lunes, 30 de enero de 2017

El espectáculo

Hay que reconocer que el Sr. Trump sabe dar espectáculo. Enseña las firmas que estampa como los niños sus dibujos o volteretas: ¡papá, mira lo que hago! La imitación de sus gestos amanerados ya empieza a ser recurrente en los programas de humor. Quizá, me digo, este señor ha venido a hacer verdad aquello de la repetición en forma de comedia de lo que anteriormente fue tragedia. Se ha repetido hasta la saciedad que el triunfo de los fascismos en el mundo fue una reacción al miedo que provocaba el ascenso del comunismo. Igualmente, la marea trumpista puede que no sea otra cosa que la reacción de las masas al hastío que les produce la hipócrita corrección socialdemócrata. No sé, es sólo una hipótesis que me parece plausible. 

Como soy ya muy viejo y he visto tanto no paro de desternillarme estos días con las reacciones que suscita el señorín en cuestión. Son una muestra más del infantilismo con el que siempre reacciona el ser humano cuando le rompen un juguete. O le dicen, ya no tienes edad para seguir jugando a eso y se lo quitan. Nunca nos pararemos a pensar que, efectivamente, ya no tenemos edad y la privación que nos imponen es un favor que nos hacen. No, preferimos aliviar nuestro orgullo herido demonizando al corrector. Es ley de vida que les petits nunca maduremos.  

Ayer lo leía en una entrevista a Pierre Cardin, de 94 años. Dos cosas dijo con las que me identifiqué al cien por cien. Una: el tiempo libre es la muerte. Dos: ese señor no es mi problema. Y no es su problema porque pone los cinco sentidos en no tener tiempo libre. Sigue trabajando en lo suyo, sea lo que sea. Un jodido capitalista que se empeña en seguir vivo.  

En fin, no sé si no debiéramos pensar un poco más en nosotros mismos como causa eficiente de la llegada del Anticristo. Nuestra forma de ser y de vivir, mitad vampiros, mitad muertos vivientes, socialdemócratas al fin de pura cepa. Alguien tiene que venir a zaherirnos para que despertemos a la vida. Pero eso sí, esta vez toca como comedia. 

Cagalitas rabiosas

Cuenta hoy el periodista Sostres que el cantante Sabina ha escrito una canción en la que arremete con furia contra la hacienda pública. Eso le hace suponer al periodista que el cantante, tan de izquierdas de toda la vida, se ha vuelto de derechas. Porque, claro, qué otro parámetro se puede utilizar para definir esas dos diferentes formas de ser un perfecto imbécil, hemipléjico moral, que dice Ortega, que la forma en que se concibe la propia relación con la hacienda pública. Así es que pienso que difícilmente va a saber uno de qué tipo de imbecilidad cojea hasta que las circunstancias le ponen en la tesitura de experimentar en sus propias carnes. En una palabra, hasta que no alcanzas la condición de rico no puedes tener criterio al respecto. Que lo sepan los progres que se pasan las noches tomando copas mientras construyen utopías colectivistas. Lo único que son es unas cagalitas rabiosas intentando olvidar su insignificancia. 

La hacienda pública es por donde empieza todo proyecto de vida en común. Sin ella, apaga y vamonos. Lo siguiente son las fuerzas de seguridad. Luego ya, todo lo demás, es bastante opcional. Sanidad, enseñanza, etc, nadie puede asegurar con argumentos de peso que sea mejor financiarla con hacienda pública o privada. Cada uno tendrá sus preferencias según del lado que le afecta la hemiplejia o, si mejor quieren, según el peso de su cartera. Todo emocional y, por tanto, carente de significado. 

En esas preferencias, como en todas las demás supongo, sólo podremos estar acertados en la medida que echemos mano de la memoria histórica. Porque para eso está la historia fundamentalmente, para ver donde se estuvo acertado y donde equivocado. Y de ahí que tan nefasto sea el que siempre haya tantos esfuerzos por tergiversarla para adaptarla a las propias simpatías. Así, la cultura, que consiste básicamente en tener la información suficiente para poder supeditar esas propias simpatías a la razón histórica, será lo único que marque las diferencias entre las personas. Se es culto o inculto. Y si eres culto procuras no tropezar en la misma bonita piedra en la que otros se descalabraron y, si inculto, insistirás porque lo bonito es el opio de los ignorantes.  

En eso consisten todas las ideologías, en la cantidad de big data de que dispones y la calidad de tu deep learning para procesarla. Al final, no a mucha distancia pienso, serán las máquinas llenas de información las que tomarán las decisiones políticas correctas. Porque, carentes de emociones, no tropezarán en las mismas piedras que ya se tropezó ni sucumbirán a las mismas ilusiones que acabaron en descalabro. Una cuestión, en definitiva, de técnica combinatoria. Cosa de números, Pitágoras tenía toda la razón. 
  

domingo, 29 de enero de 2017

Oximorones

Ayer, por circunstancias de la vida, tuve que verme con un señor de oficio menestral. Señor y menestral, un oximorón, pero así corre el lenguaje que es la vida. El caso es que éste, lo que sea, sazonaba su manifiesta amabilidad con una especie de cabreo de fondo que, al final, cuando ya vio que las confianzas no le salían caras, se sustanció en un dejarme su teléfono para que viese un vídeo mientras él seguía con sus tareas. El vídeo en cuestión ya me lo había enseñado otra persona hace tiempo, pero me hice de nuevas por pensar que así el oximorón podría sentir la satisfacción del que abre los ojos al que no sabe. El asunto tiene su gracia tal y como está contado por, según el guión, un asistente social para que, así, no puedan caber dudas sobre su veracidad. Se trata del recorrido que tiene que hacer una familia marroquí de cinco miembros para sacar 10000 euros al mes a la Generalidad de Cataluña usando todas las triquiñuelas que permite un sistema imperfecto, que ahí es a donde queríamos llegar. Imperfecto y, sobre todo, tremendamente injusto con los oximorones que al final son los que pagan a tocateja. 

Bueno, ya saben lo que gustaba decir mi padre en estas ocasiones, que prevención a destiempo, malicia arguye. Estos señores menestrales, fontaneros, electricistas y tal, necesitan imperiosamente justificar su dedicación más lucrativa que es sin lugar a la menor duda la evasión de impuestos. Y es inútil ponerse a dar explicaciones sobre un hecho tan incontrovertible y más viejo que la humanidad. Ellos defraudan por infinidad de razones, desde que no llegan a fin de mes a lo ladrones que son los políticos. Lo de los marroquís, un paso más allá, la injusticia del sistema. A partir de ahí el camino ya está trillado: que vuelva Franco aunque sea de cabo. 

Es tremendo el ser humano, porque al tipo en cuestión no parecía que le fuesen mal las cosas con su oficio de bastante fácil aprendizaje. Pero eso, al parecer, da exactamente igual a efectos de autoestima. Esos mecanismos mentales que no dejan descansar a la rabia. Por el querer más de lo que se puede o cosa por el estilo. Por lo que sea, en fin, que, quizá, por el hombre-masa que sabe de todo sin haber estudiado de nada y  que a base de pasarse vídeos de marroquís entre los iguales va afianzando su convicción de que "los de arriba" son unos hijos de perra que sólo quieren joder a la buena gente como él. Y punto.

Inmundo, desde luego, todo esto del cristianismo. Sacó al personal de un sistema de pensamiento exigente que ayudaba a conocerse y aceptarse y lo metió en otro de ideas masticadas que lo convirtió en un vago resentido... con complejo de justificación una vez más.  

sábado, 28 de enero de 2017

Conócete a ti mismo

 

Olvídense de subir a Delfos para encontrarse con ustedes mismos. Cojan, agarren y vayan a la página de Cambridge Analítica, ya saben, los que el otro día les contaba que habían sido, no sé si decisivos, pero sí muy influyentes en la victoria de Trump. En esa página hay un apartado que se llama OCEAN -acrónimo de Openness, Conscientiousness, Extraversion, Agreeableness, Neuroticism- en el que si quieres te hacen un test para darte después su opinión sobre cómo eres. Pues bien, yo le he hecho con la mayor atención y sinceridad que he sido capaz. Y esto que sigue es el resultado: 
Our psychologist says

You're a Philosopher

What Your Result Means


You are strong-minded, but always consider different viewpoints when problem solving. Ultimately you trust your own judgment above other peoples' views.

Sometimes wary of others, you are a very private person who tends to distant themselves from certain situations.

You enjoy a challenge, but prefer to work independently and favor solitary pursuits.

Prone to losing control of your emotions, you tend to be particularly passionate in situations concerning your social and personal life.

You have an imaginative and creative side, tending to avoid social situations that may cause interpersonal conflicts.

High in Openness

Your score in Openness is high, which indicates that you enjoy novelty, variety, and change. You are curious, imaginative and creative.

Low in Conscientiousness

Your score in Conscientiousness is low, which indicates that you like to live for the moment and do what feels good now. Sometimes you appear disorganized to others but they love your energy.

Low in Extraversion

Your score in Extraversion is low, indicating that you are introverted, reserved, and quiet. You enjoy solitude and solitary activities. You enjoy socializing with a few close friends rather than large groups of casual acquaintances.

Low in Agreeableness

Your score in Agreeableness is low, indicating that you feel people should be self reliant. People tend to see you as tough and committed.


