me parece muy interesante, Fulanito, pero quisiera que nos aclarases que has querido decir cuando nos has dicho que eres de izquierdas. Entonces se levantó un clamor en la mesa y se escuchó: sí, sí, Fulanito, explícanos que quiere decir ser de izquierdas. Al pobre hombre le cambió de tal manera la faz que al instante me arrepentí de haber dicho lo que le dije. A partir de ahí no abrió la boca en todo el resto del convite. Parecía que le hubiesen dado un mazazo. Bueno, en realidad, cuando ya me despedía se me acercó y me dijo no se qué de Balzac que no entendí. Sin duda me había querido dar a entender algo en lo que ahora no voy a entrar. 

Y en esas estamos, en el rollo de las ideologías para hacerse con el poder. Como si pudiese haber otra ideología que una inteligente redistribución de la riqueza.  Riqueza que primero hay que crear para luego poder distribuirla. Y ya, al respecto, hay tanta experiencia en el mundo, que la metodología aplicable está perfectamente definida. Por eso, mande quien mande, siempre es lo mismo salvo pequeños detalles de tipo folclórico a los que se intenta dar gran resonancia mediática en el ridículo intento de marcar paquete. Lo emocional sobre lo real, que decíamos ayer. 

Por lo demás, no es que yo no crea en la democracia, pero desde luego no tal y como me la quieren vender. Para mí que haya libertad de expresión y que compitan dos partidos es esencial. Pero que compitan sólo quiere decir que el que está a la escucha debe levantar la voz cuando le parece que el que lleva la batuta se ha desviado de la partitura. Lo demás, mandangas.  

martes, 11 de octubre de 2016

Opus Kardashianicus

De entre las pestilencias de las que nunca se ve libre la humanidad la que más me fascina a la vez que me da miedo es el fanatismo en sus millones de formas de manifestarse. Al respecto hay una novela de Margarita Youcenar, Opus Nigrum, que recomiendo a quien quiera mejorar su conocimiento sobre la materia. Es la historia horripilante de una ciudad que entrega su alma a un loco. Un caso extremo, desde luego, como pudo ser lo del nazismo o lo de los davidianos de Waco, pero, sin embargo, casos más templados los ha habido y los hay por todas las partes y hasta aseguraría que constituyen en buena medida el armazón sentimental que da estabilidad al mundo. El común de las personas no es precisamente Descartes, y por tal es que necesita una creencia sin fisuras en la que sustentarse. Si por ventura apareciese en esa creencia una fisura cartesiana la persona se desmoronaría y la sociedad solucionaría un problema para crear otro acaso mayor. 

No, no creo que sea fácil vivir sin algún tipo de fanatismo. O, por decirlo de otra manera, sin algún tipo de contrato con el demonio. Son esas aficiones de las que todos tenemos alguna y que cuando, por lo que sea, queremos, o necesitamos, elevarla a la categoría de trascendente y empezamos a hacer proselitismo de ella, ya estamos inmersos en la patología del fanatismo. Entonces, la paradoja, estamos tullidos pero corremos como gamos. Todo lo consideramos a través de una lente que deforma la realidad y la adapta a la medida de nuestro desvarío. Ya sólo queda encontrar a los afines, montar la secta y empezar por quererse hacer notar y acabar por querer dominar el mundo. 

Anyway, digan lo que digan los cataclismáticos y conspiranóicos, el mundo tiende hacia la apacibilidad. Será industria farmacéutica mediante o por lo que sea, pero así es pese a quien pese. Así, los antiguos fanatismos, cada vez más se mutan en modas, es decir en tendencias sujetas a los intereses del comercio. Por eso es que sea tan frecuente que el no va más de hoy sea el hazmerreír de mañana. De pronto los comerciantes encuentran un nicho explotable, ponen la maquinaria en marcha y en cuatro días cambian el gusto del mar por el de la montaña. El caso es vender uniformes. Porque como decía aquel chiste de La Codorniz sobre chachas y soldados, hay que ver lo que favorecen los uniformes. 

Así las cosas, les voy a hacer otra recomendación por si quieren, no mejorar ya su conocimiento del tema, sino hacer un master al respecto: vean los programas dedicados a la familia Kardashian. No tienen desperdicio. Es una familia con unas capacidades, diríamos que titánicas, para absorber todos los fanatismos del momento. Le dan a todo lo que suponga gastar grandes cantidades de dinero. Son, sin duda, el ejemplo más recomendable a seguir. Por cierto que viendo tal programa me he enterado de que lo que más se lleva ahora por las calles de Los Ángeles es ir en bicicleta, pero llevando sujeto con una correa un gran perro de largas guedejas. ¿Por qué una sola cosa si podemos con dos? Ya lo dicen los catalanes, lo bueno es pel davant i pel darrera. Y hay que ser buen alumno.