Ayer por la tarde pasé un rato bueno, muy emotivo, viendo y escuchando al Sr. Obama en su última rueda de prensa en la Casa Blanca. Ya he dicho que no tengo ni idea de lo que habrá acertado o errado en sus funciones de Presidente porque, entre otras cosas, eso lo tendrá que decidir el paso del tiempo. Y si no, recuerden al que, según el antiguo independiente de la mañana, actual global, era manifiestamente retrasado mental, el Sr. Reagan. Pues no, la historia ha desmentido al independiente global y señala que el Sr. Reagan fue un magnífico presidente. Y los del independiente global, claro, llamándose andana. Lo mismo que se van a llamar, supongo, todos esos que escriben inflamados discursos sobre la incompetencia del Sr. Obama. Una vez más ha sido, como seguirá siendo for ever, la asquerosidad de la ideología imponiéndose sobre la cordura y discreción. ¡Dios mío, por qué le costará tanto a la humanidad sacarse esa mugre de encima!
Pasé un buen rato porque entre mis primeras preferencias está la de escuchar a cualquiera que me parezca que sabe explicar las cosas. Nadie me podrá quitar de la cabeza que el tener acceso a un buen profesor es de los mayores regalos que te puede hacer el cielo. Un buen profesor que, antes de empezar a hablar, se toma un tiempo para pensar lo que va a decir. Los ritmos de la oratoria son definitivos para dar o no credibilidad a lo que se está diciendo. Vean y escuchen, si no, el comentadísimo discurso sobre el brexit que hizo el otro día la Sra. May y comprobarán por su prosodia que ni ella misma se creía lo que estaba diciendo. Y no hace falta ser discípulo de Linceo para darse cuenta de estas cosas; simplemente es instintivo. Quizá porque el razonar exige un ritmo que es, precisamente, el que sabe marcar un buen profesor.
Obama, como cualquier buen maestro, da la sensación cuando habla de no decir las cosas de carretilla. El que le escucha no se podrá dormir en los laureles si le quiere seguir. Cada frase es meditada y por eso siempre suelen quedar parcelas en suspenso. Lo que peor, en definitiva, soportan las mentes pequeñas. Él no viene a confirmarte en tus pensamientos sino a hacerte pensar. Es como un guerrero contra el dogmatismo con sus armas, la historia, la filosofía, siempre afiladas. Lo que es nunca se puede valorar sin tener en cuenta lo que ha sido. Y lo que es es la evidencia de los hechos y no de las suposiciones o conjeturas. Eso queda para lo que quizá sea mañana que nunca nadie podrá saberlo a ciencia cierta.
Hombre de lecturas, hombre de escritura. Me recuerda mucho a su lejano antecesor en el cargo, Sr. Jefferson, cuyas memorias debieran ser de obligada lectura para cualquiera que guste osar la emisión de juicios sobre la cosa pública. Tener una somera idea de lo complejo que es incluso lo que parece más sencillo hace a cualquiera mucho más cauto a la hora de opinar. Cauto y, sobre todo, distante -apolíneo- que es precisamente de lo que algunos acusan a Obama. Claro que con esa pamema tan de moda que llaman empatía no me extraña nada. La chusma siempre se deleitó y se deleitará en la cercanía. La disolvente promiscuidad. El deleitoso husmear ojetes y cacas. Como Hitler.
Leer y escribir. Sobre todo escribir, no lo duden. Les recomiendo vivamente que lean lo que opina Obama sobre la práctica de esa actividad tan al alcance de cualquiera. Papel y lapiz. Ya he contado muchas veces mi experiencia al respecto, pero me doy cuenta de que las ideas sólo calan cuando las respalda la autoridad. Y Obama la tiene para dar y tomar. Se lo aseguro. En fin, que tenía que venir Trump, quizá, por esa necesidad que tiene la naturaleza de compensarlo todo. Esperar para ver.
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