High in Neuroticism

Your score in Neuroticism is high, indicating that you can be agitated by what some people would consider to be routine daily life. People see you as emotionally aware.


No lo traduzco porque me da pereza. 

Divagaciones

Hablando con la gente que me voy topando por aquí y por allá, por esto o por lo otro, ha coincidido estos últimos días que varios me han mostrado su preocupación por un hecho que va tomando proporciones alarmantes y que, por otra parte, no es sino la prueba del nueve de que los efectos de la revolución digital ya están aquí en todo su esplendor. Sólo hay que pasear por cualquier calle, lo mismo del centro que en la periferia, para constatar que el número de locales disponibles crece de día en día. Es un poco triste desde luego ver como esos escaparates abandonados se van llenando de papeles anunciando las más estrafalarias actividades con las que la pobre gente pretende ganarse la vida. Masajes, clases de baile, venta de perros, todo, en fin, por el subsuelo de la competencia cognitiva. 

Es, a pesar del desasosiego que produce, signo inequívoco de que la vida sigue su curso implacable de continuos cambios. Y de que la gente, a la chita callando, se adapta divinamente a ellos. Lo que pasa es que para acallar las angustias del cotidiano devenir es más efectivo al parecer hacer como que sólo ves lo que se va y nunca lo que viene. Porque, sí, las tiendas cierran a un ritmo frenético, pero no más que al que aumenta el número de almacenes en los polígonos con su ejército de repartidores a domicilio. 

Lo que me llama la atención de todo esto es la irreprimible tendencia que tenemos los humanos a la nostalgia de lo que se va porque es superado por lo que viene. Ya, pero a mí me gustaba más como era antes, las calles llenas de escaparates rutilantes y la gente entrando y saliendo con bolsas y todo eso, te dicen como queriendo dar a entender que el mundo va a peor. Y vas y les contestas, ¡ah!, pues yo todo lo compro por internet, y, entonces, van y te dicen que eres un moderno en su acepción peyorativa. Como despreciando por falta de autenticidad. 

Sí, los cambios nos angustian y una forma de aliviarse es argumentar que son para peor. Es una ridiculez que sitúa al que la sostiene a las puertas del reino de los muertos vivientes. Ese reino sustentado en la infantil filosofía del me gusta o no me gusta. Y punto. La sensaciones que dicen, como si los muertos pudiesen sentir. Es muy complicado todo esto de la adaptación a lo que se mueve. Porque, además, todo se va decantando del lado de una mayor sofisticación, es decir, de un traslado del esfuerzo desde los músculos hacia el espíritu. ¡Tela marinera! No, esto de la queja nunca va a cambiar porque es el único alivio del que disponen los que están de retirada. 

En cualquier caso, pete o no pete todo a causa de tanto progreso, entre comillas, lo que nunca va a suceder es que al ser humano vivo se le quiten las ganas de descubrir nuevos territorios. Y  no por nada sino porque, ni drogas ni sexo ni comida fusión ni leches, la madre de todos lo placeres es desvelar lo que siempre fue un misterio. Y misterio desvelado nueva conmoción del universo. Y así desde Altamira para acá, unos difrutando con el desvirgue y otros cagándose en la madre que parió a Galileo. En fin.  

viernes, 27 de enero de 2017

Solón a Trump

Cualquiera con dos dedos sabe que tarde o temprano se acaban torciendo las cosas. Se lo dijo Solón a Creso cuando éste no paraba de alardear de ser el hijo predilecto de la Fortuna: hasta el final de la partida no digas nada. Y, efectivamente, antes del final se pegó el castañazo. Pero bueno, saber estas cosas no nos obliga a pasarnos la vida con el culo prieto como parece que quieren que hagamos un montón de periodistas y políticos en la oposición que no paran de augurar el apocalipsis para mañana. No, mire usted, lo mismo que sabemos que las cosas acaban por torcerse, también sabemos que los terremotos se producen por lo general cuando menos se les espera. Todo en orden y ¡zas!, a tomar pol culo la bicicleta. Pero mientras tanto a disfrutar de la vida. Si es que puedes, claro está.

Porque hay que estar bien consigo mismo para eso. Si estás mal, cuanto peor mejor. Envilecerse es el único consuelo del desgraciado. Así funcionamos los seres humanos y es vital que lo tengamos en cuenta lo mismo cuando leemos los periódicos, vemos la televisión o, más importante, hablamos con las personas. Porque ahí es donde podemos hacer el payo. Intentar convencer con razones al cenizo, además de inútil, es puro sadismo. Es como querer convencer al tullido de que sería mejor para él caminar sin muletas. 

Hay mucho cenizo, sí, porque el clima favorece la cosecha. De setenta años para acá nunca se ha dejado de crecer. De crecer por fuera, bien sure. Se partía de muy abajo donde las tensiones de oxígeno son muy altas y el esfuerzo ni se nota. Pero a medida que se iba ascendiendo el oxígeno se enrrarecía y había que trabajar dos o tres para lo mismo que antes se conseguía con uno. Y a las alturas que ya vamos, ni te digo. Así que me parto de risa cada vez que oigo al idiota de turno decir que las clases medias se han empobrecido. No hay más que darse un paseo por ahí a cualquier hora para ver lo empobrecidas que están. Playas, bares, restaurantes, conciertos, teatros, vuelos, centros comerciales... hay que madrugar para coger sitio. Lo que pasa es que ya se quitó aquella sensación de poderío que suponía el superarse cada día por la cara como quien dice. Un flipar en colores que ha tornado al blanco y negro. La monotonía de cruzar el charco. Ahora, un pequeño pasito exige esfuerzos sobrehumanos y, además, no se nota porque el crecimiento ya sólo puede ser hacia dentro. 

Ahora hay un repunte de la ola ceniza porque Trump con su histrionismo se lo ha puesto a huevo. Pero en realidad, si no ando equivocado, lo que está pasando es que unos desalmados están recordando al mundo que ya no se puede seguir avanzando si no es partiéndose el alma a trabajar. Por así decirlo, si no dominas el cálculo estarás condenado a sentirte un mierda. A no entender nada y dedicar el día a pasear por ahí tu complejo de justificación. Y no hay más tu tía, y el que no se lo crea que procure enterarse cómo enseñan en las escuelas chinas y que se ponga a temblar porque de china a aquí apenas son seis horas de viaje. 

El caso es que ya he escuchado a personas de criterio decir que DT se ha rodeado de gente muy competente. Mucho más competentes que los que rodeaban a Obama, remachan. En fin, vamos a ver, pero en cualquier caso la clase media no creo que esté empobrecida. Más bien, quizá, idiotizada de tanto favor de la Fortuna. Como Creso. 

jueves, 26 de enero de 2017

Miscelánea

El arco que separa los dos comedores que hay en el kan de Dueñas generalmente está medio tapado por una gran pantalla en la que sólo se emiten deportes. Los camareros se tienen que agachar bastante para pasar por allí cargados de platos. Es una gran cosa que haya lugares así, sin la contaminación cancerígena de la constante opinión política. Cuando llegué al lugar, al mediodía, había un ambiente de sana exaltación patriótica por el simple hecho de que toda la clientela había estado observando con respiración contenida cómo Nadal derrotaba limpiamente a su contrincante. Después, mientras el personal comentaba lo cojonudos que somos, empezaron los preparativos para una competición en la nieve. Era digno de ver el ejercito de empleados que preparaba las pistas. Luego los atletas de turno se deslizaban por ellas con un rifle -de precisión, me ilustró el camarero- a la espalda. Cuando llegaban abajo se extendían sobre la nieve y disparaba a una diana. La gente lo miraba a medio interés ya que el otro medio lo tenían puesto en los pinchos de pollo adobado a la brasa que hay que reconocer son un gran invento. No quise postre por no abusar, así que pedí un café en la barra y salí a la terraza a tomarlo bajo el sol de enero. Estaba aquello animado con la gente que había salido a fumar  y, luego, con el runrún de las palas de AGROPAL que seguían trabajando al otro lado del seto. Un momento de absoluta plenitud. 

Fui y vine por el canal. En total, cuarenta kilómetros o así en los que sólo me topé con un tipo que venía cargado hasta los topes. Paré a conversar con él. Era un francés de mi edad y complexión y también con barbita blanca y gafas. Hablaba perfectamente español y llevaba varios meses recorriendo España. Iba a Palencia a visitar a unos amigos. Mira qué bien, pensaba mientras le escuchaba, yo podría hacer exactamente lo mismo recorriendo Francia. Aunque no tengo amigos a los que visitar allí y, por otro lado, qué iba a hacer con mi guitarra y demás otros gadgets que sí me faltan cuando me levanto es como si me hubiesen amputado un miembro. No, más de una semana por ahí no me lo aguanta el body. 

Por otro lado, aquí estoy, una mañana cualquiera de las pocas o muchas que me quedan por disfrutar. Recién desayunado me enfrento al despliegue digital y, así, de entrada, veo que Joaquín Leguina rellena hoy la prestigiosa tercera de ABC. No es país para viejos, titula su artículo remedando una famosa película de los hermanos Coen. Leguina, un viejo socialista, por decir algo. El llanto por un mundo révolue. Nostalgia de cuando ibas a tu sucursal bancaria, ponías el codo en el mostrador y te tirabas media hora charlando con el empleado. Los viejos, según él, no pueden aprender a manejarse por si mismos en este mundo digital. Lo que no nos aclara es el porqué de que no puedan. Típico socialista: Jeremías siempre por delante. Supongo que es por lo de su nicho de votos: "Vagos all over de world, unite". Un artículo en definitiva para consumo de muertos vivientes. 

