El otro día, a instancias de Jacobo, vi una película sobre Ramanujan, un matemático indio de principios del XX que le llevaron a Cambridge y se agarró una tuberculosis que le costó la vida. Ahora veo constantemente publicidad sobre otra película que cuenta la vida de una negrita que fue decisiva para poder mandar los Apolos a la luna. Supongo que con tal insistencia nos quieren decir que en cualquier sitio y de cualquier procedencia puede salir una cabeza privilegiada para el pensamiento abstracto,o sea, para el pensamiento.
Que los pensadores puros se conviertan en los héroes de la epopeya debiera ser algo que nos tendría que llenar de esperanza respecto de la burricie con la que nos quieren complicar la vida los burros, a saber, los políticos y los periodistas. Y no es que no sepa yo que hay políticos y periodistas con notables capacidades intelectuales, pero no nos engañemos, son pocos y quedan diluidos en el marasmo de incompetencia que les rodea. Ahí tienen, por señalar a alguien, a Patxi, el vasco pues, que, aparte de tener diez mil cedes y vinilos de los Rollings y por el estilo, aporta por todo currículum profesional un documento de ingreso en preparatorio de perito industrial. El chaval hizo cola para matricularse y después se fue directo a la agrupación del PSOE de su barrio a pegar sellos en las cartas. Como aquel personaje de Delibes en "el disputado voto del Sr. Cayo", que quería arreglar el mundo sin tener idea de su meteorología. De periodistas, mejor no hablar, porque. salvo excepciones, son los mayores expertos en confundir las conjeturas con los hechos, o sea, en mentir, barrer para casa o como le quieran llamar.
Ahora, en estos días que corren tenemos una muestra palpable de hasta qué punto son despreciables esos dos colectivos. Es el caso que aún colea gracias a ellos aquel accidente de avión que le costó la vida a un grupo de soldados. Ahora, los políticos en la oposición se rasgan las vestiduras porque no es el Presidente en persona el que pide perdón a los familiares de las víctimas. ¡Abracadabrante! Hay que pedir perdón por un accidente. A esto es a lo que hemos llegado gracias a estos hijos de la gran chingada. Han convencido a la chusma de que los accidentes tienen culpables. Un perfecto oximorón, pero como si nada. El ser humano, al parecer, ha llegado a tal grado de desarrollo que se puede equiparar a Dios. Nada puede escapar a su designio y por eso un accidente desgraciado no puede ser otra cosa que el producto de una maldad. Y lo peor del caso es que tal imbecilidad ha calado tan profundo en los espíritus que por ninguna parte se ven levantarse voces a favor de la cordura. Todos los grandes gurús de la opinión quieren que el asunto se cierre haciendo pasar por el aro al Presidente. ¡Que se humille, que carajo!
Hay por lo visto uno que era el ministro de la cosa cuando el accidente de marras que es un indeseable por soberbio. Una apreciación subjetiva que al parecer vale un millón de veces más que la objetiva de que el payo en cuestión sea nada menos que Letrado del Consejo de Estado. Lo uno por lo otro, odio a muerte. Comparen con su antítesis Patxi, iletrado pero majete, todos le quieren para Presidente. De eso va la cosa y nuestros pensadores orgánicos son la madre del niño. No sé, quizá sea que todo estos tejimanejes tan omnipresentes no sean más que películas de entretenimiento, porque la realidad es que la nave va y no parece que directa al despeñadero como auguran los que están en la oposición, es decir, a verlas venir. En fin, en definitiva, para terminar, que si alguno de ustedes tiene un hijo que no sirve para nada ya sabe por donde le tiene que encaminar para que pueda acabar sintiendose orgulloso de él. O periodista o político. Mucho bar y poca aula.
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