Ayer, siguiendo las indicaciones de Arcadi Espada, leí con suma atención la entrevista a un especialista en redes digitales llamado Martin Hilbert. Pues bien, por fin me he podido enterar con cierta fiabilidad de por qué ganaron las elecciones, primero Obama y después Donald Trump. Sencillamente, ellos sabían donde estaba la información necesaria para seducir a los votantes. Sus rivales, no. O no tenían dinero para comprarla.
El asunto en cuestión no es otro que, ahora mismo, cuando estoy escribiendo esto, estoy dejando un rastro que Google, la empresa que me proporciona gratis esta plataforma, no desprecia en absoluto. Al revés, lo coge, lo agarra y lo mete en un procesador llamado Deep Lerning donde lo baraja con otros miles de millones de rastros a la búsqueda de coincidencias. Al final, con todos los rastros que vamos dejando, miles al día, los Deep Lerning nos tienen perfectamente calados y saben como se tienen que dirigir a ti para gustarte y con quienes te tienen que relacionar para que te encuentres a gusto. Es absolutamente perverso si ustedes quieren, pero no más que cualquier otro de los grandes inventos de la humanidad. Nos tendremos que adaptar a él con sus ventajas e inconvenientes. Lo único molesto es que al principio, hasta que nos habituemos a su uso habrá que pasar por una especie de "uvas de la ira", es decir, vivir sometidos al desorden que crean los espabilados que se enteran primero que nadie de por dónde van a ir las cosas en el futuro.
La cosa de Trump parece clara. Como el hombre es espabilado y rico no sólo conocía la existencia de Cambridge Analytica sino que también tenía el dinero necesario, una pasta, para comprar sus servicios. Cambridge Analytica es el resultado de los estudios de un tipo que veía crecer la hierba. Tomaba 100 o 200 likes -esa exhibición de nuestros gustos que hacemos inocentemente después de leer cualquier comentario en los foros- de un individuo concreto y con ellos le creaba un perfil psicológico. Ni que decir tiene que el perfil resultaba mil veces más fiable que los hasta entonces creados por los métodos habituales. Los tests y todo eso. Al final Trump fue a las elecciones con el perfil psicológico de 250 millones de americanos en el bolsillo. Sabía exactamente lo que tenía que decir a cada uno de ellos para gustarle. Bueno, no era el demonio Trump, a menor escala lo había hecho unos años antes Obama.
Así corre el mundo, compañeros. Cada uno de nosotros estamos más fichados que el culo de la Kardashian. Nada de lo que preocuparse, por tanto, pero sí aprender ya de una vez por todas a tomar distancia de este circo político que llaman democracia. Hay demasiado conocimiento ya como para andar soportando las pavadas del Patxi de turno. Que dejen a la gente competente organizar esto y nosotros a mutar en socratines. Es decir, lo que quería Pessoa, que dediquemos nuestras vidas a cambiarnos a nosotros mismos. Para ser mejores, claro está.
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