También me entero de que ha muerto Mary Tyler Moore. Ley de vida, pero no puedo olvidar que disfrutaba viéndola. Una mujer de la que era fácil enamorarse. Y luego, como el que no quiere la cosa, que resulta que en ese restaurante frente al Santuario de la Bien Aparecida, del que tanto nos ha hablado Isi, hacen las mejores croquetas del mundo. Pues habrá que ir, porque donde esté una buena croqueta que se quite todo lo demás. Y para terminar un artículo de Rosa Belmonte que no es de izquierdas, de derechas ni de nada que suponga ser un perfecto imbécil como señalaba Ortega. Rosa es, simplemente, una mujer de su tiempo. Conviene leerla. 

En fin, vamos a ver en qué echamos el día, porque anuncian lluvias inclementes.   

miércoles, 25 de enero de 2017

Socratines no más.

Ayer, siguiendo las indicaciones de Arcadi Espada, leí con suma atención la entrevista a un especialista en redes digitales llamado Martin Hilbert. Pues bien, por fin me he podido enterar con cierta fiabilidad de por qué ganaron las elecciones, primero Obama y después Donald Trump. Sencillamente, ellos sabían donde estaba la información necesaria para seducir a los votantes. Sus rivales, no. O no tenían dinero para comprarla.

El asunto en cuestión no es otro que, ahora mismo, cuando estoy escribiendo esto, estoy dejando un rastro que Google, la empresa que me proporciona gratis esta plataforma, no desprecia en absoluto. Al revés, lo coge, lo agarra y lo mete en un procesador llamado Deep Lerning donde lo baraja con otros miles de millones de rastros a la búsqueda de coincidencias. Al final, con todos los rastros que vamos dejando, miles al día, los Deep Lerning nos tienen perfectamente calados y saben como se tienen que dirigir a ti para gustarte y con quienes te tienen que relacionar para que te encuentres a gusto. Es absolutamente perverso si ustedes quieren, pero no más que cualquier otro de los grandes inventos de la humanidad. Nos tendremos que adaptar a él con sus ventajas e inconvenientes. Lo único molesto es que al principio, hasta que nos habituemos a su uso habrá que pasar por una especie de "uvas de la ira", es decir, vivir sometidos al desorden que crean los espabilados que se enteran primero que nadie de por dónde van a ir las cosas en el futuro. 

La cosa de Trump parece clara. Como el hombre es espabilado y rico no sólo conocía la existencia de Cambridge Analytica sino que también tenía el dinero necesario, una pasta, para comprar sus servicios. Cambridge Analytica es el resultado de los estudios de un tipo que veía crecer la hierba. Tomaba 100 o 200 likes -esa exhibición de nuestros gustos que hacemos inocentemente después de leer cualquier comentario en los foros- de un individuo concreto y con ellos le creaba un perfil psicológico. Ni que decir tiene que el perfil resultaba mil veces más fiable que los hasta entonces creados por los métodos habituales. Los tests y todo eso. Al final Trump fue a las elecciones con el perfil psicológico de 250 millones de americanos en el bolsillo. Sabía exactamente lo que tenía que decir a cada uno de ellos para gustarle. Bueno, no era el demonio Trump, a menor escala lo había hecho unos años antes Obama. 

Así corre el mundo, compañeros. Cada uno de nosotros estamos más fichados que el culo de la Kardashian. Nada de lo que preocuparse, por tanto, pero sí aprender ya de una vez por todas a tomar distancia de este circo político que llaman democracia. Hay demasiado conocimiento ya como para andar soportando las pavadas del Patxi de turno. Que dejen a la gente competente organizar esto y nosotros a mutar en socratines. Es decir, lo que quería Pessoa, que dediquemos nuestras vidas a cambiarnos a nosotros mismos. Para ser mejores, claro está.  

martes, 24 de enero de 2017

Complejo de justificación

 Estaba anoche mirando la tele con el típico desinterés de los días tontos cuando caí en la cuenta de que estaba contemplando algo de sumo interés. Era un documental sobre un actor-director senegalés llamado Sembene. El hombre estaba dirigiendo una docupelícula en su país y algunas de las escenas del rodaje que mostraron eran de lo más brutal que se haya visto nunca en una pantalla. Una paliza dada por un marido a su mujer mientras las mujeres del pueblo coreaban cada latigazo. Una escisión a una niña que en la realidad había sido escisionada unos días antes y creía que le iban a hacer otra vez lo mismo ante las cámaras. Cosas así que al ser vistas por todo África han tenido un efecto taumatúrgico en general, pero sobre todo, como no podía ser menos, entre las mujeres que han tomado esa película como una bandera de enganche para su liberación de las viejas costumbres. La escena de la niña, por cierto, fue criticadísima por las feministas del primer mundo a causa del sufrimiento infringido a la niña. Pero Sembene tenía su argumento: dos minutos de terror de esa niña podían evitar horas de horror a millones de mujeres. 

Pero hubo un pasaje que me dejó clavado por la agudeza del diagnóstico que aplicó a una mujer que, en realidad, somos todas las personas desastres del mundo y yo el primero. Había Sambene dado órdenes el día anterior a sus ayudantes para que rapasen la cabeza a la niña que iba a interpretar la escisión. Pues bien, al comenzar el rodaje se dio cuenta de que la niña seguía con sus pelos. Hubo que perder tiempo, entonces, para ejecutar el rapado y Sambene se cabreó y echó un rapapolvos a su ayudante. Su ayudante, una señora del montón, en respuesta sacó toda su artillería de excusas justificatorias. Sambene explotó entonces y la dijo de malos modos que estaba enferma del complejo de justificación. 

Me quedé con la copla: complejo de justificación. He ahí uno de los trastornos mentales más dañinos y extendidos y que, por contra, menos atención se le presta. No quiero ni pensar, por no deprimirme, en lo mucho mejor que sin la menor duda hubiese sido mi vida si en mi educación infantil se hubiese introducido la lección para aprender a identificar ese síndrome maligno. La forja del carácter que se dice. Si a uno no le afean las excusas, aún en el caso de que tengan cierta consistencia, acaba por ser un fofo condenado a la irrelevancia. Si uno se equivoca, lo correcto es pedir perdón, sufrir las consecuencias en silencio y añadir lo acontecido al acerbo de experiencias con potencial liberador. Es la receta para no ser el burro que tropieza dos veces en la misma piedra. Para madurar sin podredumbre. 

La verdad es que anoche estaba muy sensible porque venía de sufrir la zurra que supone pasar unas cuantas horas leyendo La Rebelión. Como todos los buenos libros es un espejo implacable del que no puedes escapar. Te está obligando continuamente a reconocerte en lo que eres y eso es más de lo que un titán puede soportar. No digo ya lo que puede llegar a sufrir un mierda como yo. Te das cuenta de que has tenido una vida que no hay por donde cogerla. Siempre fingíéndose frívolamente a sí misma a modo de autoengaño para no caer desmoronada. Es la mayor plaga mundial. La puta autocomplacencia de los petits, desertores de todas las batallas importantes. Pacifistas, bien sure

En fin, no quiero seguir autoflagelándome porque ya no es tiempo para ello, pero, en cualquier caso, no me voy a sentir orgulloso del uso que hice de los talentos que me regalaron al nacer. Que fueron muchos. 

lunes, 23 de enero de 2017

Ponerse a algo

Siempre he sido un zote para las lenguas. Incluso con la mía tengo que hacer grandes esfuerzos para no parecer disléxico. Sin embargo, de las varias que conozco algo se me han pegado por lo que sea palabras y expresiones que me agrada usar en sustitución de sus homónimas españolas. No es algo original, desde luego, ni tampoco pedante pienso; simplemente es como si el inconsciente se liberase de ataduras: como si la palabra extraña aprendida expresara con mayor fuerza o gracia lo que quieres decir. Así, hoy, estos días, me viene con insistencia a la mente la catalana enrenou para un mejor englobar todo este follón estéril que hay montado en el mundo a causa de las bravatas de un friky histriónico. En fin, apuesto lo que quieran a que pocas nueces. 

Así, harto ya de perder el tiempo con espectáculos repetitivos decidí, como les había anunciado, volver a mis andadas, es decir, a los clásicos que son, no lo olviden nunca, como el algodón del anuncio, o sea, que nunca defraudan. La Rebelión de las Masas. Avanzaba por sus páginas y no podía dejar de pensar hasta qué punto mi pensar habitual está infiltrado por las ideas que de ellas se desprenden. Así, lo justo sería decir, que mucho de lo que aquí les cuento no es sino repetición de lorito de un saber prestado. Me explico y perdonen:

"La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde; a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia. Por un lado, vivir es algo que cada cual hace por sí y para sí. Por otro lado, si esa vida mía, que solo a mí me importa, no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión y sin "forma". Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse. Todos los imperativos, todas las órdenes, han quedado en suspenso. Parece que la situación debía ser ideal, pues cada vida queda en absoluta franquicia para hacer lo que le venga en gana, para vacar a sí misma. Lo mismo cada pueblo. Europa ha aflojado su presión sobre el mundo. Pero el resultado ha sido contrario a lo que podía esperarse. Librada a sí misma, cada vida se queda en sí misma, vacía, sin tener qué hacer. Y como ha de llenarse con algo, se finge frívolamente a sí misma, se dedica a falsas ocupaciones, que nada íntimo, sincero, impone. Hoy es una cosa, mañana otra, opuesta a la primera. Está perdida al encontrarse sola consigo. El egoísmo es laberíntico. Se comprende. Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida, egoístamente no avanzo, no voy a ninguna parte. Doy vueltas y revueltas en un mismo lugar. Esto es el laberinto, un camino que no lleva a nada, que se pierde en si mismo, de puro no ser más que caminar dentro de sí."  

