martes, 3 de enero de 2017

Los Botín

Lo he contado ya, quizá demasiadas veces, pero como es una anécdota que me encanta la repetiré. Pasaba yo por la Curva de la Magdalena y estaba allí plantado un grupo de imsersatos a la espera, supongo, de pastor. Entonces vi y escuché a una miembra de aquel grupo con las inconfundibles características físicas de quien viene de generaciones con escasez de aminoácidos esenciales que, alargando el brazo para señalar el palacete de los Botín, decía: ¡mirar, la casa del asqueroso!

Vaya por dios, pensé, un chiste con trasfondo de rencor, envidia, resentimiento y todas esas emociones tan ancladas en, como digo, las estirpes con carencias alimenticias. Proteínas vegetales en el mejor de los casos. Como quieren ahora esos frikis que se dicen veganos. Esperen y verán en que acaba todo eso. Pero, en fin, a lo que iba, los Botín. 

Me he acordado de ellos ayer al leer una noticia que tiene todos los ingredientes de la pesadilla. La que debe estar padeciendo uno de sus miembros como consecuencia supongo de esa manía que tiene la diosa Fortuna de, a la larga, equilibrarlo todo. El caso es que los Botín vienen de un linaje de banqueros que lo supieron hacer y ahí están tan pichis rompiendo el mito de las tres generaciones -bodeguero, millonario y pordiosero-. Sé de buena tinta que esa gente es austera hasta el dolor en sus costumbres y cautelosos hasta el ridículo en sus dispendios. El que moren en palacetes al parecer más tiene que ver con cuestiones de seguridad y prestigio que con ansias de molicie. Para ellos, todo tiene que ser buena inversión o no les merecerá la pena. En definitiva, piezas esenciales del Sistema sin cuyo concurso la evolución se vería irremisiblemente lastrada. Aunque, para muchos, la imsersata que les contaba por poner un ejemplo, el lastre son precisamente los banqueros. Y por eso les odian, porque les han hecho creer que sin ellos por el mar correrían las liebres y por el monte las sardinas. 

La cosa va de que un buen día uno de esos Botín hizo una inversión millonaria: un cuadro de Picasso. Cuesta creer que un pequeño cuadro, aunque hubiese sido pintado por el mismísimo dios, pueda ser una inversión millonaria, pero, por lo que sea, así funciona el mundo y a ello nos tenemos que atener. Y en esas estábamos cuando el Sr. Botín, que guardaba el cuadro en un yate de su propiedad, decidió ponerle a buen recaudo en un almacén de Ginebra. En principio la decisión parecería ser de lo más razonable para cualquiera que sepa lo que es velar por los propios intereses. Sin embargo, había por ahí alguna ley que se interponía entre el propietario y sus intereses. Y alguien, con intención digamos que indefinida, la sacó a relucir. Y le quitaron el cuadro, y le amenazaron con embargarle el yate y, de propina, con cinco años de cárcel. Y así, con esta espada de Damocles sobrevolándole vive este Sr. Botín. 

Así es la ley en un Estado de Derecho. El propietario de un cuadro tiene derechos muy limitados sobre él. Un cuadro, claro, que es sobre todo dinero. Muy complicado de entender todo esto para una mente simple como la mía. Picasso, el solito, produjo con sus pinceles tres veces más PIB que toda la nación junta con su trabajoso picar piedras. Si  esto no es un sin sentido, venga dios y nos lo explique. No, para mí tiene que haber algo más que la ley en todo esto que le pasa al Sr. Botín. Algo que seguramente tiene que ver con aquel brazo extendido de la imsersata señalando el palacio del asqueroso. Claro, esto viene de muy lejos. El origen satánico de los acumuladores. La historia está llena de novelas ejemplares al respecto. Balzac se forró describiendo a los culpables y nuestro Galdós dejó el tema niquelado en sus novelas de Torquemada. 

En resumidas cuentas, que se necesitaría otro Adam Smith para poner negro sobre blanco en todas estas aparentes contradicciones entre el ser y la nada que es tener y no poder hacer con ello lo que quieras. ¿Un cuadrito de Picasso? ¡Ya te digo, que se le metan por donde les quepa!  

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