miércoles, 18 de enero de 2017

Tour de force

Siempre he pensado, y lo he dicho varias veces, que el mayor logro de la especie humana es la idea de Dios, con mayúscula por supuesto. Quizá haya sido algo instintivo porque no sé de grupo étnico en el mundo que no haya fundamentado su cohesión social con la invención de una teogonia. Sea como sea, pintoresco o extrafalario, siempre aparece un deus ex machina, como dicen los cultos, para explicar todo lo inexplicable y dejar al personal tranquilo. Un primer paso imprescindible para poder desarrollarse, en definitiva.

El segundo, diría yo, es la invención del dinero. La medida de todas las cosas. O de casi todas, para que no se ofendan los puros de corazón. El precio de cualquier cosa marca su valor en el momento preciso que la deseas. Puedes filosofar todo lo que quieras al respecto, pero un deseo es un deseo y sólo le puedes satisfacer pagando el precio convenido. Su valor real puede ser una porquería, pero en la vida, al final, lo que cuenta es el valor simbólico. Si a ti se te mete en la mollera afianzar tu autoestima con un collar de perlas, una perfecta pavada se mire como se mire, pues andarás cabizbajo si no tienes los veinte mil dolares que vale el invento. En fin, qué les voy a contar que no sepan al respecto.

El caso es que me crié en una cultura donde se acostumbraba a considerar el dinero como algo sucio. Cosa de judíos en su concepción peyorativa. Premisa indispensable para ser medianamente decente era no tener la menor avidez por el vil metal, como se decía. Ya saben, de los curas a los aparatich, siempre impartiendo doctrina al respecto a las almas cándidas. Pero, claro, un día vas y cobras la primera nómina y de inmediato caes en la cuenta de lo que es la verdadera felicidad. ¡Tremenda constatación, compañero! Y a partir de ahí ya la vida es otra cosa completamente diferente. Como que tomas conciencia de ti mismo como individuo. Sujeto de decisiones y, por ende, de responsabilidades. A la postre, acabas sabiendo que vales lo que ganas. Todo lo demás hueca retórica. 

Bien, pues nunca he ganado mucho y eso es exactamente lo que he valido para el común de los mortales. Sin embargo, salvo una o dos ocasiones de desafortunada locura, nunca he echado en falta ganar más. Digamos que siempre he tenido suficiente para las necesidades que deseaba satisfacer. Incluso puedo añadir que desde hace más de treinta años ni queriendo podía gastar lo que ganaba. Me sobraba todos los días y así ha sido que acabase haciendo un capitalito. Otro quebradero de cabeza más que nada. Pero, de ahí, de los quebraderos es precisamente de donde surge la más valiosa experiencia. Así ha sido que ese capitalito me ha ayudado a entender, o a creer que entiendo, determinados aspectos de la realidad que tienen que ver con el principio de incertidumbre, es decir la auténtica madre del cordero de todas nuestras esperanzas y frustraciones. Ese capitalito le he venido empleando en el juego, esa actividad absolutamente aleatoria que en nuestra ingenuidad, o wishful thinking, pretendemos tener controlada, por lo menos en parte, con nuestros sofisticados conocimientos. 

Ya les conté un día a propósito de un libro que me envió Jacobo que se titulaba "Against Gods" Es la historia del descubrimiento y desarrollo de la estadística. O sea, del intento de introducir algún tipo de racionalidad en el azar. Cualquier fenómeno, que suban o bajen las acciones, por ir al grano, esta sujeto al capricho con el que interactuan millones de variables. Unas son más importantes y otras menos. Y así, pensamos que si desciframos cuales son las más importantes y sabemos lo más posible sobre el mayor número de ellas, podremos establecer un tour de force con los dioses y quizá ganarles la partida. 

Y esa es la cuestión, que ese tour de force es absolutamente agotador. Tienes que estar todo el día al loro de que una mariposa no aletee en Canadá para que las acciones del Santander no se desmoronen. Un verdadero coñazo, pero en el entretanto escuchas las opiniones de los gurús y te vas quedando con la copla: hagas lo que hagas siempre irás más a ciegas que viendo y, por tanto, siempre son los dioses los que tienen la última palabra. 

En resumidas cuentas, que he decidido bajarme de ese tranvía porque ya he comprobado que no me lleva a parte alguna de provecho. 

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