No otro fue el consejo que Alberto, la más orteguiana de todas las personas que he conocido, dio a los niños del barrio como despedida de una vida entregada: estar a lo que estáis, les dijo.   

domingo, 22 de enero de 2017

La Rebelión revisited

Creo recordar que uno de los tres curas que echaron su parlamento cuando lo de la entronización de Trump vino a decir algo así como que cada generación tiene que luchar para reconquistar la libertad. Porque la libertad es algo que inexorablemente tiende a perder calidad con el tiempo. No puedo estar más de acuerdo con esa apreciación. Debe de tener que ver con esa cosa freudiana de matar al padre. A la mía, mi generación digo, se lo pusieron en bandeja, con los estertores de un régimen que ya había cumplido su ciclo. Así fue que nos pegamos por la cara un atracón de épica que, a la postre, es el mejor alimento para consolidar autoestimas y poder instalarse después en un conservadurismo castrador que no tiene otra finalidad que dar motivos de rebeldía a la generación siguiente. La verdad es que no sé como habrán ido las cosas. Unos dicen que la épica de nuestros hijos ha sido el botellón y de ahí estos lodos. No estoy convencido en absoluto de que haya sido así. Estos lodos seguramente proceden de la revolución del conocimiento que han protagonizado los mejores de entre estos chicos. Quizá la revolución más discriminatoria de la historia de la humanidad. Porque es un carro que pasa tan veloz que sólo los muy ágiles se pueden subir a él. Efectivamente, han dejado el mundo partido en dos. Miren el mapa de las últimas elecciones en EEUU y se darán cuenta de qué no estoy hablando por hablar. 

Si se fijan, allí donde están los grandes centros mundiales del conocimiento, California, New York, Massachusetts, Illinois, la candidata Clinton se lo llevó de calle. Claro, es muy fácil ser cosmopolita cuando sabes. Con conocimiento el mundo es un pañuelo. Pero explícaselo eso a un proscrito. A él que no le saquen de su querido pueblo. Perros de paja. Sí, me parece que nunca ha estado tan decisivamente decantado a un lado y otro el mundo como después de esta revolución. Alfas y épsilons como previó Huxley. Y no sé si al final la cosa no va a tener otra solución que revisar de arriba abajo el actual concepto de democracia. Porque no nos hagamos ilusiones: por mucho que se invierta en educación los épsilons siempre serán la inmensa mayoría. Una mayoría infeliz porque todavía no se ha inventado un soma eficaz para aliviarles las envidias, rencores y frustraciones varias. 

No sé, pero no las tengo todas conmigo respecto a que al final de mi vida no vayamos a volver a las andadas. Oí a Trump decir no sé qué de Movimiento. Creo que lo mejor que voy a poder hacer es volver a leer La Rebelión de las Masas. A ver qué saco en limpio esta vez.      

sábado, 21 de enero de 2017

Y to la hostia

Al estilo de los emperadores romanos tal y como Holywood ha hecho creer al mundo que era. Cuando Cesar da la bienvenida a Cleopatra en Roma. Ayer, la toma de la Bastilla en Washington que, Trump mediante, volverá a tener el recreo y to la hostia de una culta población. No cabe la menor duda, los tupés voladizos son el futuro. 

Como espectáculo, un verdadero tostón. La liturgia del poder convertida en mascarada. Proclamando al mundo una cosa y haciendo exactamente la contraria. Devolver el poder al pueblo. Desde este mismo momento, como dijo el interfecto poniendo caritas. No había más que ver a su familia detrás de él con sus modelitos pret a porter para darse cuenta a qué se estaba refiriendo cuando decía pueblo. La impresión que saqué es que la vergüenza toda se ha escurrido por las grietas de la democracia. El afán de ganar dinero, como cuando el becerro de oro, ha roto todos los diques de contención y ya la única esperanza es que baje un Moisés del monte a estrellar las tablas de la ley sobre el dorado tupé del Presidente. 

Siempre es igual y todo lo que sube, baja. Y quizá lo ayer visto no sea otra cosa que la constatación de esa ley inexorable. La impresión, siempre la impresión, que saqué fue la de una imparable decadencia. La decadencia del todo frente al auge de las partes. El triunfo de la Helade. La ciudades estado compitiendo fieramente entre ellas para una mejor supervivencia. Otras guerras del Peloponeso, esperemos que sólo con las armas del espíritu. 

No sé, pero me parece a mí que está muy bien esto de Europa. No creo que tengamos que envidiar nada a nadie. Y quizá que Inglaterra se quiera borrar del proyecto común sea el comienzo de una marcha atrás liberadora. Son tiempos ya en que para nada tendría que ser preciso la visualización de un poder omnímodo para que las partes se entiendan. Tu en tu casa, yo en la mía, y la cordura en la de todos. Ni Bruselas ni leches. Con las leyes de la libre circulación de bienes y servicios sobra y basta. Y el que no quiera someterse a esa agonía redentora que se conforme con su miserable limbo. 

En fin, el mito de los superpoderes, ¡por Dios bendito, pero que coño mierda es esa del baldaquino de Bernini frente a la Identidad de Euler! Ya está bien de dar pábulo a la chusma. Ha llegado la hora de los que dominan el cálculo. Lo dice Sal Khan y yo le creo.  

viernes, 20 de enero de 2017

Píctima y confortativo


"Cuando don Quijote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro y que los espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías, y volviéndose a Sancho le dijo:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

—Con todo eso —dijo Sancho— que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere, que no siempre hemos de hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas donde nos apaleen."


Siempre tengo a la vista en el armario de la memoria este parlamento entre dos concepciones de la vida tan antitéticas como complementarias. La una sin la otra y no fuera posible entender algo del mundo. Le revisité ayer cuando, mientras sesteaba, vi por la tele a Melania Trump y creí oírla que decía desde un atril puesto al efecto que, a partir de mañana, por hoy, volveremos a ser libres. La verdad, me quedé un poco de piedra por la osadía, pero, por otra parte ya sé que esta gente viene pegando duro en lo que al lenguaje hace, que en lo demás, esperar para ver. Porque anda esta familia Trump en plan "las bodas fueron en Burgos, las tornabodas en Lara" olvidando de puro satisfechos que están de sí mismos que por el camino, en Barbadillo del Pez, por un incidente de nada empezó a armarse la tragedia. Y es que hay que ver lo susceptibles que se vuelven los colmados de ufanía. 

Melanía sin duda es una tocha, como lo era Hitler, el mierda ese de la coleta, y todo el demás montón de indeseables que buscan imponerse por el simple procedimiento de ir por los pueblos vendiendo la pócima curalotodo. Ese confortativo que rápidamente se ponen sobre el pecho todos los Sanchos para lo que se pueda ofrecer, pero sobre todo para eximirse de toda responsabilidad sobre los propios males, que ahí es en donde más duele si se toma conciencia de ello. 

Siempre, al respecto, digo yo, ha sido igual el mundo. Al que esta mal consigo mismo le importa un carajo la libertad. Lo unico que quiere es la pócima sagrada. Y que maten al señorito que se está interponiendo entre su sufrimiento y su remedio. Y nunca ha faltado, ni falta, ni faltará, el listillo de turno que dice que él sabe donde está la pócima y como matar al señorito que la tiene secuestrada. 

Porque esa es la cuestión tremendamente desmoralizante, la enorme cantidad de desgraciados que se arrastran por el mundo. Y no porque a la mayoría de ellos les falte el sustento, no, es por algo más existencial, por la puta autoestima que no quiere caer del cielo. Uno lo puede comprobar fácilmente con los instrumentos que nos aporta la contemporaneidad: cojan, agarren y váyanse a husmear por entre los foros que se suscitan por las más diversas noticias. No les costará comprobar que por cada intervención racional hay diez cargadas de odio y estupidez. Animalistas, feministas, ecologistas, churrigueristas, el sujeto de su obsesión es lo de menos, lo importante es que todos coinciden en lo mismo: su alivio pasa por quitarte a ti la libertad. 

Ya lo dijo Lenin: ¿Libertad, para qué? Pues hombre, le contestaría yo, para comer asado de perro si es que así me apetece. Y que nadie me venga a dar el coñazo después. O es que no está en la ley de Dios que unas especies vivan de comer a las otras. ¡Anda pa ya con tus pócimas y déjame que me envenene con la mía!

jueves, 19 de enero de 2017

Farewell

Ayer por la tarde pasé un rato bueno, muy emotivo, viendo y escuchando al Sr. Obama en su última rueda de prensa en la Casa Blanca. Ya he dicho que no tengo ni idea de lo que habrá acertado o errado en sus funciones de Presidente porque, entre otras cosas, eso lo tendrá que decidir el paso del tiempo. Y si no, recuerden al que, según el antiguo independiente de la mañana, actual global, era manifiestamente retrasado mental, el Sr. Reagan. Pues no, la historia ha desmentido al independiente global y señala que el Sr. Reagan fue un magnífico presidente. Y los del independiente global, claro, llamándose andana. Lo mismo que se van a llamar, supongo, todos esos que escriben inflamados discursos sobre la incompetencia del Sr. Obama. Una vez más ha sido, como seguirá siendo for ever, la asquerosidad de la ideología imponiéndose sobre la cordura y discreción. ¡Dios mío, por qué le costará tanto a la humanidad sacarse esa mugre de encima!

