Cuenta hoy el periodista Sostres que el cantante Sabina ha escrito una canción en la que arremete con furia contra la hacienda pública. Eso le hace suponer al periodista que el cantante, tan de izquierdas de toda la vida, se ha vuelto de derechas. Porque, claro, qué otro parámetro se puede utilizar para definir esas dos diferentes formas de ser un perfecto imbécil, hemipléjico moral, que dice Ortega, que la forma en que se concibe la propia relación con la hacienda pública. Así es que pienso que difícilmente va a saber uno de qué tipo de imbecilidad cojea hasta que las circunstancias le ponen en la tesitura de experimentar en sus propias carnes. En una palabra, hasta que no alcanzas la condición de rico no puedes tener criterio al respecto. Que lo sepan los progres que se pasan las noches tomando copas mientras construyen utopías colectivistas. Lo único que son es unas cagalitas rabiosas intentando olvidar su insignificancia.
La hacienda pública es por donde empieza todo proyecto de vida en común. Sin ella, apaga y vamonos. Lo siguiente son las fuerzas de seguridad. Luego ya, todo lo demás, es bastante opcional. Sanidad, enseñanza, etc, nadie puede asegurar con argumentos de peso que sea mejor financiarla con hacienda pública o privada. Cada uno tendrá sus preferencias según del lado que le afecta la hemiplejia o, si mejor quieren, según el peso de su cartera. Todo emocional y, por tanto, carente de significado.
En esas preferencias, como en todas las demás supongo, sólo podremos estar acertados en la medida que echemos mano de la memoria histórica. Porque para eso está la historia fundamentalmente, para ver donde se estuvo acertado y donde equivocado. Y de ahí que tan nefasto sea el que siempre haya tantos esfuerzos por tergiversarla para adaptarla a las propias simpatías. Así, la cultura, que consiste básicamente en tener la información suficiente para poder supeditar esas propias simpatías a la razón histórica, será lo único que marque las diferencias entre las personas. Se es culto o inculto. Y si eres culto procuras no tropezar en la misma bonita piedra en la que otros se descalabraron y, si inculto, insistirás porque lo bonito es el opio de los ignorantes.
En eso consisten todas las ideologías, en la cantidad de big data de que dispones y la calidad de tu deep learning para procesarla. Al final, no a mucha distancia pienso, serán las máquinas llenas de información las que tomarán las decisiones políticas correctas. Porque, carentes de emociones, no tropezarán en las mismas piedras que ya se tropezó ni sucumbirán a las mismas ilusiones que acabaron en descalabro. Una cuestión, en definitiva, de técnica combinatoria. Cosa de números, Pitágoras tenía toda la razón.
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