lunes, 23 de enero de 2017

Ponerse a algo

Siempre he sido un zote para las lenguas. Incluso con la mía tengo que hacer grandes esfuerzos para no parecer disléxico. Sin embargo, de las varias que conozco algo se me han pegado por lo que sea palabras y expresiones que me agrada usar en sustitución de sus homónimas españolas. No es algo original, desde luego, ni tampoco pedante pienso; simplemente es como si el inconsciente se liberase de ataduras: como si la palabra extraña aprendida expresara con mayor fuerza o gracia lo que quieres decir. Así, hoy, estos días, me viene con insistencia a la mente la catalana enrenou para un mejor englobar todo este follón estéril que hay montado en el mundo a causa de las bravatas de un friky histriónico. En fin, apuesto lo que quieran a que pocas nueces. 

Así, harto ya de perder el tiempo con espectáculos repetitivos decidí, como les había anunciado, volver a mis andadas, es decir, a los clásicos que son, no lo olviden nunca, como el algodón del anuncio, o sea, que nunca defraudan. La Rebelión de las Masas. Avanzaba por sus páginas y no podía dejar de pensar hasta qué punto mi pensar habitual está infiltrado por las ideas que de ellas se desprenden. Así, lo justo sería decir, que mucho de lo que aquí les cuento no es sino repetición de lorito de un saber prestado. Me explico y perdonen:

"La vida humana, por su naturaleza propia, tiene que estar puesta a algo, a una empresa gloriosa o humilde; a un destino ilustre o trivial. Se trata de una condición extraña, pero inexorable, escrita en nuestra existencia. Por un lado, vivir es algo que cada cual hace por sí y para sí. Por otro lado, si esa vida mía, que solo a mí me importa, no es entregada por mí a algo, caminará desvencijada, sin tensión y sin "forma". Estos años asistimos al gigantesco espectáculo de innumerables vidas humanas que marchan perdidas en el laberinto de sí mismas por no tener a qué entregarse. Todos los imperativos, todas las órdenes, han quedado en suspenso. Parece que la situación debía ser ideal, pues cada vida queda en absoluta franquicia para hacer lo que le venga en gana, para vacar a sí misma. Lo mismo cada pueblo. Europa ha aflojado su presión sobre el mundo. Pero el resultado ha sido contrario a lo que podía esperarse. Librada a sí misma, cada vida se queda en sí misma, vacía, sin tener qué hacer. Y como ha de llenarse con algo, se finge frívolamente a sí misma, se dedica a falsas ocupaciones, que nada íntimo, sincero, impone. Hoy es una cosa, mañana otra, opuesta a la primera. Está perdida al encontrarse sola consigo. El egoísmo es laberíntico. Se comprende. Vivir es ir disparado hacia algo, es caminar hacia una meta. La meta no es mi caminar, no es mi vida, egoístamente no avanzo, no voy a ninguna parte. Doy vueltas y revueltas en un mismo lugar. Esto es el laberinto, un camino que no lleva a nada, que se pierde en si mismo, de puro no ser más que caminar dentro de sí."  

No otro fue el consejo que Alberto, la más orteguiana de todas las personas que he conocido, dio a los niños del barrio como despedida de una vida entregada: estar a lo que estáis, les dijo.   

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