Pasé un buen rato porque entre mis primeras preferencias está la de escuchar a cualquiera que me parezca que sabe explicar las cosas. Nadie me podrá quitar de la cabeza que el tener acceso a un buen profesor es de los mayores regalos que te puede hacer el cielo. Un buen profesor que, antes de empezar a hablar, se toma un tiempo para pensar lo que va a decir. Los ritmos de la oratoria son definitivos para dar o no credibilidad a lo que se está diciendo. Vean y escuchen, si no, el comentadísimo discurso sobre el brexit que hizo el otro día la Sra. May y comprobarán por su prosodia que ni ella misma se creía lo que estaba diciendo. Y no hace falta ser discípulo de Linceo para darse cuenta de estas cosas; simplemente es instintivo. Quizá porque el razonar exige un ritmo que es, precisamente, el que sabe marcar un buen profesor. 

Obama, como cualquier buen maestro, da la sensación cuando habla de no decir las cosas de carretilla. El que le escucha no se podrá dormir en los laureles si le quiere seguir. Cada frase es meditada y por eso siempre suelen quedar parcelas en suspenso. Lo que peor, en definitiva, soportan las mentes pequeñas. Él no viene a confirmarte en tus pensamientos sino a hacerte pensar. Es como un guerrero contra el dogmatismo con sus armas, la historia, la filosofía, siempre afiladas. Lo que es nunca se puede valorar sin tener en cuenta lo que ha sido. Y lo que es es la evidencia de los hechos y no de las suposiciones o conjeturas. Eso queda para lo que quizá sea mañana que nunca nadie podrá saberlo a ciencia cierta. 

Hombre de lecturas, hombre de escritura. Me recuerda mucho a su lejano antecesor en el cargo, Sr. Jefferson, cuyas memorias debieran ser de obligada lectura para cualquiera que guste osar la emisión de juicios sobre la cosa pública. Tener una somera idea de lo complejo que es incluso lo que parece más sencillo hace a cualquiera mucho más cauto a la hora de opinar. Cauto y, sobre todo, distante -apolíneo- que es precisamente de lo que algunos acusan a Obama. Claro que con esa pamema tan de moda que llaman empatía no me extraña nada. La chusma siempre se deleitó y se deleitará en la cercanía. La disolvente promiscuidad. El deleitoso husmear ojetes y cacas. Como Hitler. 

Leer y escribir. Sobre todo escribir, no lo duden. Les recomiendo vivamente que lean lo que opina Obama sobre la práctica de esa actividad tan al alcance de cualquiera. Papel y lapiz. Ya he contado muchas veces mi experiencia al respecto, pero me doy cuenta de que las ideas sólo calan cuando las respalda la autoridad. Y Obama la tiene para dar y tomar. Se lo aseguro. En fin, que tenía que venir Trump, quizá, por esa necesidad que tiene la naturaleza de compensarlo todo. Esperar para ver. 

miércoles, 18 de enero de 2017

Tour de force

Siempre he pensado, y lo he dicho varias veces, que el mayor logro de la especie humana es la idea de Dios, con mayúscula por supuesto. Quizá haya sido algo instintivo porque no sé de grupo étnico en el mundo que no haya fundamentado su cohesión social con la invención de una teogonia. Sea como sea, pintoresco o extrafalario, siempre aparece un deus ex machina, como dicen los cultos, para explicar todo lo inexplicable y dejar al personal tranquilo. Un primer paso imprescindible para poder desarrollarse, en definitiva.

El segundo, diría yo, es la invención del dinero. La medida de todas las cosas. O de casi todas, para que no se ofendan los puros de corazón. El precio de cualquier cosa marca su valor en el momento preciso que la deseas. Puedes filosofar todo lo que quieras al respecto, pero un deseo es un deseo y sólo le puedes satisfacer pagando el precio convenido. Su valor real puede ser una porquería, pero en la vida, al final, lo que cuenta es el valor simbólico. Si a ti se te mete en la mollera afianzar tu autoestima con un collar de perlas, una perfecta pavada se mire como se mire, pues andarás cabizbajo si no tienes los veinte mil dolares que vale el invento. En fin, qué les voy a contar que no sepan al respecto.

El caso es que me crié en una cultura donde se acostumbraba a considerar el dinero como algo sucio. Cosa de judíos en su concepción peyorativa. Premisa indispensable para ser medianamente decente era no tener la menor avidez por el vil metal, como se decía. Ya saben, de los curas a los aparatich, siempre impartiendo doctrina al respecto a las almas cándidas. Pero, claro, un día vas y cobras la primera nómina y de inmediato caes en la cuenta de lo que es la verdadera felicidad. ¡Tremenda constatación, compañero! Y a partir de ahí ya la vida es otra cosa completamente diferente. Como que tomas conciencia de ti mismo como individuo. Sujeto de decisiones y, por ende, de responsabilidades. A la postre, acabas sabiendo que vales lo que ganas. Todo lo demás hueca retórica. 

Bien, pues nunca he ganado mucho y eso es exactamente lo que he valido para el común de los mortales. Sin embargo, salvo una o dos ocasiones de desafortunada locura, nunca he echado en falta ganar más. Digamos que siempre he tenido suficiente para las necesidades que deseaba satisfacer. Incluso puedo añadir que desde hace más de treinta años ni queriendo podía gastar lo que ganaba. Me sobraba todos los días y así ha sido que acabase haciendo un capitalito. Otro quebradero de cabeza más que nada. Pero, de ahí, de los quebraderos es precisamente de donde surge la más valiosa experiencia. Así ha sido que ese capitalito me ha ayudado a entender, o a creer que entiendo, determinados aspectos de la realidad que tienen que ver con el principio de incertidumbre, es decir la auténtica madre del cordero de todas nuestras esperanzas y frustraciones. Ese capitalito le he venido empleando en el juego, esa actividad absolutamente aleatoria que en nuestra ingenuidad, o wishful thinking, pretendemos tener controlada, por lo menos en parte, con nuestros sofisticados conocimientos. 

Ya les conté un día a propósito de un libro que me envió Jacobo que se titulaba "Against Gods" Es la historia del descubrimiento y desarrollo de la estadística. O sea, del intento de introducir algún tipo de racionalidad en el azar. Cualquier fenómeno, que suban o bajen las acciones, por ir al grano, esta sujeto al capricho con el que interactuan millones de variables. Unas son más importantes y otras menos. Y así, pensamos que si desciframos cuales son las más importantes y sabemos lo más posible sobre el mayor número de ellas, podremos establecer un tour de force con los dioses y quizá ganarles la partida. 

Y esa es la cuestión, que ese tour de force es absolutamente agotador. Tienes que estar todo el día al loro de que una mariposa no aletee en Canadá para que las acciones del Santander no se desmoronen. Un verdadero coñazo, pero en el entretanto escuchas las opiniones de los gurús y te vas quedando con la copla: hagas lo que hagas siempre irás más a ciegas que viendo y, por tanto, siempre son los dioses los que tienen la última palabra. 

En resumidas cuentas, que he decidido bajarme de ese tranvía porque ya he comprobado que no me lleva a parte alguna de provecho. 

martes, 17 de enero de 2017

Tejimanejes

El otro día, a instancias de Jacobo, vi una película sobre Ramanujan, un matemático indio de principios del XX que le llevaron a Cambridge y se agarró una tuberculosis que le costó la vida. Ahora veo constantemente publicidad sobre otra película que cuenta la vida de una negrita que fue decisiva para poder mandar los Apolos a la luna. Supongo que con tal insistencia nos quieren decir que en cualquier sitio y de cualquier procedencia puede salir una cabeza privilegiada para el pensamiento abstracto,o sea, para el pensamiento. 

Que los pensadores puros se conviertan en los héroes de la epopeya debiera ser algo que nos tendría que llenar de esperanza respecto de la burricie con la que nos quieren complicar la vida los burros, a saber, los políticos y los periodistas. Y no es que no sepa yo que hay políticos y periodistas con notables capacidades intelectuales, pero no nos engañemos, son pocos y quedan diluidos en el marasmo de incompetencia que les rodea. Ahí tienen, por señalar a alguien, a Patxi, el vasco pues, que, aparte de tener diez mil cedes y vinilos de los Rollings y por el estilo, aporta por todo currículum profesional un documento de ingreso en preparatorio de perito industrial. El chaval hizo cola para matricularse y después se fue directo a la agrupación del PSOE de su barrio a pegar sellos en las cartas. Como aquel personaje de Delibes en "el disputado voto del Sr. Cayo", que quería arreglar el mundo sin tener idea de su meteorología. De periodistas, mejor no hablar, porque. salvo excepciones, son los mayores expertos en confundir las conjeturas con los hechos, o sea, en mentir, barrer para casa o como le quieran llamar. 

