Leo en un periódico la reseña de un libro que ha escrito Houellebecq sobre su relación con Shopenhauer. La verdad es que son dos autores que están en mi larga lista de preferidos y puedo blasonar sin orgullo de tenerlos bastante trillados. Por eso es que puedo aventurar el juicio de que son un par de frikis acomplejados que vengan sus sufrimientos existenciales escupiendo al mundo la descarnada visión de la realidad que su pesimismo les proporciona. No olvidemos nunca que hay mentes ilustres que consideran el pesimismo, o la depresión, una especie de lente de aumento sobre la objetividad. Una distorsión, en definitiva, que tiende a resaltar los aspectos más en sintonía con su estado de ánimo predominante. El acomplejado, sabido de sobra es que suele descubrir su camuflada discapacidad principalmente por sus, digamos que poco naturales, relaciones con el sexo opuesto. De ahí su indisimulada misoginia, tan extraordinariamente racionalizada, que viene a ser como un banderín de enganche para los misóginos del mundo, verdadera legión que nunca cesa de crecer.
Y del sexo opuesto al propio. Desconfianza total en sus cualidades benéficas. Esa lealtad siempre traicionada. El hombre un lobo para el hombre. No en vano aprendió español Shopenhauer para mejor entender a Gracián. El Gran Onanista por Excelencia. Y así ha sido que mis dos comentados, tan queridos y valorados, hayan tirado por la calle del medio entregándose sin el menor pudor al amor ciego por los perros. Igual que Hitler por otra parte. Bien, mis cortas entendederas me dicen que husmear ojetes y excrementos, por placentero que pudiese parecer a primera vista, nunca servirá para nada a efectos de superar la adolescencia, es decir para aprender a valorar el efecto absolutamente benéfico que para la maduración de los individuos tienen esas que en principio parecen traiciones y al final sólo son reacciones naturales a tu infantil proceder.
En fin, ni husmear ojetes ni ninguna de las maniobras dilatorias con las que intentamos disimular el miedo a enfrentarnos con nuestra congénita invalidez. Invalidez que, por lo general y teniendo en cuenta la propensión de la diosa Fortuna a compensarlo todo, será equilibrada con algún tipo de don que, debidamente cultivado, hará que el sufrimiento adquiera las proporciones adecuadas para sobrellevar la vida con cierta indignidad... que es lo bueno.
Y menos mal que nos queda el Payohumberto, que si no...
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