En Cervera el tiempo al mediodía era primaveral. Estuvimos echando la siesta en los bancos del parque como tantas veces en nuestras excursiones veraniegas. Un poco más abrigados, y esa fue toda la diferencia. Al fondo se veía el Curavacas nítido, sin un ápice de nieve, como aquel día, 9 de julio de 2009, que coroné su cima en compañía de Pedro: mi última gran hazaña.
Sí, esos hitos de la vida, cuando afrontas un reto y, si hace falta, arriesgas la vida para superarlo. Entonces es la épica, como si fueses un aqueo yendo a Troya a rescatar a Helena. La verdad, no puedo concebir toda esta civilización occidental con sus ingentes logros si los aqueos hubiesen dejado a los troyanos salirse con la suya. Con la humillación asumida y la autoestima por los suelos nunca nadie llega a nada que no sea a hablar con los camareros.
Así es mi religión y no me pienso apear de ella: sin al menos una dosis de épica al año es difícil mantenerse en pie. Por tal es que siempre ande imaginando retos. El que sea, que da igual con tal de que el intento de superarlo ponga al límite tus fuerzas. Las físicas o las espirituales, que tanto da con tal de que el triunfo se salde con resaca de agujetas o pesadillas nocturnas. Porque no sería justo irse de rositas. Ulises las paso canutas para regresar y Agamenón ni te digo, pero al final, lo importante y de lo que menos se habló fue que Helena volvió a los brazos de Menelao.
En fin, vamos a ver que tramamos para este próximo equinoccio que ya está a la vuelta de la esquina.
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