Ahora, en estos días que corren tenemos una muestra palpable de hasta qué punto son despreciables esos dos colectivos. Es el caso que aún colea gracias a ellos aquel accidente de avión que le costó la vida a un grupo de soldados. Ahora, los políticos en la oposición se rasgan las vestiduras porque no es el Presidente en persona el que pide perdón a los familiares de las víctimas. ¡Abracadabrante! Hay que pedir perdón por un accidente. A esto es a lo que hemos llegado gracias a estos hijos de la gran chingada. Han convencido a la chusma de que los accidentes tienen culpables. Un perfecto oximorón, pero como si nada. El ser humano, al parecer, ha llegado a tal grado de desarrollo que se puede equiparar a Dios. Nada puede escapar a su designio y por eso un accidente desgraciado no puede ser otra cosa que el producto de una maldad. Y lo peor del caso es que tal imbecilidad ha calado tan profundo en los espíritus que por ninguna parte se ven levantarse voces a favor de la cordura. Todos los grandes gurús de la opinión quieren que el asunto se cierre haciendo pasar por el aro al Presidente. ¡Que se humille, que carajo!  

Hay por lo visto uno que era el ministro de la cosa cuando el accidente de marras que es un indeseable por soberbio. Una apreciación subjetiva que al parecer vale un millón de veces más que la objetiva de que el payo en cuestión sea nada menos que Letrado del Consejo de Estado. Lo uno por lo otro, odio a muerte. Comparen con su antítesis Patxi, iletrado pero majete, todos le quieren para Presidente. De eso va la cosa y nuestros pensadores orgánicos son la madre del niño. No sé, quizá sea que todo estos tejimanejes tan omnipresentes no sean más que películas de entretenimiento, porque la realidad es que la nave va y no parece que directa al despeñadero como auguran los que están en la oposición, es decir, a verlas venir. En fin, en definitiva, para terminar, que si alguno de ustedes tiene un hijo que no sirve para nada ya sabe por donde le tiene que encaminar para que pueda acabar sintiendose orgulloso de él. O periodista o político. Mucho bar y poca aula.    

lunes, 16 de enero de 2017

Lo que hay

Me he pasado la vida, no digo que torturado, pero sí espoleado hasta la desesperación por la dialéctica -no sé si se podrá decir así- entre dos concepciones de la vida, la de la estabilidad por un lado y la de la provisionalidad por otro. Y así, en tal tesitura de indefinición me han llegado los años de la vejez sin que toda la experiencia acumulada al respecto me sirva de nada a efectos de encontrar el adecuado punto de equilibrio que se supone connatural a las edades provectas. 

Yo no sé hasta que punto tal disposición del ánimo es una patología o una bendición del cielo. A veces, cuando una permanencia se prolonga y me empieza a ganar el hastió y su consecuencia inmediata, las ganas de salir pitando, pienso que mi cabeza no tiene solución, pero, luego, cuando tras grandes insomnios consigo levantar el vuelo y depositarme en cualquier otro lado una especie de frenesí de explorador se apodera de mí y soy la persona más feliz del mundo. Bueno, supongo que a todo el mundo le pasará más o menos parecido aunque los mecanismos desencadenantes sean radicalmente distintos. Cosa de la condición humana en definitiva que no conviene enfrentar so pena de agarrarse cualquier cosa mala. 

Y así, ahora, que ya llevo casi un año pasando los amaneceres en esta sala luminosa de grandes ventanales a un paisaje de tejados y antenas, ya, me empieza a rondar el gusanillo de los nuevos horizontes. Reconozco que me inquieta, pero también me entretiene con la imaginación de opciones inéditas. Y no es que me deje ganar por la ingenuidad de las tierras prometidas. Ni mucho menos. Siempre he pensado que la única diversidad que existe en este mundo es la que cada uno lleva dentro de sí. Y a eso es a la que conviene atender. Descubrirla y acatarla quizá sea la única gran aventura posible. 

En fin, imposible saber lo que nos deparará el futuro. Provisionalidad forzosa que se compensa con pasajeros amagos de estabilidad. Y en el entretanto, unos cuantos asideros a los que agarrarse cuando el mar se pone bravo. Una llamada a los de siempre, una partitura en el atril, una cabalgada por la llanura infinita, una página en blanco, un embobamiento taoísta... y así vamos tirando.  

domingo, 15 de enero de 2017

El poder de la ortografía

Dicen por ahí que los jóvenes son cada vez más desafectos a la democracia. De ser verdad ese aserto a mí no me extraña un pelo. Porque los jóvenes de hoy día por lo general han visto bastante mundo y tienen muchos estudios. Y, claro, con ese bagaje van y se enteran de que un iletrado llamado Patxi López, o sea, lo pez que está Patxi, pretende gobernar este país, pues, que se les abren las carnes y piden que vuelva Franco aunque sea de cabo, como decían los Proscritos. 

A mí Patxi, tan vasco de toda la vida él, me recuerda mucho a uno de mi pueblo que le tocó hacer de coronel en una obra de teatro que organizó un cura majo de aquellos que había por aquel entonces. Pues bien, el guión asignaba al coronel la frase "les he dicho que se vayan" y el coronel, instintivamente sin duda, la transformó en "vus he dichu qui vus vaigais". Bueno, creo recordar que el actor de marras llegó a ser alcalde del pueblo. 

Patxi, el Presidente del Congreso que tuteaba a sus señorías. ¡Olle, si luego bamos a tomar unos binos hay en el bar, a que biene tanto remilgo! Gente majísima, eso es lo que es Patxi. Porque es de fachas pensar que sólo la gente con estudios, hijos de ricos sin duda, va a tener capacidades de liderazgo. Todo el mundo sabe que para mandar sólo hace falta empatizar, esa cosa nueva que es pero no es lo que antes se decía ser simpático. Todo cambia en fin, para que nada cambie. 

Me parece a mí que al final esto de derechas e izquierdas va a quedar sólo y exclusivamente en que los unos piden a sus líderes que tengan estudios y los otros que no los tengan. Parece una bobada, pero no lo es en absoluto. Porque es de sentido común que no se le puedan exigir las mismas responsabilidades a uno con estudios que a otro sin ellos. Si se equivoca uno con ellos, la responsabilidad inequivocamente es suya, y más si es hijo de ricos. Por contra, uno sin ellos bien podrá echar la culpa a la perversidad del sistema que, sí, de perverso siempre tiene algo según como se mire. Perverso por culpa de los ricos que mandan a sus hijos a estudiar a Jorgetaun, qué duda cabe.

Por cierto que yo tenía un compañero de universidad en Madrid que se llamaba Pachi y era vasco. Nos veíamos todas las semanas en El Español en los conciertos de la nueva Orquesta de Radiotelevisión Española que dirigía Igor Markievich. A Pachi sus padres vascos le habían mandado a estudiar el bachillerato, con otros vascos también, al Colegio Estudio que venía a ser una especie de continuación de lo que había sido la Institución Libre de Enseñanza. Aquellos vascos sí que eran majos y, sobre todo, preparados. Se les notaba sobre todo cuando había una asamblea de cariz político: nunca querían matar a nadie. Unos pijos en definitiva.

 Se imaginan por un momento ustedes lo que hubiese sido nuestro Patxi si en vez de Patxi fuese simplemente Pachi como su apellido y procedencia sugieren. Ni con cinco doctorados, entonces, hubiese llegado a lo que ha llegado. Y es que, hay que ver lo que tira la ortografía en la cosa de la empatización que le dicen.  

sábado, 14 de enero de 2017

Pensar

Leo en un periódico la reseña de un libro que ha escrito Houellebecq sobre su relación con Shopenhauer. La verdad es que son dos autores que están en mi larga lista de preferidos y puedo blasonar sin orgullo de tenerlos bastante trillados. Por eso es que puedo aventurar el juicio de que son un par de frikis acomplejados que vengan sus sufrimientos existenciales escupiendo al mundo la descarnada visión de la realidad que su pesimismo les proporciona. No olvidemos nunca que hay mentes ilustres que consideran el pesimismo, o la depresión, una especie de lente de aumento sobre la objetividad. Una distorsión, en definitiva, que tiende a resaltar los aspectos más en sintonía con su estado de ánimo predominante. El acomplejado, sabido de sobra es que suele descubrir su camuflada discapacidad principalmente por sus, digamos que poco naturales, relaciones con el sexo opuesto. De ahí su indisimulada misoginia, tan extraordinariamente racionalizada, que viene a ser como un banderín de enganche para los misóginos del mundo, verdadera legión que nunca cesa de crecer.

Y del sexo opuesto al propio. Desconfianza total en sus cualidades benéficas. Esa lealtad siempre traicionada. El hombre un lobo para el hombre. No en vano aprendió español Shopenhauer para mejor entender a Gracián. El Gran Onanista por Excelencia. Y así ha sido que mis dos comentados, tan queridos y valorados, hayan tirado por la calle del medio entregándose sin el menor pudor al amor ciego por los perros. Igual que Hitler por otra parte. Bien, mis cortas entendederas me dicen que husmear ojetes y excrementos, por placentero que pudiese parecer a primera vista, nunca servirá para nada a efectos de superar la adolescencia, es decir para aprender a valorar el efecto absolutamente benéfico que para la maduración de los individuos tienen esas que en principio parecen traiciones y al final sólo son reacciones naturales a tu infantil proceder. 

