jueves, 26 de enero de 2017

Miscelánea

El arco que separa los dos comedores que hay en el kan de Dueñas generalmente está medio tapado por una gran pantalla en la que sólo se emiten deportes. Los camareros se tienen que agachar bastante para pasar por allí cargados de platos. Es una gran cosa que haya lugares así, sin la contaminación cancerígena de la constante opinión política. Cuando llegué al lugar, al mediodía, había un ambiente de sana exaltación patriótica por el simple hecho de que toda la clientela había estado observando con respiración contenida cómo Nadal derrotaba limpiamente a su contrincante. Después, mientras el personal comentaba lo cojonudos que somos, empezaron los preparativos para una competición en la nieve. Era digno de ver el ejercito de empleados que preparaba las pistas. Luego los atletas de turno se deslizaban por ellas con un rifle -de precisión, me ilustró el camarero- a la espalda. Cuando llegaban abajo se extendían sobre la nieve y disparaba a una diana. La gente lo miraba a medio interés ya que el otro medio lo tenían puesto en los pinchos de pollo adobado a la brasa que hay que reconocer son un gran invento. No quise postre por no abusar, así que pedí un café en la barra y salí a la terraza a tomarlo bajo el sol de enero. Estaba aquello animado con la gente que había salido a fumar  y, luego, con el runrún de las palas de AGROPAL que seguían trabajando al otro lado del seto. Un momento de absoluta plenitud. 

Fui y vine por el canal. En total, cuarenta kilómetros o así en los que sólo me topé con un tipo que venía cargado hasta los topes. Paré a conversar con él. Era un francés de mi edad y complexión y también con barbita blanca y gafas. Hablaba perfectamente español y llevaba varios meses recorriendo España. Iba a Palencia a visitar a unos amigos. Mira qué bien, pensaba mientras le escuchaba, yo podría hacer exactamente lo mismo recorriendo Francia. Aunque no tengo amigos a los que visitar allí y, por otro lado, qué iba a hacer con mi guitarra y demás otros gadgets que sí me faltan cuando me levanto es como si me hubiesen amputado un miembro. No, más de una semana por ahí no me lo aguanta el body. 

Por otro lado, aquí estoy, una mañana cualquiera de las pocas o muchas que me quedan por disfrutar. Recién desayunado me enfrento al despliegue digital y, así, de entrada, veo que Joaquín Leguina rellena hoy la prestigiosa tercera de ABC. No es país para viejos, titula su artículo remedando una famosa película de los hermanos Coen. Leguina, un viejo socialista, por decir algo. El llanto por un mundo révolue. Nostalgia de cuando ibas a tu sucursal bancaria, ponías el codo en el mostrador y te tirabas media hora charlando con el empleado. Los viejos, según él, no pueden aprender a manejarse por si mismos en este mundo digital. Lo que no nos aclara es el porqué de que no puedan. Típico socialista: Jeremías siempre por delante. Supongo que es por lo de su nicho de votos: "Vagos all over de world, unite". Un artículo en definitiva para consumo de muertos vivientes. 

También me entero de que ha muerto Mary Tyler Moore. Ley de vida, pero no puedo olvidar que disfrutaba viéndola. Una mujer de la que era fácil enamorarse. Y luego, como el que no quiere la cosa, que resulta que en ese restaurante frente al Santuario de la Bien Aparecida, del que tanto nos ha hablado Isi, hacen las mejores croquetas del mundo. Pues habrá que ir, porque donde esté una buena croqueta que se quite todo lo demás. Y para terminar un artículo de Rosa Belmonte que no es de izquierdas, de derechas ni de nada que suponga ser un perfecto imbécil como señalaba Ortega. Rosa es, simplemente, una mujer de su tiempo. Conviene leerla. 

En fin, vamos a ver en qué echamos el día, porque anuncian lluvias inclementes.   

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