viernes, 6 de enero de 2017

Wealth

Nada más levantarme he ido directo, como es preceptivo tal día como hoy, a los zapatos. Pues bien, me he encontrado con el regalo que más ilusión me podía hacer, la carta de un viejo amigo. Breve e intensa, sobre las pocas cosas que nos conciernen ya, que son las esenciales. El interés y el glamour de lo cotidiano que alcanza su cenit cuando se sustancia en una conversación con los amigos. 

Los amigos, la amistad, es la pócima sagrada que da poderes sobrenaturales, el bálsamo de Fierabrás que todo lo cura. Sólo tiene un problema que, para ser resuelto, cuesta el padecer montones de penalidades y decepciones: la innata querencia a abusar de ella. Esa satánica propensión que en los comienzos de la andadura tranforma al común de los mortales en el más vil de todos los arquetipos, el del que es incapaz de verse en los espejos, ya me entienden. Como en todas las adicciones que se experimentan en la adolescencia, por lo general, a base de trastazos y dejar cadáveres en las cunetas, se va superando, salvo en los casos, claro está, en que hay carencias estructurales de tipo mental. 

Así, como todo lo valioso -lo que más en este caso- es un lento ir tejiendo que tarda en dar sus frutos, ya, con la madurez. Entonces, ya se empieza a degustar con tiento. Y uno sabe que para mayor disfrute hay que velar armas la víspera del encuentro. Hay que prepararse porque no se puede acudir con las manos vacías. Cuestión de generosidad y, por tanto, incompatible con el desparramiento, ya digo, adolescente. 

En resumidas cuentas, sólo estaba intentando An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of the Indiviuals. Porque así son las cosas por mucho que nos insistan con el valor de los sucedáneos: no hay otra forma de calibrar la riqueza de un individuo que atendiendo a la calidad y el apego de sus amigos. Todo lo demás, mandangas.   

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