En fin, ni husmear ojetes ni ninguna de las maniobras dilatorias con las que intentamos disimular el miedo a enfrentarnos con nuestra congénita invalidez. Invalidez que, por lo general y teniendo en cuenta la propensión de la diosa Fortuna a compensarlo todo, será equilibrada con algún tipo de don que, debidamente cultivado, hará que el sufrimiento adquiera las proporciones adecuadas para sobrellevar la vida con cierta indignidad... que es lo bueno.  

Y menos mal que nos queda el Payohumberto, que si no... 

viernes, 13 de enero de 2017

El sobrao

Si no otra cosa, hay que reconocerle a Trump su habilidad para dinamizar la industria del entretenimiento. Y no me refiero a Hollywood y sus archiprevisibles productos sino a los cotidianos telediarios y demás debates televisivos que son los que se llevan la parte del león en lo que a ocupar el ingente ocio de las masas hace. Ahora da gusto colgarse de cualquiera de las generalistas de prestigio mundial porque no cesan de retransmitir el thriller en curso. Espias, putas, lluvias doradas y todo eso. Y de momento estamos en un crescendo que no parece tener fin. Así, puestos a poner título a la serie yo sugeriría "El sobrao". Y el tío tiene como setenta años y está obeso y no le pega un infarto ni na de na. Es como la furia de la naturaleza desatada. Y más emoción todavía por el enorme contraste tras la elegante discreción de los Obama. Un punto aburridos, la verdad. 

Claro que, puestos a titular, tampoco le iría mal "El Revulsivo". Por ejemplo, es que no hay algo de razonable en esa actitud fachendosa hacia los mejicanos. ¿Por qué Méjico lindo y querido, un país inmenso y con enormes recursos naturales y humanos no se puede hacer cargo de su gente? Pues no, parece ser que no puede y tiene que mandárselos al vecino del norte a hacer de puta por rastrojo cuando no de camello. ¿No será que quienes tienen que cambiar son los mejicanos? Hacer menos hijos y responsabilizarse más de ellos, por poner un ejemplo. Porque también va siendo hora de mirar las cosas de otra manera, menos amable sin duda,  pero, también, puede que más liberadora a la larga.

Con lo del Obamacare, tampoco las tengo todas conmigo. Ocuparse de las pobres gentes sin recursos me parece de perlas. Pero no es esta una cuestión mecánica que se pueda despachar a lo cristiano de base. Nunca se puede minusvalorar el trasfondo de envilecimiento que toda seguridad regalada promociona. Hay que tener en cuenta que un seguro médico cuesta una ínfima parte de lo que la inmensa mayoría se gasta en ocio. Así que tampoco convendría rasgarse las vestiduras porque el Estado emplease la sanidad como un elemento de pedagogía al obligar al ciudadano a elegir prioridades en su propio beneficio y seguridad. En fin, por pensar de vez en cuando, tampoco es que vaya a llegar el fin del mundo. 

Luego, todo eso de la deslocalización industrial también tiene su miga y tarde o temprano se irá resolviendo de una manera u otra que seguramente será la homogeneización de los salarios en el mundo. Porque si tanto nos estamos calentando no se puede negar que hay un fondo de irracionalidad en esa monstruosa industria del transporte. Consumir lo que se produce cerca parece lógico, pero, claro, las cosas son un poquito más complicadas y hay que leer un poco más a Adam Smith para no aventurar opiniones al respecto a la primera de cambio. Las reglas del comercio, como los designios de dios, son inexcrutables incluso para Trump que, por otro lado, supongo habrá oido hablar de Smith. 

Y así, entre unas cosas y otras este hombre está generando un exceso de irritación en sectores lo suficientemente poderosos como para provocarle grandes dolores de cabeza. Ayer ya escuchaba a los tertulianos de Washington aventurarse por los escurridizos terrenos del impeachment. Tampoco descartaría yo un tiro perdido a la vuelta de una esquina. Y adivina luego quién te dio... 

jueves, 12 de enero de 2017

Bulerías personales a toda la afición

Uno con los años, por fuerza, se hace economista. La energía empieza a escasear y si te queda algo en funcionamiento por ahí arriba tienes una tendencia innata a usarlo para hacer limpieza. Así es que para cuando te quieres dar cuenta ya te has quedado con las tres o cuatro cosas que en realidad han sido las que han configurado tu personalidad. ¿Y por qué esas y no otras? Digamos que por el querer de los dioses y punto.

El caso es que un buen día salí de casa con la guitarra en una mano y unas señas en la otra. Tomé el metro en dirección a Horta y, allí, a escasos metros de la estación estaba la pequeña tienda de instrumentos musicales de Juan Trilla. Entré y le dije que quería aprender algo de flamenco. Bajamos al sótano donde había tres o cuatro sillas de enea y otras tantas guitarras. Así empezó todo. Empezó a enseñarme y no creo que nunca hubiese tenido un alumno más torpe pero también más interesado. Y nunca, de allí en adelante, dejé de insistir en tratar de aprender algo del asunto. Y así, ahora, que ya casi todo me importa un bledo, sin embargo, mi afición por el flamenco está mas viva que nunca. Y ni te cuento lo que el youtube contribuye a ello. Encuentro ahí cientos de vídeos de gente por lo general más voluntariosa que dotada que quieren enseñarte lo que saben. Y así, insistiendo, es como he ido a dar con un personaje digamos que de leyenda: Payohumberto. 

A mi inmodesto parecer, Payohumberto es la versión anglosajona de Diego del Gastor. Y por eso tiene esa capacidad innata para el histrionismo y la pedagogía de primaria que le faltaba al maestro de maestros. Es posible que se trate de uno de aquellos chavales americanos que enrolados en el ejercito fueron a parar a la base de Morón de la Frontera y allí, en sus horas de ocio, frecuentase las ventas en que solía tocar Diego. Bueno, es sólo una historia que yo me monto para que me cuadren las piezas, porque la realidad es que el toque de Payohumberto tiene unas reminiscencias de Diego inconfundibles. 

En fin, ya digo, sea como sea, lo que quisiera resaltar es la importancia que tiene que de pronto venga alguien de allende los mares a recordarte la grandeza de lo que tienes en casa. Todavía recuerdo yo el desprecio que había en los medios llamados progresistas, por decir algo, hacia el mundo flamenco. Se consideraba la quinta esencia de lo cutre y, por demás, profundamente enraizado en el antiguo régimen. Era la clásica tontería sustentada en los tópicos de casta. Lo guay para aquella gente era el jazz y que a nadie se le ocurriese cuestionar semejante dogma porque automáticamente era expulsado a las tinieblas. Historias para no dormir, en definitiva, salidas del vientre de la ignorancia, el pegamento de las castas. 

Bueno, luego llegó Paco de Lucia y mandó parar. Y más desde que los progres se enteraron de que unos fachas le habían pegado una paliza en plena Gran Vía de Madrid, por unas declaraciones con bastante sentido simbólico que había hecho unos días antes. A partir de entonces se empezaron a notar algunos brotes de reconocimiento, pero muy a regañadientes. Lo que no sabían los progres, por aquello de que pertenecer a algo es andar por el mundo con anteojeras, es que el flamenco no sólo se trata de una música altamente sofisticada sino también una manera de entender la vida directamente relacionada con las más sabias filosofías de la antigüedad clásica. Donde, por así decirlo, el epicureismo y el estoicismo se funden en un abrazo sincrético... bueno, un poco rebuscado, pero ya me entienden. 

Anyway, el flamenco a la postre es lo que todas las músicas cultas. Una juerga flamenca no es en absoluto algo diferente a una suite barroca, es decir el origen de la música orquestal moderna. Un conjunto de danzas con una unidad interna y que comienzan por un tempo lento y van progresivamente lanzándose hasta llegar, ya sea la giga, ya la bulería. Luego claro, a medida que han ido pasando los siglos las armonías se han ido distorsionando a base de meter disonancias. Y así es que lo mismo que te puedes encontrar una Giga Melancólica de Manuel Ponce llena de diabolus in musica, también, si escuchas atentamente, podrás darte cuenta de que hay algo de los Estudios Simples de Leo Brawuer en las falsetas de Payohumberto. Como la vida misma, avance de la propia sofisticación en la medida que interactuas con elementos extraños. 

Ay, qué doló, qué doló/ hiciste la maleta sin deçirme adió. Puro psicoanálisis.     

miércoles, 11 de enero de 2017

Sobrevaloraciones

Nos pasamos la vida opinando de esto y aquello sin tener apenas información. Sabemos tres o cuatro cosas de lo que sea y, ya, con ello nos aventuramos a emitir un juicio. Algunas veces incluso un juicio rabioso, como si no tuviese vuelta de hoja. Claro, todo ello es simplemente una mezcla de ignorancia, falta de inteligencia y por supuesto de memoria. Por Dios, con lo fácil que sería tener en cuenta la cantidad de veces que hemos errado el tiro para ser más prudente a la hora de disparar. Pero no hay que hacerse ilusiones: la experiencia acumulada nos indica que la inmensa mayoría de las opiniones que se emiten están condicionadas, si no al cien por cien, casi, por el wishful thinking, es decir, por nuestras filias y fobias. Debe de ser uno de esos mecanismos que dispone la naturaleza para apuntalar nuestra inestabilidad congénita. 

