martes, 24 de enero de 2017

Complejo de justificación

 Estaba anoche mirando la tele con el típico desinterés de los días tontos cuando caí en la cuenta de que estaba contemplando algo de sumo interés. Era un documental sobre un actor-director senegalés llamado Sembene. El hombre estaba dirigiendo una docupelícula en su país y algunas de las escenas del rodaje que mostraron eran de lo más brutal que se haya visto nunca en una pantalla. Una paliza dada por un marido a su mujer mientras las mujeres del pueblo coreaban cada latigazo. Una escisión a una niña que en la realidad había sido escisionada unos días antes y creía que le iban a hacer otra vez lo mismo ante las cámaras. Cosas así que al ser vistas por todo África han tenido un efecto taumatúrgico en general, pero sobre todo, como no podía ser menos, entre las mujeres que han tomado esa película como una bandera de enganche para su liberación de las viejas costumbres. La escena de la niña, por cierto, fue criticadísima por las feministas del primer mundo a causa del sufrimiento infringido a la niña. Pero Sembene tenía su argumento: dos minutos de terror de esa niña podían evitar horas de horror a millones de mujeres. 

Pero hubo un pasaje que me dejó clavado por la agudeza del diagnóstico que aplicó a una mujer que, en realidad, somos todas las personas desastres del mundo y yo el primero. Había Sambene dado órdenes el día anterior a sus ayudantes para que rapasen la cabeza a la niña que iba a interpretar la escisión. Pues bien, al comenzar el rodaje se dio cuenta de que la niña seguía con sus pelos. Hubo que perder tiempo, entonces, para ejecutar el rapado y Sambene se cabreó y echó un rapapolvos a su ayudante. Su ayudante, una señora del montón, en respuesta sacó toda su artillería de excusas justificatorias. Sambene explotó entonces y la dijo de malos modos que estaba enferma del complejo de justificación. 

Me quedé con la copla: complejo de justificación. He ahí uno de los trastornos mentales más dañinos y extendidos y que, por contra, menos atención se le presta. No quiero ni pensar, por no deprimirme, en lo mucho mejor que sin la menor duda hubiese sido mi vida si en mi educación infantil se hubiese introducido la lección para aprender a identificar ese síndrome maligno. La forja del carácter que se dice. Si a uno no le afean las excusas, aún en el caso de que tengan cierta consistencia, acaba por ser un fofo condenado a la irrelevancia. Si uno se equivoca, lo correcto es pedir perdón, sufrir las consecuencias en silencio y añadir lo acontecido al acerbo de experiencias con potencial liberador. Es la receta para no ser el burro que tropieza dos veces en la misma piedra. Para madurar sin podredumbre. 

La verdad es que anoche estaba muy sensible porque venía de sufrir la zurra que supone pasar unas cuantas horas leyendo La Rebelión. Como todos los buenos libros es un espejo implacable del que no puedes escapar. Te está obligando continuamente a reconocerte en lo que eres y eso es más de lo que un titán puede soportar. No digo ya lo que puede llegar a sufrir un mierda como yo. Te das cuenta de que has tenido una vida que no hay por donde cogerla. Siempre fingíéndose frívolamente a sí misma a modo de autoengaño para no caer desmoronada. Es la mayor plaga mundial. La puta autocomplacencia de los petits, desertores de todas las batallas importantes. Pacifistas, bien sure

En fin, no quiero seguir autoflagelándome porque ya no es tiempo para ello, pero, en cualquier caso, no me voy a sentir orgulloso del uso que hice de los talentos que me regalaron al nacer. Que fueron muchos. 

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