Me he pasado la vida, no digo que torturado, pero sí espoleado hasta la desesperación por la dialéctica -no sé si se podrá decir así- entre dos concepciones de la vida, la de la estabilidad por un lado y la de la provisionalidad por otro. Y así, en tal tesitura de indefinición me han llegado los años de la vejez sin que toda la experiencia acumulada al respecto me sirva de nada a efectos de encontrar el adecuado punto de equilibrio que se supone connatural a las edades provectas.
Yo no sé hasta que punto tal disposición del ánimo es una patología o una bendición del cielo. A veces, cuando una permanencia se prolonga y me empieza a ganar el hastió y su consecuencia inmediata, las ganas de salir pitando, pienso que mi cabeza no tiene solución, pero, luego, cuando tras grandes insomnios consigo levantar el vuelo y depositarme en cualquier otro lado una especie de frenesí de explorador se apodera de mí y soy la persona más feliz del mundo. Bueno, supongo que a todo el mundo le pasará más o menos parecido aunque los mecanismos desencadenantes sean radicalmente distintos. Cosa de la condición humana en definitiva que no conviene enfrentar so pena de agarrarse cualquier cosa mala.
Y así, ahora, que ya llevo casi un año pasando los amaneceres en esta sala luminosa de grandes ventanales a un paisaje de tejados y antenas, ya, me empieza a rondar el gusanillo de los nuevos horizontes. Reconozco que me inquieta, pero también me entretiene con la imaginación de opciones inéditas. Y no es que me deje ganar por la ingenuidad de las tierras prometidas. Ni mucho menos. Siempre he pensado que la única diversidad que existe en este mundo es la que cada uno lleva dentro de sí. Y a eso es a la que conviene atender. Descubrirla y acatarla quizá sea la única gran aventura posible.
En fin, imposible saber lo que nos deparará el futuro. Provisionalidad forzosa que se compensa con pasajeros amagos de estabilidad. Y en el entretanto, unos cuantos asideros a los que agarrarse cuando el mar se pone bravo. Una llamada a los de siempre, una partitura en el atril, una cabalgada por la llanura infinita, una página en blanco, un embobamiento taoísta... y así vamos tirando.
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