Digo esto porque estos días que corren se oyen, o se leen, por ahí opiniones y artículos sobre Obama y Trump que parecen sacadas de disputas adolescentes en las que es sabido que el termino medio, por definición, no existe. Personalmente, el Sr. Obama me cae bien. Para empezar nunca le he visto en esa texitura tan presidencial que consiste en dejarse filmar mientras se acaricia a un perro. Y otro montón de gestos por el estilo. Así, por el material que dispongo sobre él, pienso que es el Presidente más elegante de todos los que he conocido. Después, sobre su acción de gobierno, bueno, las cosas no parece que vayan muy mal en su país ni tampoco en el mundo. Hay por ahí unas cuantas peleas de taberna bastante desagradables, pero en general los charts sobre la evolución del mundo parecen indicar un sesgo francamente favorable. 
Sin embargo, soy absolutamente consciente de que apenas sé cuatro cosas sobre ese señor y que con ellas no puedo ir más allá en mis opiniones que lo que brota de mi sentimiento. 

Por su parte Trump, me inspira una curiosidad casi malsana. No sé si es simplemente un pillo, un peligroso mesías, un venado cerebral (oximorón)... aunque me inclino a pensar en un tendero agresivo. Alguien, en cualquier caso, que promete mucho espectáculo, lo cual, según se mire, puede estar francamente bien porque esto se estaba poniendo ya de un aburrido casi suicida. Hemos venido tragando estas últimas décadas demasiada quina socialdemócrata, esa medicina que deja los encefalogramas planos. Que venga ahora un tipo y les diga a los actores de Hollywood, quintaesencia del buenismo, que están sobrevalorados no puede sino alegrar el espíritu de cualquiera que conserve un ápice de actividad cerebral. Y así un montón de salidas de pata de banco de cariz provocador que sólo a los tontos pueden indignar. En cualquier caso lo que de verdad cuenta es una biografía francamente epoustuflante. Tantos éxitos y fracasos y vuelta a empezar. Un tipo que no se rinde, sin duda.  

Esperar para ver, en cualquier caso sólo la espuma de los días. Porque todo eso de lo que creemos enterarnos sólo es espuma. Una valla para contener a los sudamericanos sólo es una quimera que llena millones de páginas informativas. Esa continua creación en el secretismo de los centros de investigación es la real sustancia de la que se compondrá el futuro. Y no hay más que eso, espuma sucia por encima y aguas inciertas por debajo. Lo que vemos y, sobre todo, lo que no vemos que, por supuesto, es lo verdaderamente interesante. Así que... me voy al super.  

lunes, 9 de enero de 2017

Pequeños nichos

Energía y conocimiento, dice Pinker, para crear pequeños nichos de convivencia. El resto siempre será desorden porque así lo determinan las leyes de la naturaleza, o de la termodinámica, la dichosa entropía que le dicen. Y es curioso que tenga que venir un nota con prestigio a decirnos con alambicadas teorías lo que todos sabemos por intuición. O por experiencia. Todo lo que hay de bueno en este mundo se lo debemos al estudio y lo demás, lo que hay alrededor, sólo pesadillas. Así es de cruel la naturaleza, una especie de festín en el que los comensales se comen unos a otros. Que no más es lo que contemplamos fascinados en nuestras sobremesas, en esos documentales de la sabana africana, el león que acecha al gamo, todo ello metáfora de lo que siempre está a punto de pasar en nuestros pequeños nichos cuando la energía decae y la decadencia asciende.

Sí, eso es lo que siempre digo, que convendría dejarse de tanta palabrería hueca, llamémosle política, y dedicar todo el esfuerzo mediático a hacer consciente al personal de todo lo que debe a la gente estudiosa. Porque ya está bien de todo ese simbolismo hueco que ensalza valores propios de las especies depredadoras. El futbolista, el cantante de rock, el actor de Holywood y demás mitos evanescentes lo único que aportan es la oscuridad que favorece los sueños destructivos.

En fin, les dejo, que se me va el AVE, ese gran nicho que te lleva a Madrid en hora y cuarto. ¡Cuánto estudio, my god!

Morcilla de Burgos

No es que en realidad me importe un bledo, pero como de algo tengo que escribir para calmar el ansia, hoy les voy a decir que si en mi mano estuviera mañana mismo convocaba el dichoso referendun que al parecer quieren la mayoría de los catalanes. Ya sé que va contra toda ley y razón, pero me da igual. Hay momentos en la vida que conviene tirar por la calle de en medio aún a sabiendas que así te partirás la crisma. Y sólo un resultado me produciría pesar: que no ganasen los secesionistas. Quiero fervientemente quitar lo más posible a esas gentes de mi vida. Porque he vivido entre ellos y sé que llevan la insatisfacción en sus genes. Haga el trato que haga un catalán, por definición, siempre pensará que está dando más de lo que recibe. Y eso le carcome. Y lo explicita con antipatía. No, no creo en absoluto que merezca la pena su compañía. En el fondo de todo ello no creo que haya otra cosa que el típico carácter de los niños malcriados, en este caso por una madre naturaleza excesivamente benéfica. 

Sabido es que Atenas fue lo que fue porque Cécrope la fundó en un lugar tan desafortunado que nadie la codició hasta que fue demasiado grande para pretenderla. A Castilla le pasó igual: nadie la quiso hasta que todo lo demás estaba lleno. Sólo la gente dura la resistía. Y así, de esa dureza salió una de las marcas de la humanidad con prestigio imperecedero. Vayas por donde vayas por el mundo, allí habrá vestigios de la marca Castilla, en forma de lengua pero también de valores. Que nadie se olvide que de aquí fue de donde salió en forma ya muy elaborada el derecho de gentes. Otros, más bocazas quizás, reivindican con denuedo ese logro, pero de nada les servirá hasta que no sepan ponerlo en práctica como se hace en Castilla desde hace siglos. 

Allá cada cual, en fin. A mí que me den este frío seco y luminoso y que se queden los otros con su tibieza húmeda y difuminada. Y cada uno en su casa y con muchas millas por el medio. Y que hagan el referendun y que le ganen por lo que Dios más quiera. Y que les den después morcilla. Incluso si quieren se la mandamos de la de Burgos para que vayan aprendiendo a valorar. 

domingo, 8 de enero de 2017

Debidamente acreditado

 No es que haya participado en el menor evento de todos los que se compone esta ordalía que se ha dado en llamar navidad. Pero ha dado igual porque he acabado como si me hubiese pasado una pisonadora por encima. Es lo que tiene el haber instalado la ergástula cabe una Calle Mayor, que te tienes que tragar todos los efectos colaterales. Los peces, los pastorcitos, la marimorena y los peines de la madre que parió al niño con la misma facilidad que un rayo de sol pasa por un cristal sin romperle ni mancharle. ¡Anda que ya son ganas de tergiversar! Con tal de vender la moto lo que sea. 

Sin embargo, no me quiero quejar. Ni mucho menos. Mis escasas neuronas me dan para comprender que todo esa desmesura no es sino orden. Porque, aparte del nada despreciable empujoncito que se da al PIB, luego está esa psicoterapia grupal que hacen la familias obligadas a una convivencia intensiva. Algo en definitiva, tan viejo como la humanidad, esa innata tendencia a acumular con las miras puestas en la fiesta que lima asperezas, estrecha lazos y engorda esperanzas. Por no hablar de la beneficiosa resaca que abre las puertas al camino de la introspección. 

Uno ya está acostumbrado a mirar todas estas cosas desde la distancia y con diferentes perspectivas. Tengan en cuenta mi privilegiada atalaya de fóbico social debidamente acreditado. Así es como he ido evolucionando año tras año desde el infantil rabioso rechazo a la juvenil provocación acusatoria, del maduro hastío contemporizador a la senil comprensiva indiferencia. Así, lo único que me queda ya para redondear es perder la vista. ¡Ojos que no ven...!

De este año no pasa que me lo monte para poner tierra por medio. 

sábado, 7 de enero de 2017

Aqueos

En Cervera el tiempo al mediodía era primaveral. Estuvimos echando la siesta en los bancos del parque como tantas veces en nuestras excursiones veraniegas. Un poco más abrigados, y esa fue toda la diferencia. Al fondo se veía el Curavacas nítido, sin un ápice de nieve, como aquel día, 9 de julio de 2009, que coroné su cima en compañía de Pedro: mi última gran hazaña. 

Sí, esos hitos de la vida, cuando afrontas un reto y, si hace falta, arriesgas la vida  para superarlo. Entonces es la épica, como si fueses un aqueo yendo a Troya a rescatar a Helena. La verdad, no puedo concebir toda esta civilización occidental con sus ingentes logros si los aqueos hubiesen dejado a los troyanos salirse con la suya. Con la humillación asumida y la autoestima por los suelos nunca nadie llega a nada que no sea a hablar con los camareros.

Así es mi religión y no me pienso apear de ella: sin al menos una dosis de épica al año es difícil mantenerse en pie. Por tal es que siempre ande imaginando retos. El que sea, que da igual con tal de que el intento de superarlo ponga al límite tus fuerzas. Las físicas o las espirituales, que tanto da con tal de que el triunfo se salde con resaca de agujetas o pesadillas nocturnas. Porque no sería justo irse de rositas. Ulises las paso canutas para regresar y Agamenón ni te digo, pero al final, lo importante y de lo que menos se habló fue que Helena volvió a los brazos de Menelao. 

En fin, vamos a ver que tramamos para este próximo equinoccio que ya está a la vuelta de la esquina.