Uno sigue vivo, primero y decisivo, por el querer de los dioses y, segundo y opcional, por una vaga esperanza de algún tipo de redención de cariz imprevisible. Instinto de supervivencia, en definitiva, sobre el que sólo una mente patológicamente dotada para la objetividad podría ejercer algún dominio.
Miro por la ventana y veo a las cigüeñas encaramadas en sus pedestales. Llevan ahí por lo menos quince horas como si fuesen de piedra. O de plástico, porque para ser ser sostenidas por esas antenas tan finas tienen que pesar muy poco. Son las nueve de la mañana y acaban de marcharse, supongo que a buscar comida. Como haré yo dentro de un rato al Carrefour de aquí al lado. No sé, pero para mí que éstas ya ni siquiera se aparean. No puede haber campanarios para tantas. Mi impresión es que sólo comen, en los estercoleros, majan ajos en cualquier altura para llamar la atención y, como no la han llamado, se van frustradas a luchar por un pináculo de la catedral para pasar la noche. Y sólo las más afortunadas lo consiguen. La inmensa mayoría se tiene que conformar con una antena de telefonía o los respiraderos de los retretes. Es lo que hay, lo saben y se conforman con que dure lo que dura dura como en el famoso chiste del polvo.
Metafísico estás hoy, me digo. Sí, es que ayer tuve un percance tonto que me hizo aterrizar bruscamente. Hice un mal gesto al subir la empinada rampa del garaje en el que guardo la bicicleta y, de resultas, se me puso un dolor insoportable en los gemelos de la pierna izquierda. Algo se debió romper por dentro. Me costó Dios y ayuda llegar hasta casa a pequeñísimos pasos. Y ya pensaba en una larga invalidez que me iba a hacer dependiente: mi dragón invencible. Por fortuna, con el simple reposo, hoy estoy mucho mejor. Pero el susto y la consideración de la humana fragilidad no me lo quita nadie. Porque es que ando por ahí con una inconsciencia adolescente, como desafiando a los dioses. Mis favorables circunstancias me hacen olvidar la realidad de mi ya muy caduca condición. Es, sin duda, porque no dedico el tiempo que debiera a conversar con los dioses. Pienso que soy Néstor y sólo soy Tersites, perdón por la pedantería.
Por lo demás, vamos a ver si este relativo reposo obligatorio sobrevenido me sirve para algo. En fin.
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