domingo, 8 de enero de 2017

Debidamente acreditado

 No es que haya participado en el menor evento de todos los que se compone esta ordalía que se ha dado en llamar navidad. Pero ha dado igual porque he acabado como si me hubiese pasado una pisonadora por encima. Es lo que tiene el haber instalado la ergástula cabe una Calle Mayor, que te tienes que tragar todos los efectos colaterales. Los peces, los pastorcitos, la marimorena y los peines de la madre que parió al niño con la misma facilidad que un rayo de sol pasa por un cristal sin romperle ni mancharle. ¡Anda que ya son ganas de tergiversar! Con tal de vender la moto lo que sea. 

Sin embargo, no me quiero quejar. Ni mucho menos. Mis escasas neuronas me dan para comprender que todo esa desmesura no es sino orden. Porque, aparte del nada despreciable empujoncito que se da al PIB, luego está esa psicoterapia grupal que hacen la familias obligadas a una convivencia intensiva. Algo en definitiva, tan viejo como la humanidad, esa innata tendencia a acumular con las miras puestas en la fiesta que lima asperezas, estrecha lazos y engorda esperanzas. Por no hablar de la beneficiosa resaca que abre las puertas al camino de la introspección. 

Uno ya está acostumbrado a mirar todas estas cosas desde la distancia y con diferentes perspectivas. Tengan en cuenta mi privilegiada atalaya de fóbico social debidamente acreditado. Así es como he ido evolucionando año tras año desde el infantil rabioso rechazo a la juvenil provocación acusatoria, del maduro hastío contemporizador a la senil comprensiva indiferencia. Así, lo único que me queda ya para redondear es perder la vista. ¡Ojos que no ven...!

De este año no pasa que me lo monte para poner tierra por medio. 

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