jueves, 5 de enero de 2017

Puto pintoresquismo

Recuerdo que una vez, un sobrino que se dedica a la fotografía me enseño lo que por así decirlo era su obra. No sé si me pidió opinión, pero yo se la di. Le dije que lo que me parecía de más valía de todo aquello eran las fotos de apariencia anodina que mostraban a gente en salones conversando con naturalidad en lo que sin duda eran eventos de empresa. Eso que llaman convenciones. Quizá por lo convencionales que son. Me contestó que le había matado. Él parecía convencido de que unos caballos saltando por encima del fuego en unas fiestas rurales y cosas por el estilo eran su consagración como artista. Sin embargo, nunca me he arrepentido de lo que le dije. Él no pareció entenderlo, ni quizá lo entienda nunca, pero estoy seguro de que le di un gran consejo. 

En esta astragante obsesión que tienen todos los poderes del mundo por hacernos la vida agradable, ahora resulta que cuando se enciende el ordenador, los de Microsoft, en vez de ir directamente al escritorio que quizá tu has adornado con cualquier foto anodina, te achicharran con la imagen de uno de esos paisajes o arquitecturas que parecen sacados de un cuento de hadas. Y encima te preguntan si te gusta o no te gusta. Automáticamente respondo que no. Porque son todas mierda enlatada para engañar a los tontos. Con no otro embuste se promociona la industria turística, con imágenes de las que cuidadosamente se ha extraído todo lo perturbador. En las fotos no se ven los mosquitos que te carcomen, ni la música atronadora, que inevitablemente pueblan una playa caribeña. Todo es arena fina y palmeras y un nativo en la distancia. El puto pintoresquismo que tiene a todas las pobres gentes seducidas y las impele a hacer horas y horas de avión para ir, en última instancia, a hablar, o lo que sea, con camareros y agarrarse una diarrea. Es lo que tiene el analfabetismo visual que señorea el mundo, que cualquier mangante te puede colar toda la mercancía averiada que compró por dos perras. Mil palabras, ya te digo. Ni mil, ni una, todo puro embeleco, salido lo más de la factoría Disney, la gran corruptora.  

Lo pintoresco, el empaque, lo viejo elevado a la categoría de antiguo y demás mandangas linajudas, poco a poco se van apoderando de los espacios urbanos. El campo ya le pertenece por definición. Los parques naturales que le dicen, esos lugares cuyos caminos están orillados por millones de klines que han usado las senderistas para secarse el asunto. Todo se manipula a favor del gusto infantilizado de las masas. Primero se les condiciona y luego se les da la bazofia. Imposible, en cualquier caso, dejar a la gente en paz y a la búsqueda de su propio maridaje con el aburrimiento. 

Por no hablar, claro está, del otro gran pintoresquismo, el de la miseria exótica: miles y miles de chorizos yendo por ahí con sus carísimos equipos a filmar como se sacan los piojos las últimas tribus paleolíticas o se ahogan los desgraciados en sus intentos de supervivencia. Emociones baratas para la plebe: una dulce culpabilidad por un mundo idílíco que se acaba o un santurrón sentimiento de conmiseración por los parias de la tierra. Por lo demás, a mi que me registren. Me voy este fin de semana a esquiar a Baqueira que están acondicionando las pistas con nieve que bajan de las alturas en camiones y helicópteros. ¡Guay, tío! Como mola. ¡La de selfishs que nos vamos a hacer!

En fin, con lo bonito que es un barrio cualquiera de esos que hacen ahora, con sus calles ordenadas y sus plazas y parques a los que al caer la tarde del verano acuden los vecinos a esparcirse y convivir. Y eso nunca lo fotografían los artistas ni acuden los turistas a contemplarlo y, sin embargo, se me antoja que es la única belleza posible y, acaso, lo más parecido al paraíso. La armonía de lo cotidiano, ¿por qué tendrá tan poco prestigio? La verdad es que no le encuentro explicación. 

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