sábado, 28 de enero de 2017

Divagaciones

Hablando con la gente que me voy topando por aquí y por allá, por esto o por lo otro, ha coincidido estos últimos días que varios me han mostrado su preocupación por un hecho que va tomando proporciones alarmantes y que, por otra parte, no es sino la prueba del nueve de que los efectos de la revolución digital ya están aquí en todo su esplendor. Sólo hay que pasear por cualquier calle, lo mismo del centro que en la periferia, para constatar que el número de locales disponibles crece de día en día. Es un poco triste desde luego ver como esos escaparates abandonados se van llenando de papeles anunciando las más estrafalarias actividades con las que la pobre gente pretende ganarse la vida. Masajes, clases de baile, venta de perros, todo, en fin, por el subsuelo de la competencia cognitiva. 

Es, a pesar del desasosiego que produce, signo inequívoco de que la vida sigue su curso implacable de continuos cambios. Y de que la gente, a la chita callando, se adapta divinamente a ellos. Lo que pasa es que para acallar las angustias del cotidiano devenir es más efectivo al parecer hacer como que sólo ves lo que se va y nunca lo que viene. Porque, sí, las tiendas cierran a un ritmo frenético, pero no más que al que aumenta el número de almacenes en los polígonos con su ejército de repartidores a domicilio. 

Lo que me llama la atención de todo esto es la irreprimible tendencia que tenemos los humanos a la nostalgia de lo que se va porque es superado por lo que viene. Ya, pero a mí me gustaba más como era antes, las calles llenas de escaparates rutilantes y la gente entrando y saliendo con bolsas y todo eso, te dicen como queriendo dar a entender que el mundo va a peor. Y vas y les contestas, ¡ah!, pues yo todo lo compro por internet, y, entonces, van y te dicen que eres un moderno en su acepción peyorativa. Como despreciando por falta de autenticidad. 

Sí, los cambios nos angustian y una forma de aliviarse es argumentar que son para peor. Es una ridiculez que sitúa al que la sostiene a las puertas del reino de los muertos vivientes. Ese reino sustentado en la infantil filosofía del me gusta o no me gusta. Y punto. La sensaciones que dicen, como si los muertos pudiesen sentir. Es muy complicado todo esto de la adaptación a lo que se mueve. Porque, además, todo se va decantando del lado de una mayor sofisticación, es decir, de un traslado del esfuerzo desde los músculos hacia el espíritu. ¡Tela marinera! No, esto de la queja nunca va a cambiar porque es el único alivio del que disponen los que están de retirada. 

En cualquier caso, pete o no pete todo a causa de tanto progreso, entre comillas, lo que nunca va a suceder es que al ser humano vivo se le quiten las ganas de descubrir nuevos territorios. Y  no por nada sino porque, ni drogas ni sexo ni comida fusión ni leches, la madre de todos lo placeres es desvelar lo que siempre fue un misterio. Y misterio desvelado nueva conmoción del universo. Y así desde Altamira para acá, unos difrutando con el desvirgue y otros cagándose en la madre que parió a Galileo. En fin.  

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