sábado, 21 de enero de 2017

Y to la hostia

Al estilo de los emperadores romanos tal y como Holywood ha hecho creer al mundo que era. Cuando Cesar da la bienvenida a Cleopatra en Roma. Ayer, la toma de la Bastilla en Washington que, Trump mediante, volverá a tener el recreo y to la hostia de una culta población. No cabe la menor duda, los tupés voladizos son el futuro. 

Como espectáculo, un verdadero tostón. La liturgia del poder convertida en mascarada. Proclamando al mundo una cosa y haciendo exactamente la contraria. Devolver el poder al pueblo. Desde este mismo momento, como dijo el interfecto poniendo caritas. No había más que ver a su familia detrás de él con sus modelitos pret a porter para darse cuenta a qué se estaba refiriendo cuando decía pueblo. La impresión que saqué es que la vergüenza toda se ha escurrido por las grietas de la democracia. El afán de ganar dinero, como cuando el becerro de oro, ha roto todos los diques de contención y ya la única esperanza es que baje un Moisés del monte a estrellar las tablas de la ley sobre el dorado tupé del Presidente. 

Siempre es igual y todo lo que sube, baja. Y quizá lo ayer visto no sea otra cosa que la constatación de esa ley inexorable. La impresión, siempre la impresión, que saqué fue la de una imparable decadencia. La decadencia del todo frente al auge de las partes. El triunfo de la Helade. La ciudades estado compitiendo fieramente entre ellas para una mejor supervivencia. Otras guerras del Peloponeso, esperemos que sólo con las armas del espíritu. 

No sé, pero me parece a mí que está muy bien esto de Europa. No creo que tengamos que envidiar nada a nadie. Y quizá que Inglaterra se quiera borrar del proyecto común sea el comienzo de una marcha atrás liberadora. Son tiempos ya en que para nada tendría que ser preciso la visualización de un poder omnímodo para que las partes se entiendan. Tu en tu casa, yo en la mía, y la cordura en la de todos. Ni Bruselas ni leches. Con las leyes de la libre circulación de bienes y servicios sobra y basta. Y el que no quiera someterse a esa agonía redentora que se conforme con su miserable limbo. 

En fin, el mito de los superpoderes, ¡por Dios bendito, pero que coño mierda es esa del baldaquino de Bernini frente a la Identidad de Euler! Ya está bien de dar pábulo a la chusma. Ha llegado la hora de los que dominan el cálculo. Lo dice Sal Khan y yo le creo.  

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