Hoy es un día hito. Son las ocho y media de la mañana y las hordas juveniles no dejan de pasar berreando por la Calle Mayor. Son los mismos que ayer por la tarde, también hito, pasaban corriendo por el mismo sitio por aquello de la San Silvestre. Hitos y más hitos para la gente obediente. Ayer te tenías que comprar equipo o disfraces para correr. Hoy consumes durante toda la madrugada hostelería para que no decaiga la berrea hasta bien entrado el día. ¡Y qué difícil, al parecer, es sustraerse a todo eso! A los hitos, esa nada que nos tiene agarrados por salva sea la parte y, caso de que intentes sortearla, te la retuerce hasta que se necrosa por falta de empatía que le dicen ahora. Es otra forma de conscripción, una mili obligatoria sin necesidad de sargentos que te la puteen. Ya te la puteas tú con la ayuda, en todo caso, de tus conscriptos del alma. De hito en hito, frustración tras frustración, vas endureciendo la mollera hasta que estás más dócil que el caballo del bueno. Y entonces ya te da lo mismo que te monten que el tirar del arado, el caso es que no falte el pienso del tipo luego no existo.
Cuando era jovencito me sacaban de quicio las trabas que me ponían en casa para que me sumase al aborregamiento instituconalizado vía hitos. Quería ser uno más y no me dejaban. Aborrecía a mis padres. Luego, cuando con el paso de los años me he puesto a considerar he tenido que reconocer que, en términos generales y haciendo salvedad de la preceptiva neurosis de todos los padres que de tal se precien, seguramente tuve mucha más suerte que el común de mis coetáneos. Por unas cuantas cosas, siendo la primera el nivel de la ilustración en el que crecí, que sin ser la Atenas de Pericles, por comparación con lo que había alrededor lo parecía. Quizá esa ilustración también tuvo que ver con la educación recibida respecto del pasado inmediato, neutra a más no poder cuando todo el ambiente circundante estaba inflamado de indignación partidista. Todo el mundo parecía tener entonces agravios de los que resarcirse, aunque para unos fuesen públicos, los de los ganadores, y para otros privados, los perdedores. Bueno, mis padres bien hubieran podido echar mano de unos cuantos bastante horribles, pero no lo hicieron y nunca se lo agradeceré lo bastante.
Pero, si de algo me ha servido la educación recibida en casa, eso ha sido sin duda la actitud frente a los hitos. El frío distanciamiento respecto de toda celebración. No digo ya cumpleaños, prácticamente inexistentes, sino Navidades y todo tipo de mandangas que ya a edad muy temprana pasaron al baúl de los malos recuerdos. Por así decirlo, fui instruído en los placeres de lo cotidiano, del día a día, de mí conmigo y una caña. Pescador al fin y al cabo hasta el día de mi muerte. Ya saben, celebrando los nocumpleños como aquellos personajes del país de las maravillas. Con Alicia o sin ella.
En resumidas cuentas, que puedo presumir ahora de haber pasado más Navidades, y demás dionisiacos eventos, en soledad que con compañía. Dolorosa soledad en los principios y gozosa en los finales. Justo a la inversa que la compañía. Ley de vida supongo. De mi vida al menos.
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